El idealismo y su sombra.

Según Santiago Abascal, presidente de Vox, un 20% de los españoles está en desacuerdo con el sistema autonómico. El porcentaje no indica si prefieren un estado centralizado, una federación de repúblicas independientes de su casa, o que el país salte por los aires, pero a Santiago le basta para deducir la existencia de un alto número de ciudadanos que carecen de una formación política que defienda sus intereses en los distintos parlamentos estatales.

No os escondáis, que sos vemos.

No os escondáis, que sus vemos.

Seguro que Santiago, que tonto no es, repara en la existencia de un 80% de españoles que sí defienden el sistema autonómico. Igual que repara en que, aun en el improbable caso de que el 20% restante vote en su totalidad a Vox, seguirían careciendo de fuerza suficiente para echarlo abajo. Sólo que se la bufa. Y se la bufa porque Vox defiende el España es una y no cincuenta y una por principios y Vox, como a ellos les gusta decir, es el partido de los principios.

Algo parecido viene a repicar Cayo Lara cuando Pablo Iglesias le espeta que algunos están muy cómodos en su eterna posición de perdedores y pepitos grillos de los principios, pero que Podemos sale a ganar: Izquierda Unida es una organización de principios, y los principios no se tocan so pena de aguantar a su coordinador federal haciendo gracietas sobre el marxismo y los hermanos Marx.

El problema con los principios, en la política y en la vida también, es que cada cual tiene los suyos y tiende a pensar, que para algo los tiene, que son mejores que los del resto. Para Vox, por ejemplo, uno de los asuntos cruciales para nuestro país es la urgente recuperación del Peñón de Gibraltar. Cada mañana, nada más abrir los ojos y agradecer a Dios una nueva jornada en este valle de lágrimas, sus militantes sienten en el corazón la ausencia de esa tierra españolísima secuestrada por la Gran Bretaña. Sin embargo, a juzgar por las encuestas del CIS, a los demás españoles Gibraltar les viene importando una higa casi que desde el Tratado de Utrech en adelante.

Ellos lo tienen claro: a quien no le duele Gibraltar, no le duele España, y a quien no le duele su patria carece de principios. Y esa carencia de dolores y amores marca la decadencia de la raza casi que también desde Utrecht en adelante, y está en el origen de la lamentable situación en la que nos encontramos: desnortados y sin Gibraltar.

Pero, vista desde otras ópticas, la relación no resulta tan evidente. Por la misma regla de tres, alguien puede creer que la solidaridad internacionalista y la inexistencia de fronteras son más importantes que recuperar Gibraltar y concluir que, si nos vemos como nos vemos, desnortados y a los pies del capital, es por olvidar esos principios.

De ahí que el enfrentamiento de principios superiores contra principios superiores resulte tan complicado de resolver: la victoria en la discusión sobre cuál es el mejor equipo del mundo entre un hincha del F.C. Barcelona y uno del Real Madrid la obtiene forzosamente el primero que saca la navaja.

-Entonces yo le dije: ten claro que a principios tú no me ganas. A todo lo demás puede que sí, pero a principios ni de coña. -Cojonudo.

-Entonces yo le dije: a principios tú no me ganas. A todo lo demás lo mismo sí, pero a principios ni de coña.
-Así se habla, Cayo.

La democracia se inventó, precisamente, para evitar los navajazos. En democracia no se votan principios intrínseca e inevitablemente mejores que otros: se aplican los que apoya una mayoría sin que esto implique necesariamente su superioridad. La capacidad de llevar a la práctica tus principios depende más del número de gente a la que consigas convencer de que son mejores que de que realmente lo sean.

A este respecto, tanto Santiago Abascal como Cayo Lara confunden el objetivo de la partida con las reglas del juego. Como nuestros principios son superiores, parecen pensar, acabarán por imponerse tarde o temprano. Los electores no se enteran y andan por ahí jugando a lo que les rota, pero ya se enterarán, ya. Entonces triunfaremos.

Viene a ser el reverso del llamado voto útil: el voto inútil. Se encuentran tan firmes, tan arropados en sus principios que manifiestan abiertamente que carece de importancia obtener diez millones, cien mil, mil, cien, uno o cero votos: no se moverán un milímetro.

Quizá, y sólo quizá, ese es el motivo por el que Izquierda Unida se hunde y Vox no llega a levantar cabeza: que reclamar el voto inútil cuando uno no sabe o no puede convencer a los demás de la superioridad de sus principios no hace más que demostrar ignorancia e impotencia respecto al sistema social y electoral en el que se participa.

Porque, claro, cuando al elector le planteas que tu prioridad es mantener inmaculados tus principios aun a costa de jamás tener el poder suficiente para llevarlos a la práctica, el elector brinda por ti y te da una palmadita en la espalda pero acaba por votar a otros.

Tal vez porque no alcanza a medir la talla de tu organización política fundada en la superioridad de los principios.

Tal vez porque la mide demasiado bien.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Galería de esperpentos., No-Do. y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s