Minuto y resultado.

Si atendemos a los números, los resultados de las elecciones andaluzas tampoco son gran cosa: el PSOE pierde votos y el objetivo con el que justificó el adelanto electoral, la estabilidad gubernamental, queda bastante lejos: donde antes tenía que llegar a acuerdos con un solo partido, ahora tendrá que negociar, por turnos, con otros tres, tarea que se antoja complicada por lo menos hasta pasadas las generales.

Yo es que no sé cómo lo hago.

Yo es que no sé cómo lo hago.

Sin embargo, el resultado no puede medirse sólo en cifras; hay que atender a las expectativas, que preveían una victoria mucho más ajustada y, entre los más ilusos, el ascenso devastador de Podemos. Frente a eso, Susana Díaz consigue mantener el número de escaños a una distancia apabullante del segundo, el Partido Popular, y a una insondable del tercero, Podemos, además de echarse al coleto la primera victoria del PSOE en no se sabe cuántos años, como ella se encargó de recordar. De ahí que el resultado se agigante en la percepción general.

Podemos experimenta el efecto contrario. A pesar de la hazaña de colar quince diputados en el parlamento la primera vez que concurrían a las elecciones, su resultado se percibe como una derrota. Cuando basas tu fuerza en infundir la idea de que tu llegada parte en dos la historia, quedar tercero es casi peor que quedar el último. Lo segundo al menos da risa, como sucede con Vox; lo primero es un quiero y no puedo que quiebra la credibilidad de tu discurso.

Con seis diputados menos, Ciudadanos logró el efecto contrario: la falta de expectativas claras y de presunción mesiánica, convirtió su entrada en el parlamento andaluz en el anticipo de una fuerza confiable y sólida, el voto refugio perfecto para quienes están más que hartos del PSOE y del PP pero quieren seguir limpiándose el culo con papel higiénico, a diferencia de los venezolanos que utilizan El País. Aunque sus votantes proceden mayoritariamente del Partido Popular, el crecimiento de la formación quiebra sobre todo la estrategia de Podemos, que ya no puede presentarse como la única fuerza política capaz de medirse con la casta.

Donde más coincide percepción y número de voto es en los partidos que nunca pudieron medirse con la tal casta. Los cinco escaños de IU y los ninguno de UPyD vienen a demostrar que, independientemente de la validez de sus propuestas, no son percibidos por los electores antistablishment como fuerzas confiables para cambiar el sistema. Ante el crecimiento de fuerzas que se mueven en la misma franja de electores pero que ofrecen mejores resultados —consiguiendo a su vez mayores recursos— están condenados a fusionarse con ellos o pervivir como fuerzas marginales.

Dos días más y ganamos.

Dos días más y ganamos.

La misma marginalidad hacia la que avanza el PP en tierras andaluzas. Sólo que los populares vienen de más lejos y caen de más alto. El bofetón que se ha llevado Mariano en la cara de su pupilo Moreno Bonilla, ha retumbado con la misma indiferencia que el resto de cosas que afectan a Mariano.

Aunque su asombrosa afirmación de que las andaluzas no son extrapolables y que en el resto de España la cosa va muy bien ha hecho dudar a los barones regionales del PP de si no habrá perdido definitivamente la cabeza, no hay que olvidar que Mariano ni dice las cosas por decir ni se atiene a las apariecias. Por encima de quien quedó primero o segundo, el resultado de las andaluzas demuestra una inmensa mayoría de voto conservador respecto al eje nuevos partidos vs. partidos clásicos. Inmensa mayoría que en tierras andaluzas favorece al PSOE pero que, extendida al resto de España y sometida a la maravilla de la sobrerrepresentación del voto rural de nuestra legislación electoral, puede favorecer al PP. La debacle que auguraban por la aparición de nuevas formaciones, parece que no se sustanciará más que en la sustitución de IU y la malograda UPyD como terceras y cuartas fuerzas. Al menos en los comicios de este año.

Cierto que las instituciones pueden servir de trampolín para los nuevos partidos y multiplicar sus fuerzas para elecciones futuras. Pero si algo ha demostrado Mariano es su capacidad para actuar según las circunstancias y su nula planificación hacia futuro. De aquí a cuatro años, parece pensar Mariano, ya se verá. Lo que es indudable es que, de venir mal dadas, no será él quien se coma el marrón.

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