El golpe de estado de 1934, el Lenin español y otros mitos del montón.

El día que estalló la revolución de 1934, Carrillo y el resto de líderes de las Juventudes Socialistas estaban escondidos y disfrutando de una paella. Al anochecer, salieron a tomar el fresco, se liaron a hablar de política, y una vecina les denunció a la policía, que fue y les detuvo.

Cuando éramos punkis.

Carrillo en su época punk.

Hay que ponerse en situación: aquellos eran quienes, desde los escenarios y los periódicos, desde las casas del pueblo y los comités de fábrica, azuzaron a tipógrafos, ferroviarios, electricistas y demás padres de familia a que se levantaran en armas contra el gobierno derechista de la República. Viene a ser, en comparación, como si Lenin hubiera estado haciéndose la manicura durante la toma del Palacio de Invierno.

Con sus llamadas a la revolución, Carrillo no hacía más que aumentar y completar, con escasas lecturas y exceso de testoesterona adolescente, el mensaje del dirigente del PSOE y la UGT Largo Caballero. Os sonará porque Federico Jiménez Losantos siempre recuerda que era —fanfarria terrorífica aquí— el Lenin Español.

Lo que Federico no suele añadir es que Caballero fue uno de los principales impulsores de la colaboración de la UGT y el PSOE con el gobierno del dictador Primo de Rivera. Fracasada la huelga de 1917, incapaces de hacer frente al estado, los dirigentes del partido y del sindicato acordaron las mejores condiciones posibles para sus afiliados y sus liberados, maniobra toxomendista bastante alejada de los usos revolucionarios.

Pero ocurrió que, en su cargo como Ministro de Trabajo del primer gobierno de la República, Caballero tuvo ocasión de comprobar la escasa utilidad de un parlamento cuando todos los poderes fácticos se mantienen fieles a los usos y costumbres del antiguo régimen. La derecha controlaba los resortes empresariales, financieros, jurídicos y armados. A Caballero sólo le restaba inflamar su retórica revolucionaria esperando que el mero discurso infundiera en sus corazones el mismo terror que la revolución de verdad.

No es que fuera un hooligan Largo Caballero; es que veía que toda la derecha española estaba virando —acompasada con la europea— hacia el fascismo. Y esa derecha se concentraba en la Confederación Española de Derechas Autónomas o CEDA, que se declaraba contraria a la República, y que obtuvo el mayor número de votos en las elecciones de 1933.

El presidente de la república dio el gobierno al Partido Radical de Lerroux, tongo de libro que hay que poner en su contexto: la CEDA hizo campaña con la promesa de terminar con la democracia de alcanzar el poder.

Ahora que el gobierno de Lerroux tampoco era manco: desbarató las escasas conquistas sociales que logró alcanzar el primer gobierno de la República, desatando la ira entre los campesinos y los obreros paupérrimos. Para contenerla, nombró ministro de interior a un representante de los caciques extremeños. Este buen hombre tuvo la habilidad de equiparar cualquier conflicto laboral a un conflicto revolucionario y, simultáneamente, de ordenar a la guardia civil que se empleara a fondo ante cualquier conflicto revolucionario. Las organizaciones obreras se vieron diezmadas y encarceladas. Sus medios de información cerrados, censurados y acribillados a multas. En estas condiciones, lo único que podía frenar al monstruo de la derecha, debió pensar Largo Caballero, es el coco de la revolución.

Pero, con los calores del verano, la CEDA exigió entrar a formar parte del gobierno o dejar de apoyar el gobierno de Lerroux. Ante la inestabilidad que provocaría la convocatoria de unos nuevos comicios, el Presidente de la República cedió a sus presiones. Como la revolución se había venido prometiendo hasta en los anuncios por palabras, las fuerzas policiales no tuvieron problemas para erradicar los brotes aislados de los que siguieron las consignas mientras sus instigadores disfrutaban de una paella.

Esperando que pase la revolución para saltar en marcha.

Esperando que pase la revolución para saltar en marcha.

No existía comité revolucionario. Ni plan para hacerse con el control del estado. Ni armas con las que atreverse. Por no existir, no existían apenas personas dispuestas a participar: la inmensa mayoría de la UGT y la CNT, extenuadas por huelgas, multas, palos y detenciones, se negó a participar de aquel castillo en el aire de don Largo Caballero y sus muchachos.

La insurrección sólo cuajó en Asturias, bello rincón de España donde, como su propia ubicación geográfica indica, obedeció más al enquistamiento de conflictos laborales que a la intención de hacerse con el control del estado. .

Oyes a Federico Jiménez Losantos, Marhuenda, Pío Moa y el resto de la piara asegurar que la guerra civil comenzó en el 34, y parece que aquello fue una imitación a escala de la revolución soviética de 1917, pero lo cierto es que la huelga revolucionaria aconteció más en la fantasía que en la realidad y que, donde aconteció en la realidad, el gobierno de la CEDA lo solucionó enviando a la legión a desguazar huelguistas por cientos.

Queda pintón considerar a Largo Caballero —fanfarria terrorífica aquí— el Lenin español, pero pesa más el adjetivo que el nombre. Es lo que determina que aquel fuera un Lenin de película de Berlanga, y aquella una revolución que transcurrió mientras sus instigadores se atiborraban a paella.

Por el mismo precio, se podía considerar que la guerra civil comenzó con el golpe frustrado de Sanjurjo en el 32. Con más razón incluso, porque su fracaso determinó que se acumularan fondos y se afianzaran planes para ese otro golpe de estado del 36 cuyo triunfo, tres años más tarde, hizo entrar a España en una modernidad que aún asombra a medievalistas del mundo entero.

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