Pablo Casado y la política vacante.

La figura emergente del Partido Popular se llama Pablo Casado. El perillán parece una suerte de hermano menor de Albert Rivera, quien, recordemos, es la versión beta de Pedro Sánchez.  Les colocas una barba postiza, pones al frente a Santiago Abascal, y tienes a los Hermanos Dalton.

Cuestiones de telegenia y de encandilar ancianas aparte, de este Pablo aseguran que es un chico muy preparado. Tiene un currículum ejemplar, que incluye el paso por esas universidades americanas que, a razón de una millonada, te entrenan para líder político o agente de la CIA.

Sobrada preparación que vino a demostrar ante la plana mayor de su partido en su discurso del año 2009. Un speech —palabra que, más que seguro, emplea Casado— que versó sobre un tema de gran arraigo entre los populares: Somos los mejores: el resto son patéticos.

La novedad es que iba dirigido a los jóvenes españoles que aspiraban a ser tan guays como él. La izquierda va de moderna, troncos, pero lo que chuta es apuntarse al bando ganador. Es decir: a la derecha. Para ilustrarlo, y divertir a sus mayores, citó ejemplos como el mayo del 68 o Tiananmen.

Es harto discutible que lo sucedido en Tiananmen tenga algún punto de coincidencia con la historieta que repiten los periódicos que se tragaron la ejecución de un general norcoreano por dormirse en un desfile con un cañón antiaéreo. Lo seguro es que quienes se manifestaban contra el régimen eran tan comunistas como el régimen. Vamos, que Pablo no tiene ni puta idea de lo que habla.

El mayo del 68 —que Casado reduce a jóvenes que destrozaron las calles porque no tenían nada que hacer— fue una protesta estudiantil que evolucionó a una huelga general indefinida y a chocar con la policía. Se rebelaban, fundamentalmente, contra las condiciones de existencia, semejantes a las de un perro doméstico obligado a trabajar, en las que consiste todo el horizonte socialdemócrata. Cubiertas las necesidades básicas, concluían, era hora de convertir la vida cotidiana en juego, pasión y aventura. Demandas que, paradójicamente, acabaron sirviendo para el desarrollo de la sociedad de consumo. El deseo, la liberación sexual, el afán por sobrepasar los límites de la rutina, fueron integrados rápidamente en la sección juvenil de la antiquísima sociedad de mercado.

Casado, que conoce el 68 porque Sarkozy lo utilizó hace unos años como muñeco de pim-pam-pum electoral contra la izquierda, tal vez se hubiera abstenido de sacarlo a relucir de saber que el desencadenante del mayo francés fue la exigencia de colegios mayores mixtos por parte de los universitarios. No deja de ser arriesgado etiquetar de carcas a los del 68 delante de una banda de meapilas que piden pena de cárcel para las estudiantes que se manifiestan dentro de una capilla en sujetador.

A qué engañarse: aunque fuera doctorado en el mayo francés, no corregiría ni una coma. Como vamos viendo, a Pablo le importa una higa el contenido de su discurso o si guarda relación con la realidad. No son más que artimañas de marketing para halagar a sus superiores jerárquicos. De ganarse unas palmaditas en la espalda tras demostrar que las Nuevas Generaciones del PP no se rebelan contra sus mayores. Muy al contrario,  les ensalzan como políticos de vanguardia frente a la decrépita progresía.

Porque yo lo valgo.

Porque yo lo valgo.

De ahí que tampoco pueda considerarse que existiera ánimo de ofender cuando llamó carcas a los que se preocupan de buscar los restos de familiares asesinados por el ejército franquista. Sería igual que equiparar automáticamente las reverencias del lacayo con su disposición a dar la vida por su señor de darse el caso. Casado sólo pretendía hacer un guiño picarón al convencimiento íntimo —por antidemocrático— que comparten la mayoría de sus mayores: la derecha española fue pionera en percibir que los rojos abocaban al mundo al desastre; la que los escarmentó con treinta años de adelanto respecto al mayo del 68, y con nada menos que cincuenta respecto a la caída del Muro de Berlín y otros cantos de cisne de la fracasada y carca utopía izquierdista. Vamos que se reafirmó en lo mismo que viene reafirmándose la derecha española desde el 39: Franco fue un adelantado a su tiempo, que no hizo más que anticipar la sensatez que demostrarían después el señor Reagan, la señora Tatcher, los teóricos neoliberales que asesoraban a Pinochet y la Unión Europea como unidad de destino en lo universal. Lo de las fosas fue una argucia para cerrar el discurso con salva de aplausos, apretones de manos, abrazos y palmaditas en la espalda por parte de la cúpula del partido. No pretendía ofender. Fundamentalmente porque le importaba un carajo el contenido del discurso que acababa de pronunciar. Sólo era una forma de destacar entre el resto de trepas que aspiraban a ser algo en la empresa.

Para tanto currículum, se diría las aptitudes de Casado se asemejan bastante a las del Pequeño Nicolás: el atrevimiento ignorante y lenguaraz, la soberbia de los títulos de adorno, la conducta arrastrada y servil hacia la mano que otorga los cargos y reparte los sobres… Y es que este Pablo, liberal de los de trabajar un par de meses en la empresa privada —suponemos que de becario— y mamar 11 años del presupuesto público —generalmente en cargos electos a dedo—  la experiencia más demostrable que tiene es la de estar a disposición de José María Aznar tanto en sus deberes de expresidente como, valga la redundancia, en sus negocios privados. Curiosa paradoja que sirve para radiografiar la concepción liberal de ambos pájaros, que no se privan de utilizar los recursos del sufrido contribuyente en beneficio propio. Otro conservador con lo suyo y ultraliberal con lo de los demás. Otro aprendiz del oficio de intentar hacer pasar la realidad por su opuesto.

Desde su ascenso, Casado no ha hecho más que reafirmarse en estas condiciones de partida.

Defiende a su compañero imputado Maillo —forma pelotillera y sutil de defender a quien lo nombró— con el argumento de que el escrito del juez no le da como imputado aunque el juez lo ha llamado a declarar como imputado. Homenaje involuntario a Cospedal en su demostración de lo mucho que uno puede arrastrarse en la negación de lo evidente al servicio del partido.

También advierte del peligro que corre el PSOE en su deriva ultraizquierdista ejemplificándolo con la desaparición del PASOK griego por arrimarse a Siriza. Le importa cero que el hundimiento del PASOK se produjera por su coalición con el equivalente griego del Partido Popular. Como le importa cero exigir la dimisión del ultraconcejal Guillermo Zapata por su escarnio de las víctimas de una masacre tras escarnecer sin complejos a las víctimas de otra. Lo único que le importa es producir un argumentario que el incauto o el palurdo pueda repetir en la barra del bar: Que siga, que siga así el PSOE que mira lo que les pasó a sus amigos en Grecia por culpa de la Izquierda Radical. Maillo no tiene que dimitir porque Maillo no está imputado. Incautos y palurdos que, total, tampoco van a leer el auto del juez ni a buscar dónde queda Grecia en el mapa.

Pero tanto el incauto como el palurdo tendrán más difícil colar que el escarnio a las víctimas de la masacre franquista está sacado de contexto .

El contexto eres tú, Pablo. Y de dónde no hay, no se puede sacar.

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