Sobre el menda:

JOSÉ ANTONIO GIRÓN DE VELASCO A.K.A EL LEÓN DE FUENGIROLA.

gironenfadado

¡Contento me tenéis!

Nunca morí: me fui a esconder al bunker que construimos bajo la Cruz de los Caídos. Franco estaba convencido de que el brazo incorrupto de Santa Teresa le protegía de la radiación en caso de ataque nuclear pero yo le dije: “Mi general, lo mismo le conviene que sobreviva algún español más, que alguien tendrá que limpiar el estropicio”. Así se hizo.

Yo antes era falangista, que es una cosa que la mayoría de vosotros no sabéis lo que es, pero que funciona de la siguiente manera: tú y tus colegas, señoritos e hijos de papá, os montáis una fuerza de ofensiva sindical para escandalizar a los viejos y sus ideas caducas, pero ni vais con ellos ni vais contra ellos sino todo lo contrario: no sois de izquierdas ni de derechas, azuzáis a los trabajadores contra los ricos y a los ricos contra los trabajadores, en una superación de los viejos partidos, las viejas ideas liberales y marxistas y, en fin, lo viejo. Pasado el tiempo y una vez alcanzado el poder, os ponéis del lado de los más ricos —papá y los amigos de papá—, y ya sólo azuzáis a los trabajadores, las más de las veces, pistola en mano.

Yo no sé si os distéis cuenta pero aquí lo que hicimos fue predicar la avanzadísima revolución Nacionalsindicalista y luego unirnos a todos los militares decimonónicos, los carlistas con boina, los terratenientes y la iglesia infinisecular para desguazar obreros, labriegos y desgraciados en general, hasta acabar instaurando una dictadura a la que hubieran dado el visto bueno Viriato, Santiago Matamoros, Isabel la Católica y el Cid Campeador. Lo sé porque fui ministro de trabajo diecisiete años.

Me debéis tener seguridad social, paga extra del 18 de Julio, y un mínimo de derechos laborales. Eso antes de que llegaran los socialistas y os lo robaran todo, que los socialistas aquí siempre han sido más de robar que de aplicar el socialismo.

También tuve mis meteduras de pata: un día me dió por aumentar los salarios un 23 por ciento. Con dos cojones. No se me pasó por la cabeza que lo mismo aumentaban todavía más los precios y casi hundo la economía a golpe de inflacción.

Debo decir en mi descargo que en lo de la economía íbamos todos un poco pez: entre señoritos broncos y militares zopencos hacíamos las cosas un poco así como buenamente se nos ocurrían.

Tres años antes de aquello, una tarde de lluvia que andábamos aburridos, caímos en la cuenta de que no quedaba en la hucha más que calderilla; lo justo para importar petróleo un par de meses. Tuvimos que solucionarlo vendiendo España a los Estados Unidos. Empezamos pidiendo mucho más de lo que valía, pero tampoco os voy a engañar: el Caudillo acabó ordenado a Carrero Blanco que cogiera lo que ofrecían y saliera arreando antes de que a los americanos les diera por comprar otro país.

Ese nivel de chanza lo podíamos mantener porque habíamos ganado una guerra. Si no de qué.

El caso es que quien paga manda, y a mí me echaron del gobierno con el aterrizaje de los tecnócratas, que eran como los políticos de ahora pero con gafas de concha y en blanco y negro. A partir de ahí me dediqué a alicatar la Costa del Sol de edificios y a forrarme el riñón a la vuestra que para eso, no sé si lo he mencionado, habíamos ganado la guerra.

Cuando Franco estaba un poco gagá, me materialicé al frente de la Federación Nacional de Excombatientes, no fuera que el Generalísimo hiciera caso a quien no debía y acabáramos todos en la guillotina.

Hasta se llegó a barajar mi nombre como candidato a la presidencia del gobierno después de que al narizotas de Carrero le diera por volar por los aires. El Caudillo al final optó por Arias Navarro, decisión que, en mi humilde opinión, es el origen de todos los males que padece hoy España.

Fui el eco retumbante de aquel parte de guerra del 1 de abril de 1939 hasta poco después de que eligierais al bribón de Felipe González.

Era uno de los pocos procuradores que estaba dispuesto a resistir, incluso con las armas en la mano, la voladura de las Cortes Franquistas, pero los servicios secretos me aconsejaron que tomara las cosas con calma: se conoce que en mis tiempos de forrarme el riñón había cometido todo tipo de tropelías urbanísticas y dinerarias y me hicieron ver que, si quería mantener palacete y botín, me convenía más amagar que estrangular.

Con el paso de los años me he ido dando cuenta de que me utilizaron como el coco que amenazaba con devoraros para que aceptarais sin chistar al que sólo os la estaba metiendo por el culo. Y es que los españoles sois como niños, un poco ilusos, un poco bobos, un poco víctimas propicias para cualquier hombre del saco. Como si alguna tara genética impidiera el desarrollo completo de vuestra masa cerebral.

No estoy muy seguro de si eso ha sido así siempre, o si es que los de mi banda y yo acabamos con la escasa inteligencia que había conseguido arraigar por estos lares. El resultado es el mismo en cualquier caso. Para algo ganamos la guerra.

Casi que lo voy a dejar aquí; si queréis saber más, os compráis mis memorias. Rondan por las librerías de lance y se titulan “Si la memoria no me falla”. No me negaréis que el título es la mar de chisposo. Salgo en la portada con expresión autoritaria a la par que soñadora e introspectiva.

Antes creía mucho en Dios, pero después de 102 años en esta mierda de país, más de la mitad de ellos jodido de las piernas, empiezo a acariciar mis dudas acerca de su benevolencia.

Tampoco grito ya ¡Arriba España! No sea que se haga realidad, se eleve la puta cruz, y me quede sin techo en el bunker con el relente que pega aquí en invierno.

Ahí os quedáis.

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