La visión de la jugada del Partido Popular.

El Partido Popular obtuvo el mayor número de votos. Luego fue el más votado. Luego ganó las elecciones. Luego no tiene por qué cambiar.

A nuestro presidente, que siguió los resultados a través del Teledeporte, le parecía obvio: gana el primer ciclista que atraviesa la meta. Igual que el equipo que mete más goles es el que se lleva la copa. Eso es de cajón.

Menos 2, me llevo 4, más 15, por 3, dividido entre 12... ¿Ganamos o no ganamos?

Menos 2, me llevo 4, más 15, por 3, dividido entre 12… ¿Ganamos o no ganamos?

Así lo comunicó a sus altos cargos y barones en la ejecutiva que, tremendo coñazo, presidió al día siguiente: Hemos roto la cinta de meta con el cuerpo, encestado más triples y rodeado el Cabo de Hornos viento en popa a toda vela. No estaría bonito que, siendo el partido de gobierno, nos concediéramos medallas de oro a nosotros mismos, pero podéis levantar los brazos y hacer el símbolo de la V al salir.

Dicho lo cual, salió a repetirles lo mismo a los periodistas.

Pero el martes dimitieron varios barones y Esperanza Aguirre salió a dar una rueda de prensa con sombrero de Napoleón, catalejo y un mapa invertido de Madrid por fondo. Rajoy debió quedar estupefacto. Si tan clara era la victoria, ¿por qué dimitían? ¿Por qué había perdido Esperanza definitivamente la cabeza?

Era una confusión de la misma naturaleza que cuando le comunicaron que a Barcenas le habían descubierto 50 kilos en Suiza: se pensó que los tenía que acarrear a pulso desde allí, y le envió un sms por darle ánimos; había vuelto a confundir la programación del Teledeporte y la de fuera del Teledeporte.

En esta última confusión coincidía con otros mandamases de su partido y con no pocos cientos de miles de sus votantes: a pesar de llevar participando 38 años, no llegan a entender que las reglas no son las mismas en las elecciones y en el resto de deportes. No gobierna el que llega el primero ni el equipo de la lista más votada. Resulta que los otros equipos pueden aliarse, sumar sus goles y arrebatarte el puesto en el podium.

No termina de entrarles en la mollera a pesar de que les sucede una y otra vez. Raro es el lugar donde gobierna el PP si no obtiene mayoría absoluta. Distintas coaliciones de perdedores se las arreglan para mantenerles en la oposición, donde van acumulando rabia y resquemor. De tal manera que cuando sí obtienen mayoría absoluta su práctica política se resume en un ahora voy a hacer lo que me salga de los cojones acompañada de un que se jodan.

Las enmiendas de la oposición, la opinión expresada por los ciudadanos en la calle o en las iniciativas legislativas populares, simplemente resbalan sobre la superficie de un partido que ni siquiera cree tener la obligación de atenerse al programa por el que ha sido elegido: una vez obtiene el cinturón de campeón, se dedica unícamente a disfrutar de su victoria e imponer su santa voluntad.

Si tan geniales fueran los otros equipos y sus ideas, ocuparían el banco azul del gobierno y no el banquillo de los perdedores. A ellos nadie tiene que explicarles cómo hacer las cosas y, mucho menos, pedirles explicaciones de lo que hacen. Aunque ellos, faltaría más, sí pueden permitirse juzgar a los mediocres representantes electos de otros equipos y sus aún más mediocres ideologías: el fracasado socialismo, el fantasioso independentismo, o lo que quiera que fuera a lo que jugaba la señora esa que unos días se apellidaba Díez y otras Díaz, que ni en eso daba pie con bola.

Cualquiera diría que incluso se olvidan del calendario de la competición y las elecciones les pillan de sorpresa, pero lo que sucede es que mantienen las mismas prácticas los días de diario y los de campaña electoral: sacar pecho y recordar que son el equipo ganador. Redoblar los redobles de su triunfo económico triunfante. Otorgarse un 110 sobre 100 puntos en su lucha contra la corrupción. Gritar ante toda España ¡Rita, eres la mejor! desde la plaza de toros de Valencia.

Eso sin dejar de menospreciar a los alfeñiques, los adanes y los palurdos de ligas regionales que se atreven a disputarles el poder.

Son el mejor equipo, como reconocen todos los españoles no abducidos por La Sexta y el Gran Wyoming. De eso se congratulan y por eso se dan unos a otros palmaditas en la espalda.

Hemos ganao, hemos ganao, oe, oe, oe, oeee...

Hemos ganao, hemos ganao, oe, oe, oe, oeee…

De ahí que se sorprendieran tanto la noche electoral, cuando comenzaron a aparecer las clasificaciones en las pantallas. Iban ganando pero, según aseguraba la tele, si los otros equipos sumaban sus goles les arrebatarán todos los trofeos.

Algún optimista trató de consolarse objetando que, si esas eran las reglas, serían iguales para todos. Alguien querría sumar los goles con los suyos, ya que tenían más que nadie. Optimismo que se desvaneció en cuanto trató de calcular con los dedos.

Algunos jugadores empezaron a maliciarse que lo mismo no eran el equipazo que se decían a sí mismos.  Lo mismo son un equipo de mierda que ni siquiera entiende del todo en qué consiste el deporte en el que participan.

Por suerte, no eran la mayoría. La mayoría le echaron la culpa a la Sexta, al Wyoming y a la Cuatro, que no dejan de repetir las zancadillas, los sobornos al árbitro y los goles marcados con la mano por esos jugadores de los que usted me habla que ya no pertenecen al equipo, y que es discutible que en los hace diez minutos de los que usted me habla pertenecieran, puesto que jugaban por su cuenta.

Al final, tras sopesar si no sería más sencillo cerrar todos los canales que no sean La 1 y el Teledeporte, el presidente llegó a la conclusión de que le tocaría hacer algún cambio; tal vez un juez de línea por un recogepelotas, o un locutor deportivo por un señor del público. Lo que es seguro es que él continuará al frente del equipo: le ha preguntado a Viri y ella le ha asegurado que él no se presentaba a estas elecciones. Continúa conservando, intactos, sus once millones de votos. Luego sigue siendo el más votado. Luego no tiene nada que cambiar.

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