El lío de la nueva política.

Antes teníamos un partido Socialista y Obrero que no era ni una cosa ni la otra, y otro que se llamaba Popular y era el representante más puro de las élites. En otra división jugaba una Izquierda Unida cuya militancia ponía tanto empeño en competir en lo primero que volvía impracticable lo segundo. Por último surgió Unión, Progreso y Democracia. Sustantivos tan profundos y ambiguos que podían encarnar cualquier posición política; si se hubieran llamado Verdad, Participación y Respeto o Romanticismo, Tradición y Vanguardia nadie notaría la diferencia. Vamos que la cosa estaba clara.

Ahora aparecen dos partidos con cuyas siglas no hay quién se oriente: Ciudadanos y Podemos. El primero es el nombre genérico con el que se designa al total de los habitantes del estado-nación desde que proliferaron las repúblicas modernas, aunque vivan en monarquías parlamentarias y pueblos de siete habitantes. El segundo es un verbo que carece de significado desprovisto de complemento. Vale, Podemos. Pero Podemos, ¿qué? ¿Implantar el castroestalinismocoreadelnorteetaparacuelloschavismo? ¿Esa fila de setos?

Como tarde 10 minutos más el cambio, entro a pactar y no le espero.

Como se retrase 10 minutos más el cambio, entro a pactar y no le espero.

Poco intuimos de ellos por su nombre. Debemos fijarnos en su actuación. Antes de las elecciones, ambos se despachaban contra los otros partidos, tachándolos bien de casta, bien de vieja política. Pero tras convertirse en organizaciones necesarias para la formación de gobiernos, no les quedó más opción que arrejuntarse con quienes señalaban como enemigos.

Ciudadanos apoya el gobierno de Susana Díaz en Andalucía y el de Cristina Cifuentes en Madrid. En apariencia, no existen contradicciones entre su política de pactos y su indefinición ideológica, que rechaza la batalla entre rojos y azules. Sin embargo, esta política ha servido para prolongar un gobierno de 33 años ininterrumpidos en un caso y de 20 en otro. Cosa que nos haría dudar de su afán renovador si no estuviéramos ocupados dudando de su otro gran principio: luchar contra la corrupción. Amen de su longevidad, ambos gobiernos se distinguen por desarrollar incontables tramas corruptas y redes clientelares a manta. Pretender que dependen de individuos aislados, y que basta con que dimitan cuando los pillan para atajar la corrupción, es validar el argumento de que la caja B del Partido Popular no tiene nada que ver con el Partido Popular y la metafísica de que no existe la corrupción sino los corruptos que sostiene Esperanza Aguirre.

Además, ha maniobrado lo imposible para apoyar la presidencia del PSOE en la Generalitat de Valencia —y quedarse, ya de paso, con la alcaldía de la ciudad—. Cosa que sólo podían lograr con la colaboración de un PP autonómico y municipal en el que no se distingue donde termina el negocio familiar y comienza la banda mafiosa. Esta querencia por los partidos viejunos y corruptos la justifican en la necesidad de evitar que gobierne un partido nacionalista, independentista y pancatalanista como Compromís.

Es radicalmente falso que Compromís sea independentista y más falso aún que sea pancatalanista, pero cuela porque es otra organización cuyo nombre no significa nada sin complemento. ¿Compromís? ¿Con qué? ¿Con su señora? ¿Con romper España? ¿Con la paz mundial? Cabe cualquier cosa. En Ciudadanos calzan el independentismo y el pancatalanismo y se quedan tan anchos.

Exigiremos sus hijas vírgenes. Y gulags, muchos gulags. ¿Quemar iglesias? Bueno, quemar iglesias no, no sé que a alguien le dé por poner una "a" delante y la vayamos a cagar...

Exigiremos sus hijas vírgenes. Sustituir la asignatura de religión por la de marximo-leninismo. Y gulags, muchos gulags.

Si lo separamos de su ficción justificativa, la actitud no difiere gran cosa de la que mantiene en Andalucía y Madrid: bloquear cualquier fuerza de cambio y sostener el poder del bipartidismo en manos de sus franquicias más corruptas. A cambio, consiguen que les firmen unos papeles sobre cuyo valor podrían preguntarle a Izquierda Unida de Andalucía.

Por su parte, los muchachos de Podemos han sumado a su indefinición verbal el complemento dar gobiernos al PSOE. Aquí y acullá, los principales enemigos de La Casta servirán de flotador para su pata, menos que izquierda, ambidiestra. En apariencia, la misma bajada de pantalones que Ciudadanos. Pero existen matices.

De primeras, Podemos se asegura a cambio el apoyo de los socialistas a las candidaturas de unidad popular en las que participan en diferentes ciudades. De segundas, la alianza de Podemos con el PSOE sirve para derribar gobiernos en lugar de para apuntalarlos.

De donde se deduce que, más allá de consideraciones lingüísticas, el cambio que propone Ciudadanos es más de lo mismo con ellos de firmantes, y el que propone Podemos es la alternancia del otro partido de siempre, imponiéndole unas condiciones que tampoco está claro que vayan a cumplir.

A nosotros, la verdad, no nos parece ni bien ni mal. Preferíamos, eso sí, las normas clásicas. Los felices tiempos en que subir los impuestos era socialista cuando lo hacían los socialistas, pero bajarlos también era socialista si lo hacían los mismos. Se trataba prácticamente de la misma broma pero uno no tenía que estar todo el santo día pendiente para entender qué estaba pasando.

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