Papa Puñetazo.

El Papa Francisco puso las cosas en su sitio cuando declaró que, si a uno le ofenden a la madre, lo más normal es que saque a relucir sus puños.

Quiso fijar los límites de la libertad de expresión tras unos días donde incluso los más devotos han caído en declarar Yo soy Charlie, confundiendo la libertad con el libetinaje, y el atentado contra la redacción de la revista con un ataque a nuestra civilización.

Arrieritos somos.

A la salida te espero.

Nuestra civilización no es la de Charlie, venía a recordarnos Francisco. Charlie es ateo y se mofa de los católicos, cuya creencia considera tan subnormal como la musulmana.

Lo que no podemos hacer los creyentes es caer en ese relativismo que verbalizó Kant con aquello de que la fe era un estadio infantil de la mente humana, en los funestos días del Siglo de las luces que engendró la plaga del racionalismo, el laicismo, el liberalismo y otros ismos más que terminarían por desembocar en esa izquierda atea en la que se encuadra Charlie Hebdo.

Agradecemos infinito esas palabras porque hace tiempo que observamos un fenómeno preocupante entre los españoles, valga la redundancia, católicos y de derechas: la de mezclar, en cochambroso amancebamiento, las ideas liberales con las cristianas, y extraer de ahí el feto deforme de la civilización europea actual. No existe pensamiento más falso y más retorcido para un católico. Bueno, sí: creerse Charlie.

Es importante recordar que todas las conquistas científicas, políticas, sociales y sexuales desde la ilustración para acá han tenido por adversaria a la Iglesia. Desde su punto de vista, Occidente torció su rumbo al sustituir el gobierno de origen divino de los monarcas y los clérigos por el sacrílego de los parlamentos, primer paso en la debacle que separó religión y estado, y que propagó las nefastas libertades de enseñanza y de credo. No hay más que asomarse al Vaticano, monarquía clerical y exclusivamente masculina, para comprobar la distancia que separa a la organización ideal de la Santa Madre con la barbarie generalizada que la rodea.

Un país como Dios manda.

Un país como Dios manda.

Duele que esta confusión haya arraigado en España, donde la Iglesia siempre se comportó de manera ejemplar. Aquí ardió gente en las hogueras de los Tribunales de la Santa Inquisición hasta el XIX, siglo en el que se afanó en evitar que la masa aprendiera a leer, convencida, acertadamente, de que el acceso a la cultura estaba en el origen de la desdichada Revolución Francesa. Luchó con uñas y dientes para prohibir los centros de enseñanza ajenos a su control, las publicaciones ajenas a su control y las creencias ajenas a su control, incluyendo las políticas. Y cuando sus enemigos la creyeron hincada de rodillas, allá por el año 31 del siglo XX, resurgió de sus cenizas en la Santa Cruzada que exterminó los frutos envenenados de la planta podrida de la ilustración, que por entonces resumía en tres: liberalismo, materialismo y marxismo.

Gracias a eso, España se convirtió en la reserva espiritual de una civilizacion occidental decadente donde la Iglesia ejercía el control total en la enseñanza, las editoriales y los periódicos, la acción política y la vida civil. Retomó su labor inquisitorial hasta conseguir la limpieza de sangre que soñaron los Reyes Católicos; la que fundía el terruño de origen con la única religión: el Nacionalcatolicismo.

Esta proeza, que sus enemigos se empeñan en hurtar a la memoria de las nuevas generaciones, originó un un fenómeno único en el mundo: mientras en otros lugares la Iglesia no tuvo más remedio que adaptarse a las condiciones que le iba imponiendo la democracia, aquí tuvo tiempo y poder de sobra para imponerle sus condiciones a la democracia, como ya explicamos un poco aquí.

Ignoramos cuál es el proceso mediante el que los herederos de los antaño orgullosos nacionalcatólicos se declaran hoy liberales, pero a la vista está que la etiqueta conlleva confusiones de difícil encaje. Tan difícil que conduce a un señor como Paco Marhuenda, que justifica fervientemente el Glorioso Alzamiento Nacional dado el peligro a que España cayera en manos de los ateos y los rojos, a declararse Charlie, como si no fuera sinónimo de rojo y ateo. Ni siquiera su cargo de director de una publicación humorística y su condición de parodia humana justifica ese nivel de empanada mental, que es la que ha querido ordenar el Papa con sus declaraciones.

¿El gilipollas ese dela sotana me está mirando ,mal?

¿El gilipollas ese de la sotana me está mirando mal?

Obsérvese que Bertvoglio, no utiliza como ejemplo de ofensa que alguien le falte a tu equipo de fútbol o se descojone en la cara de tu señora. Utiliza el ejemplo de la madre, es decir: lo más sagrado. La madre terrenal de uno y la Santa Madre Iglesia, que es la de todos.

En ese lenguaje llano pero cargado de ecos y de símbolos, Francisco nos recuerda a los católicos que el hecho de que dos tarados asesinen a los dibujantes de una revista no debe llevarnos a la confusión sobre quién es el verdadero enemigo: aquellos que ofenden a lo más sagrado.

Bien sabe el Papa que ese es un conflicto que no puede arreglarse por las buenas. Quien considera supercherías y necedades las creencias más sagradas, sólo abundará en su ofensa cuanto más abra la boca. O peor: puede llevarnos a dudar del dogma revelado. Y eso constituye una ofensa tanto contra el dogma revelado como contra la Santa Madre Iglesia. De ahí que sea normal endiñarle una galleta al que nos ofende y de ahí que quienes esgrimen la libertad de expresión deban cuidarse mucho de sobrepasar ese límite; exactamente al contrario que Charlie, que pretende que no existan límites a la libertad de expresión para cagarse impunemente en nuestra santa madre.

No confundamos: el dogma musulmán puede estar errado pero no deja de ser un dogma. El ateísmo irreverente de Charlie Hebdo, la cultura y la forma de civilización que representa, es mil veces más peligroso para la Santa Madre Iglesia que el conjunto de creencias irracionales que siguen engatusando a millones de idiotas hasta el punto de ser capaces de matar y morir por ellas.

Debemos preservarnos del Islam, sí. Pero debemos preservarnos aún más de quienes defienden la libertad sin trabas y la falta de razón de ser de la religión.

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