La irreconciliación nacional.

La reconciliación nacional fue una cosa que inventaron los comunistas cuando la oposición al franquismo comenzó a brotar en las universidades. Es decir: entre los hijos de los vencedores de la guerra. No era plan de pedirles que degollaran a sus propios padres. Franco organizó su versión propia con el negocio conmemorativo de los 25 años de Paz en fecha tan conciliadora como 1964. Los españoles, de un lado y del otro, pasaban a ser grandes amigos, aunque los del otro debían permanecer amistosamente en la ilegalidad, la cárcel o el exilio.

El teniente-coronel Antonio Tejero durante la lectura de su ponencia sobre la reconciliación nacional ante el parlamento el 23 de febrero de 1981.

El teniente-coronel Antonio Tejero durante la lectura de su ponencia sobre la reconciliación nacional del 23 de febrero de 1981.

El espíritu conciliatorio se alargó hasta la Transición donde, excepto sectores minoritarios de ambos bandos, nadie deseaba llegar a las manos. Los unos no seguirían regodeándose en la Victoria —hecho fundacional que ya comentamos aquí— y los otros no se empeñarían en exigir cuentas con 40 años de retraso. Todos reconciliados y felices.

Pero pronto se cayeron las caretas de quienes pretendían destruir tan positivo avance: los nacionalistas/independentistas y la izquierda radical.

Los nacionalistas/independentistas se han mantenido casi inalterables bajo las siglas del PNV y diferentes encarnaciones de la izquierda abertzale en el País Vasco y Navarra, y las de CIU, ERC y algún que otro grupúsculo en Catalunya. Lo de la izquierda radical ha ido desplazándose del PSOE a IU y de IU al PSOE según las ventoleras de los diversos analistas de la derecha. Los socialistas, por ejemplo, fueron razonables cuando nos metieron en la OTAN o asumieron el programa político de Merkel, pero pasaron las líneas rojas del radicalismo cuando dejaron casarse a los gays o desenterrar a los enemigos de España que abonan nuestras cunetas. Los comunistas fueron razonables apoyando la monarquía y la Constitución, y radicales prácticamente todo el resto del tiempo. Lo que nos permite concluir que la filosofía de reconciliación nacional del PCE sucumbió a la franquista de los 25 Años de Paz. Es decir: España sólo puede estar conciliada mientras no vire a la izquierda, y mientras los nacionalistas/independentistas vean cegada cualquier aspiración real.

La aparición de nuevas fuerzas políticas tampoco parece haber hecho cambiar ese espíritu. La izquierda radical se ha encarnado en Podemos con tal potencia que sus antecesores del PCE-IU-PSOE han pasado a tener tanto peligro como un gato doméstico. Campeones de la reconciliación nacional como Esperanza Aguirre, Rafael Hernando o Rita Barberá se han apresurado a pedir un Frente Apopular y Antipopulista para frenar su ascenso al poder y nuestro descenso al desastre; por ejemplo, a que el ejército tenga que dar un golpe de estado y provoque otra guerra civil, acontecimientos que no suelen ser de mucha ayuda para la cosa de reconciliarse.

Las fuerzas y cuerpos de seguridad instruyendo en la reconciliación nacional a los españoles reticentes en los primeros meses de la Transción.

Las fuerzas y cuerpos de seguridad instruyendo en la reconciliación nacional a los españoles reticentes en los primeros meses de la Transción.

Ni que decir tiene que al Frente Apopular y Antipopulista no están invitados los nacionalistas/independentistas. Esta exclusión la comparte la antiquísima derecha que encarnan Vox y el Partido Popular, y la derecha centroemergente de Ciudadanos. Baste repasar sus ofrecimientos al PSOE en Valencia a condición de que impusiera un cordón sanitario alrededor de Compromís. Y eso que Compromís es un partido federalista que no tiene por objetivo la independencia y, mucho menos, encarna el fantasma del pancatalanismo que tanto les gusta agitar a las derechas.

Lo del Partido Popular y Vox viene de familia, pero lo de la nueva derecha moderna y europeista requiere análisis y hasta psicoanálisis. A pesar de llevar a gala su nulo interés en participar del combate entre rojos y azules, Ciudadanos asume como única forma de conciliación entre los diferentes pueblos de España la misma que Franco en el 39: España ni roja ni rota. La misma que celebró el Caudillo en el 64 para gritar ante el mundo que nuestra patria sólo podía aspirar a la paz mientras se mantuviera depurada de rojos y separatistas. La misma que esgrimieron los mandamases del Régimen en la Transición cuando se avinieron a dejar participar en el juego político a los nacionalistas/independentistas y a la izquierda radical, a condición de que se olvidaran de implantar el socialismo, el comunismo, el nacionalismo, el independentismo y cualquier otro ismo que no asumiera la jefatura hereditaria de Franco encarnada en el monarca y la unidad inquebrantable de España tanto en su geografía como en su administración.

No vaya a ser —que diría el ministro Montoro— que tenga que alzarse el ejército por culpa de los nacionalistas/independentistas y la izquierda radical, y se terminen los años de paz y reconciliación nacional cuya naturaleza más evidente son los cadáveres en las cunetas. No vaya a ser. ¿Lo tiene claro?

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