La fórmula del éxito.

En su resumen del inmejorable 2014, el presidente dijo que hoy estábamos mejor que ayer pero peor que mañana, se mostró dispuesto a escuchar a los catalanes siempre que no tengan nada que decir, y aseguró que los signos de la recuperación económica son más que evidentes pese a los agoreros, más del 80% de la población según encuestas, que no los reconocen.

Miren mi dedo. ¿Acaso se levantaría así si las cosas no fueran bien?

Miren mi dedo pulgar. ¿Acaso se levantaría así de no ir todo estupendamente?

Como Rajoy nunca dice mentiras, creemos que esta distorsión perceptiva entre el presidente y la nación tiene mucho que ver con el nulo aprendizaje del populacho respecto de las acertadas doctrinas liberales que orientan su proyecto. Es el resultado de permitir que generaciones y más generaciones se eduquen bajo los nefastos planes de estudio del socialismo: por más que los economistas de la tele apoyen las explicaciones del presidente, la masa no termina de entender eso de que la macroeconomía tire como un cohete pero que no repercuta en sus bolsillos ni en los de nadie que conozca.

Es otro de esos fallos de comunicación que lastran la, por otra parte, acertadísima política del PP. Acostumbrados al elevado tono de la conversación en los exclusivos salones de la macroeconomía, se dirigen a la opinión pública mediante gráficas, porcentajes y pizarras llenas de cifras, como si el televidente común anduviera sumándolo todo en su excel de los presupuestos de 2014. A los adoctrinados españoles conviene más tratarlos en parábolas, tal y como hacían los predicadores medievales con los analfabetos.

Toda la teoría del reparto de la riqueza que sigue el presidente se ilustra con las copas de champán que, ordenadas en pirámide, van llenándose y rebosando desde la cúspide hasta la base. Bella y chispeante imagen que, traducida al momento actual, significa que atravesamos esa fase en la que los muchimillonarios se dedican a pegarse la gran fiesta sin más propósito que el de que su diversión alcance cuanto antes a las rentas medias y bajas, que lo que tienen que hacer es cruzar los dedos y rezar para que los muchimillonarios se diviertan cuanto más mejor y el champán desborde más antes que tarde.

Porque lo que no puede negarse es el éxito de la francachela que ha montado Rajoy en base a sus leyes y reformas: los beneficios empresariales se multiplican, el número de ricos aumenta, y en los salones cuya decoración es ya pura macroeconomía no hacen otra cosa que brindar por lo bien que va España. Sólo es cuestión de tiempo que el champán empiece a derramarse sobre la mesa de bebidas, gotee hasta el mármol del suelo, vaya inundando los cientos de metros cuadrados del salón, recorra el pasillo, descienda a través de mil y un escalones, alcance el hall, serpentee a través del caminito de tierra, atraviese el páramo, vaya acumulándose en la hondonada y se evapore por acción del sol hasta que, un buen día, si las condiciones atmosféricas son favorables, se precipite en forma de gota sobre la cabeza de un trabajador pobre que hace cola en Cáritas. La cuestión es conformarse, saber esperar y ser optimista. Ya chispeará.

No nos cabe duda de que al populacho le resultaría más sencillo de entender si el presidente compareciera ante los medios ataviado con camisa blanca, chaleco y pajarita, descorchara una botella, y llenará una pirámide de copas desde la cúspide diciendo: ¿Lo ven? ¿Ven como el champán se derrama hacia abajo? ¿Ven cómo no tienen más que esperar turno, incrédulos?

Claro que también hay que entender a Rajoy: toda su carrera ha transcurrido en un país en el que los ciudadanos nunca han sido conscientes del sentido último de las decisiones de sus gobernantes y ha dado lo mismo. Cuando se mostraban incapaces de admirar el éxito de las políticas del partido gobernante, votaban al otro mayoritario y santas pascuas.

Esto resultaba problemático, sobre todo de cara a la ubicación remunerada de personal del partido perdedor, pero no acarreaba perturbaciones políticas. Salvo alguna diferencia de matiz —exigir estricta etiqueta o permitir ropa informal, dejar entrar a parejas homosexuales casadas o no…—, la manera de organizar fiestas y de repartir el champán ha sido similar en un partido mayoritario y en otro. De hecho, de unas elecciones para acá, los invitados no han llegado a notar el cambio en el servicio; tal es la perfección que ha alcanzado el sistema.

Confíen en los profesionales, ¿acaso se levantaría así m dedo pulgar si las cosas no fueran estupendamente?

Confíen en los profesionales, ¿acaso mi dedo pulgar se levantaría asi de no ir las cosas estupendamente?

De ahí que a Rajoy rompiera una lanza a favor de los mismos socialistas a los que lleva tres años recordándoles la ruina y el desastre que su nefasta gestión supuso para España. Mejor o peor, conocen el oficio. Y este conocimiento, bien lo sabe el presidente, incluye hacer la vista gorda cuando los invitados empalman unas copas con otras o afanan botellas para llevárselas a casa. Nefastas costumbres, qué duda cabe, pero con gran arraigo en la cultura macroeconómica nacional. Terminar con ellas supondría poner en peligro el desarrollo mismo del festín y, sobre todo, la posibilidad de convertirse en invitado de honor cuando uno finaliza su carrera política.

Mal que bien, es el sistema que lleva funcionando en España del 78 en adelante. El que esos jipis neocomunistas de Podemos hacen peligrar con su absurda teoría de que si se reparte el champán de las copas más altas entre las más bajas desde un primer momento, estas últimas contendrán líquido antes que si se aguarda a que rebosen las de la cúspide. Estupidez que, además de contradecir la verdadera ciencia neoliberal, provocaría que las fiestas se vieran invadidas por discjockeys de bakalao, cholis poligoneras y macarras de parque.

Y es que al final, como bien sabe Rajoy, la teoría económica se resume en quiénes se dedican a beber champán y de qué marca, y quiénes a servir copas y a qué precio. Y para que ese mecanismo funcione lo mejor es ponerse en manos de profesionales. Lo ilustró a la perfección Cañete cuando recordó a Aquellos camareros maravillosos que teníamos, que le pedíamos uno cortado, un nosequé, mi tostada con crema, la mía con manteca colorada, cerdo, y a mí uno de boquerones en vinagre y venían y te lo traían rápidamente y con una enorme eficacia.

Esos profesionales, pueden tenerlo por seguro, no existen en Venezuela, donde los camareros traen platos equivocados a posta, te arrojan el vino sobre la camisa y, como se te ocurra quejarte, viene la policía de Maduro y te infla a palos. Ustedes verán qué votan.

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