76 años de victoria.

Mira que se celebran aniversarios tontos. Pues siempre pasa inadvertido uno importantísimo, fundacional, de tanta trascendencia como la expulsión de los moros o, siglos más tarde, la de los franchutes. Me refiero, claro está, a la derrota de los rojos el 1 de abril de 1939.

Nuestra percepción respecto a la historia del último siglo alcanza a recordar, a duras penas, que hubo una república, que esa república se sovietizó a pasos gigantes, y que tuvo que venir el ejército a solucionar el desaguisado. De muy brutas maneras, cierto, pero con la consabida coletilla de que los dos bandos cometieron atrocidades.

Padre, hijo y espíritu santo.

Padre, hijo y espíritu santo.

Luego llegó el franquismo, que vino a durar un estornudo, y ya pasamos directamente a la Transición que trajo un sistema democrático fetén.

Pero, a poco que uno eche cuentas, verá que este año se cumplirán 37 desde que se aprobó la Constitución, dos menos de los que Franco se mantuvo en el machito. Entre medias, del 75 hasta el 77, tuvo lugar el enfrentamiento entre los partidarios de la ruptura y de la reforma, que ganaron estos últimos. Luego resulta evidente que el Régimen del 78 es el apelativo cariñoso del franquismo reformado y que, en consecuencia, deberíamos celebrar el 76 aniversario del triunfo de Franco o, como a él le gustaba decir, de La Victoria.

Es importante retener el concepto porque los vencedores lo retuvieron y lo rentabilizaron desde aquel mismo 1 de abril. La orgullosa legitimidad de Franco no tenía más sustento que La Victoria. Desde ahí se trazaba la línea que separaba a aquellos que tenían derecho a todo y a aquellos que no tenían ninguno, a los caballeros mutilados de los cojos de mierda.

Los vencedores venían a ser el equivalente patrio de los nazis. Como ellos, abundaron en la experimentación con prisioneros, el trabajo esclavo, el robo de bebés y el exterminio del diferente. Sólo que, a diferencia de sus homólogos alemanes, aquí la raza degenerada que amenazaba con corromper la superioridad históricamente demostrada de los españoles eran los rojos y los separatistas. Es decir: la Antiespaña.

La Victoria impuso un carácter nacional monolítico, unitario, católico, tradicionalista, monárquico, respetuoso con las jerarquías, y alejado de las ideas de progreso que venían arruinando el espíritu europeo desde la ilustración. Tal carácter se impuso en todas y cada una de las instituciones estatales, religiosas y educativas, y en todas las calles de las ciudades, pueblos y aldeas del país. En él se educo forzosamente a los españolitos entre el 39 y el 75, momento en que se inauguró la reforma del franquismo en pugna con quienes —de nuevo la Antiespaña— volcaban sus esfuerzos en la ruptura.

No hubiera habido necesidad de reforma si Hitler no hubiera mordido el polvo en la 2ª Guerra Mundial. Pero el devenir histórico jugaba a favor de quienes pretendían la ruptura. Para figurar en el bloque occidental que se desarrolló a imagen y conveniencia de EEUU desde finales de los años cuarenta, los vencedores tuvieron que realizar el inmenso sacrificio de permitir la libre circulación de antiespañoles, y el de pasar de reivindicarse como fascistas o franquistas a etiquetarse como liberales y conservadores. Lo cual no hizo variar su conciencia de vencedores y su satisfacción respecto a la España que habían creado.

Adivina el chiste.

Adivina el chiste.

La ley de punto final disfrazada de amnistía para los presos políticos supuso asumir retrospectivamente la legitimidad del régimen franquista, desde el golpe de estado que le dio origen, a su derecho a nombrar heredero en la persona de don Juan Carlos de Borbón. De entre los bofetones que recibió la Antiespaña entre el 75 y el 77, este quizá fue el más demoledor, puesto que permitía a los vencedores mantener su posición social y su poder en tanto y cuanto vencedores; es decir: legalizaba la ilegalidad que llevaban perpetrando durante la vida de Franco.

Por reducirlo a un ejemplo cotidiano, es como si te obligan a casarte a punta de pistola, te retienen cuarenta años de matrimonio a base de hostias y, cuando te atreves a denunciar, el juez responde que, mujer, con los años que han pasado, tampoco es cuestión de avivar viejos rencores ni de solicitar el divorcio. Además que, si te casaron a punta de pistola y pudieron retenerte sólo a base de hostias, algo habrías hecho. Seguramente coquetear con Moscú y llevar idea de cometer atrocidades.

La imposibilidad de romper con el régimen surgido de un golpe de estado y la obligación de conformarse con su reforma asumía, por vía de los hechos, que aquel golpe estaba justificado. Hubo dos bandos con posturas irreconciliables. Se enfrentaron. Uno ganó y otro perdió. Eso fue todo. Lo mismo hubiera sido si llegan a ganar los otros. Lo más razonable era correr un tupido velo, tirar hacia delante y pasar por alto el hecho de que un gobierno democráticamente elegido no es un bando, y que unos eran nazis y otros no.

Esta justificación del franquismo perdura hasta nuestros días, especialmente entre los liberales y los conservadores que nutren la derecha más ultra. Basta fijarse en como afean que en las manifestaciones de izquierdas se ondeen banderas republicanas en lugar de banderas de España, para percibir hasta qué punto el rival ideológico se identifica de manera automática con el enemigo de la nación. Las ideas laicistas, republicanas, izquierdistas o independentistas no se contemplan como divergencias normales en el seno de una sociedad democrática sino como agresiones intolerables a la patria. La Antiespaña no se caracteriza por tener ideas distintas sobre qué es y sobre cómo debe conducirse la nación: pretende destruir España.

Durante los 39 años de gobierno franquista y los 37 años de su reforma, más los dos de interregno, los vencedores han conseguido mantener a raya a la Antiespaña. Pero los delirios independentistas catalanes y la irrupción de Podemos vuelven a sacar a pasear los viejos fantasmas por los sótanos de palacio. En este contexto, no sería mala idea volver a celebrar el día de la Victoria en lugar del de ese parche que es la Constitución. Por lo que parece, que perviva en la jefatura del Estado el segundo heredero del dictador, que la ONU nos denuncie por encubrir y proteger a criminales fascistas, o que no se reconozca que los rojos tienen derecho a enterrar a sus antepasados como Dios manda, no es suficiente advertencia de que los vencedores del ayer, reformados, son los vencedores del hoy.

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