Milagro en Génova 13.

Dice el Partido Popular que desconocía la Caja B cuya existencia consideran probada la abogacía del estado, la fiscalía anticorrupción, la UDEF, la agencia tributaria y el juez Ruz. O que en todo caso —por aquello de que no se corrompen las organizaciones sino las personas que dice el argumentario— la presunta Caja B sólo es atribuible a un tal Bárcenas, un poco antes a un tal Lapuerta, un poco antes a un tal Sanchís y antes aún a un tal Naseiro, todos ellos señores que pasaban por allí.

Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.

Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.

O el PP miente —cosa que no tenemos razón para sospechar—, o lo acontecido en la financiación del Partido Popular entra de lleno en el territorio de los milagros —cosa que, dado el carácter devoto de sus dirigentes consideramos harto más probable.

Hay que imaginar la situación: decenas y decenas de grandes empresarios se tiran decenas y decenas de años donando decenas y decenas de millones de pesetas y de euros al Partido Popular con afán de soborno, y su cúpula dirigente, los cargos con poder para tomar decisiones, no llega a enterarse.

Puede que los primeros diez años no, pero en algún momento más de uno y más de diez empresarios tendrían que haberse dado cuenta de que el soborno no daba resultado y proceder en consecuencia: con un telefonazo airado a algún alto cargo para preguntar ¿qué hay de lo mío?

Eso sabemos que no sucedió puesto que el alto dirigente en cuestión lo habría puesto inmediatamente en conocimiento de la policía, y el partido habría expulsado a los tesoreros sin indemnizarles ni en presente ni en diferido.

Todo es mentira... Salvo alguna cosa.

Todo es mentira… Salvo alguna cosa.

Luego la única explicación posible es que, sin mediar relación entre sobornadores y sobornados, los gobiernos del Partido Popular han asignado las obras y servicios públicos exactamente a las mismas empresas que pretendían apropiárselas mediante soborno.

Una situación de equilibrio perfecto en la que el sobornador recibía su beneficio, los tesoreros el suyo y el Partido Popular el suyo, que era no tener siquiera la ocasión de corromperse y al mismo tiempo quedar bien con todo el mundo. Si eso no es un milagro, que baje el Creador y lo desmienta.

Tratándose los implicados de personas de buena familia, recta moral e inquebrantables principios católicos no nos extrañaría en absoluto que todo sucediera exactamente así.

Nos alarma un poco, no vamos a negarlo, que Dios destine sus favores a individuos de la catadura moral del tal Bárcenas con la de españoles que sufren a lo largo y ancho del mundo. Pero nos consolamos pensando que ni él ni sus antecesores acaparaban todo el botín para sí: emplearon gran parte en financiar las campañas electorales y la remodelación de varías sedes del Partido Popular. Eso, quieras que no, es colaborar con la salvación de España. Y el que colabora con la salvación de España nunca puede estar a mal con Dios.

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