España en diferido.

Don Juan Carlos de Borbón pretendía abdicar tras los fastos del cuadragésimo aniversario en el trono, abandonar mujer, hijos y súbditos, coger el portante, y largarse a vivir a un lugar paradisiaco junto a su amada Corina.

El hombre que pudo desreinar.

El hombre que pudo desreinar.

Es una noticia importante sobre todo por la información que trasmite respecto a la propia prensa, que en lugar de agobiar a la más alta institución del estado en su día, airea el asunto en diferido.

Despojada de su explosividad política la exclusiva, entra en la sección de noticias de interés humano: el pobre rey, después de casi cuarenta años de servicio, pierde la cabeza por una rubia peligrosa y se salta sus deberes cual bobo adolescente. Un comportamiento tan viejo como el mundo. Tan antiguo que cae en el terreno de lo arquetípico y sirve para trazar una línea entre el momento en que don Juan Carlos ejercía de rey ejemplar y el momento en que se volvió un viejo verde y tarambana por culpa de una lagarta extranjera. ¿No sucumbió el prototipo de hombre original ante los efluvios malignos de Eva? Pues Juan Carlos igual.

El problema es que no era la primera vez que el rey se ponía el país por montera al dictado de la bragueta. Durante años mantuvo un romance con, vaya por Dios, otra rubia: una vedette de apellido Rey y de nombre Bárbara. La relación se prestaba tanto al amor como a los sabrosos juegos de palabras, y la vicetiple tuvo el acierto de inmortalizar sus momentos más acaramelados en cintas de audio y de vídeo. Bello recordatorio con el que tuvo cogido al estado por salva sea la parte la tira de años.

El rey aún no había jugado la carta de Vaya directo a la salida sin pasar por la cárcel de los dineros familiares heredados que va de mano en mano entre los capitostes del régimen para justificar sus saqueos fiscales. Pero ya resoplaba la acusación de embolsarse dinero en la estafa de KIO que rememora Javier de la Rosa en la conversación con el pequeño Nicolás filtrada hace una semana. Por aquello condenaron a de la Rosa y también a Manolo Prado Colón y Carvajal, que como ser humano tendría muchas facetas, pero que sobre todo era conocido por ejercer de intendente y testaferro real.

La prensa, ocupada mañana, tarde y noche en forjar el arquetipo de monarca, estadista y padre ejemplar, descontó de sus portadas tal noticia bomba. Hablamos de los noventa, cuando el arquetipo no se cuestionaba. O, para ser más precisos, quien osaba cuestionarlo engrosaba automáticamente el de personaje sospechoso, estafador o falto de un tornillo. Ocurría con Javier de la Rosa y ocurre hoy con el pequeño Nicolás.

Molt Honorable perito en árboles, nidos y ramas que no conviene agitar.

Molt Honorable perito en árboles, nidos y ramas que no conviene agitar.

Eso sí, años más tarde, la información que el estafador y mentiroso Javier de la Rosa le transmite al también estafador y mentiroso Francisco Nicolás sirvió de base a los informes que se utilizaron para derribar a otro personaje arquetípico ejemplar: Jordi Pujol.

A este, después de ejercer de padre de la patria catalana, le salieron unos hijos carnales que no hay quien haga entrar en vereda. El viejo conflicto entre ser fiel a tus deberes como padre de la nación o a tus deberes como padre de familia. Otro comportamiento tan reprobable como humanamente comprensible. Otro arquetipo al canto.

El último en caer ha sido Rato: tras su fulgurante y refulgente carrera como hombre milagro y mejor ministro de economía de la democracia, no soportó no ser elegido dictatorialmente por Aznar para candidato a la presidencia, y se dio a la codicia. Algo que nadie imaginaba ni podía imaginar, a juzgar por las reacciones lacrimosas de los forjadores de arquetipos de su trinchera periodística y política, que están que no duermen de la decepción.

Y eso que, ya al tomar posesión de su escaño en el 96, falsificó la preceptiva declaración de intereses y ocultó al parlamento más de sesenta empresas. Y que su vicepresidencia no estuvo exenta de decisiones dudosas en asuntos como el de Gestcartera. Ni de compras y préstamos multimillonarios a empresas agonizantes de la familia Rato por parte de señores como Botín o el BCSH, que no tenían por costumbre tirar sus dineros en negocios de los que no obtuvieran rentabilidad.

Cuando a Francisco Nicolás le preguntan si no se anonadó con las tremebundas acusaciones de Javier de la Rosa, que hermanan al rey, Aznar, Pujol y Rato en el pilla pilla y el tonto el último del toma el dinero y corre, se encoge de hombros y responde que, a esas alturas, había escuchado tantas cosas que no le quedaba capacidad de sorpresa.

Y mientras hago sonar esta campana, sucede el milagro económico.

Y mientras hago sonar la campana, sucede el milagro económico.

En España rige una ley inversa según la cual uno se va enterando de menos a medida que más penetra en los círculos de poder. Sabe mejor cómo operan las élites un aspirante a chico de los recados como el pequeño Nicolás que el presidente Rajoy, y eso que tiene bajo su mando al total de los servicios policiales, judiciales y fiscales. O que los directores de grandes medios y los periodistas de palco del Bernabeu que, viviendo incrustados en el mismo cogollo, ni presencian, ni escuchan, ni retienen, ni cuentan. Al menos hasta que alguien aprieta el botón de volar mitos y toca liberar el torrente de mierda que se había acumulado inadvertidamente en los archivos mientras se dedicaban a ensalzar al mismo capitoste.

Estos repartidores de arquetipos son los mismos que aseguraban que la colaboración entre Francisco Nicolás y el CNI era una trola. O que sus acusaciones contra ciertos policías y ciertos agentes de pinchar su teléfono y someterle a vigilancia de manera ilegal obedecían a sus delirios de grandeza. Por el momento, la entrevista con de la Rosa acredita su colaboración con el CNI, y el comisario de Asuntos Internos, Marcelino Martín Blas, ha sido relevado por, entre otros motivos, vigilar y pinchar ilegalmente el teléfono del pequeño Nicolás.

Un comisario, nos figuramos, que constituía el arquetipo de servidor público hasta que algún revés —un amor tardío y arrebatado, unos hijos que no se merece, una presidencia del gobierno frustrada— le llevó a engrosar las filas del lado oscuro.

Eso o que entre las élites españolas y los altos funcionarios y periodistas que las defienden no existe más que lado oscuro.

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