Ciudadanos contra el sentido común.

El método de Ciudadanos resulta pavorosamente sencillo: ante cualquier asunto A, el problema son los viejos partidos B, y la solución C es la renovación de la política. A-B=C de Ciudadanos.

En lo ideológico, se posicionan en una ambigüedad que la antecesora de Albert Rivera, Rosa Díez, sintetizó admirablemente: En el centro izquierda. Pero si hay que jugar por la derecha para meter gol, se hace. Lo importante es meter gol.

Este método permea bien en el casquete craneal del españolito de a pie, que viene sufriendo junto a su equipo desde la cuna, y que, por más que quieran entretenerle los periodistas deportivos con lo de jugar bien y bonito, sabe que lo importante es meter gol. Eso es de sentido común.

¡Me los quitan de las manos!

¡Me los quitan de las manos!

Albert Rivera vio la grieta en la defensa del régimen abierta por Podemos —su redefinición del partido como un enfrentamiento entre el equipo de la vieja política contra el de la nueva—, y pidió la pelota con intención de chutar a puerta, luciendo el mismo dorsal que en su día llevó Adolfo Suárez.

Como aquí el tiempo avanza en sentido retroceso, el presente se acaba cruzando con el argumento de la serie Cuéntame. Nuestra democracia es la hija adolescente y reventona de un Antonio Alcántara que —en representación del pueblo español— se las ve y se las desea para que elija al chico recién licenciado en derecho, con traje de buen paño y sonrisa profidén, en lugar de al jipi astroso con tendencias bolcheviques que también la corteja.

Es que es de sentido común, Merche, me cago en la cuna que me arrulló.

Gramsci concebía el sentido común como una forma de entender el mundo acrítica, compuesta por una abigarrada y contradictoria mezcla de tradiciones y mensajes prefabricados que uno no puede evitar absorber por la sencilla razón de que flotan en el ambiente. Formas de entender el mundo que te integran en el cuerpo social, a condición de que te abstengas de pensar por qué tus convicciones son esas y no otras ni de dónde vienen. Cruzar esa línea te convierte en un tío raruno y tristón como Gramsci, cuando de diario te apañas con el chascarrillo de que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Por eso a los chicos de Ciudadanos les va bien mientras se atienen a calcar el sentido común: España es una y no cincuenta y una. A los inmigrantes no se les da tarjeta sanitaria porque se aprovechan y te arruinan. Los autónomos y los empresarios son los que crean trabajo y merecen nuestro apoyo. No queremos volver a la peseta porque es una moneda antigua y rima con ETA. Lo importante es meter gol.

A este chico da gusto oírle, Merche. Y que se nota que sabe de lo que habla.

El riesgo que corren es abandonar ese carril, como ha hecho su economista estrella, Luis Garicano, con su ideaca de cortar la implantación del AVE.

El AVE es una imbecilidad de tren en el que todos los españoles invertimos diariamente una pasta para que la inmensa minoría que puede permitirse el billete de continuo llegue media hora antes a Segovia. Un tren que sólo rentabilizas en países eternos como China o en trayectos cortitos con alta densidad de pasajeros con perras.

Pero los españoles llegamos tarde a la modernidad y casi que aterrizamos en ella desde el Imperio Romano. El sentido común patrio identifica como intrínsecamente positivas las infraestructuras cuanto más grandes y fastuosas mejor. Ande o no ande, caballo grande, retumba con estruendo de charanga la conciencia patria. Refrán nacido de la desposesión y la mendruguez que combina con otra característica racial: sacar pecho frente al forastero. Frente al forastero de fuera y frente al forastero interior, que no van a tener un pedazo de aeropuerto los mierdas de los murcianos y nosotros los castellonenses no.

No haces más que hablar de política, tontolaba, córtate las greñas y sigue con la carrera.

No haces más que hablar de política, tontolaba, córtate las greñas y sigue con la carrera.

Para un Alcántara que se precie, no supone mayor problema que todos los jóvenes de Sagrillas emigren ni que a los siete u ocho vecinos que quedan tenga que atenderles Cáritas. Pero que no le pongan un AVE a la puerta de casa, que le hagan de menos, que le saquen del siglo XXI infraestructural, eso no lo puede consentir.

Puede que viajen cuatro pasajeros que, además, te escupen al pasar, pero corre veloz y orgulloso como los sueños, Merche, ¿y qué sería de nosotros sin soñar?

De ahí la somanta de palos que les ha caído tras la propuesta de parte de los Alcántara de izquierdas y de derechas que desfilan por las tertulias.

De ahí que organizaciones expertas en exprimir el sentido común, como el PP y el PSOE, hayan abundado en la necesidad de inundar el país de vías de alta velocidad sin plantear jamás ni su utilidad ni su rentabilidad. Al menos la pública, porque en comisiones, sobrecostes, apaños y pelotazos para el constructor y el financista amigo sí deben haber sido útiles y rentables.

Especialmente ilustrativa, a la par que conmovedora, fue la disputa entre el economista y aspirante a ministro de sí mismo Jose Carlos Díez, y la candidata ciudadana a la alcaldía de Madrid, Begoña Villacís, en el programa Las Mañanas de Cuatro. Tras tachar la propuesta de demagógica, Díez expuso que: tenemos la mejor red de aeropuertos del planeta, ningún país del mundo tiene más red, y traemos a España 62 millones de turistas. Sin esa red de aeropuertos, que están todos llenos, no vendrían turistas.

¿Están todos llenos verdaderamente? Se anonadó Villacís. ¿Usted considera que todos los aeropuertos de España están llenos?

El 80%, Merche, remató el economista.

Obsérvese la devoción por las infraestructuras. El ande o no ande. El orgullo tercermundista trasmutado en récord nacional. El sentido común a raudales y al peso.

La mejor red de aeropuertos del planeta. ¡Del planeta, Merche!, no te digo más.

Pasaremos por alto el porcentaje del Real Instituto de Estadística de Mis Santos Cojones que emplea el prestigioso economista, de la misma manera que él pasa por alto el boquete en el erario público que ha supuesto tanta obra faraónica. Boquete que encuentra su correlato preciso tanto en la corrupción como en el hundimiento de las cajas de ahorros puestas al servicio del cacique político de turno. La extensa serie de imbecilidades criminales o de crímenes imbéciles que nos han traído hasta donde estamos y que hasta sería de agradecer que Ciudadanos tratara de combatir a contrapelo del sentido común.

Sin embargo, aquí donde estamos, no les recomendamos que sigan por ese camino. Aquí donde estamos, eso solo conduce a cerrar el capítulo con un Antonio Alcántara regresando del colegio electoral al borde del llanto, después de volver a votar al PSOE o al PP:

Los otros tontolabas querían quitar el AVE a Sagrillas, Merche. ¡El AVE a Sagrillas!

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