Juan Carlos I: la forja de un botarate.

Casi nadie se acuerda pero hace tiempo tuvimos un gran rey que se llamaba don Juan Carlos. Hubiera sumado, este 2015, 40 años a pie de trono. Cifra rotunda que, sabemos, le hubiera gustado celebrar. Sobre todo porque, desde el primer momento, nadie apostaba un céntimo por él.

Nuestro heroe viene al mundo en Roma, lugar de nacimiento que lo invalida ya para reinar. Está lastrado, además, por otros motivos como que su tío Jaime, primogénito de Alfonso XIII y sordomudo, renunció a sus derechos sobre la corona pero no necesariamente a los de sus descendientes. Otro, de bastante más peso, es que media España sigue siendo una República donde los Borbones son menos aspirantes al trono que al presidio.

Apuntando maneras.

Apuntando maneras.

En ese momento, 1938, los conservadores hispánicos, esos para los que Dios, Patria y Rey constituyen una sopa indivisible independientemente del sabor de cada ingrediente, andan enredados en ganar una guerra con el fin de imponer un menú del día obligatorio y cuartelero.

Los Borbones se ponen bajo las órdenes de Franco desde el primer minuto. Esperan, ni que decir tiene, que les devuelva el trono. Pero, tras salir victorioso de la contienda, comienza a dar largas y a desoír a quienes reclaman el regreso de la monarquía. Así que don Juan, que en los primeros días de La Cruzada cruzó la frontera para unirse al Caudillo, cuando ve que los nazis llevan las de perder en la segunda guerra mundial, cambia de bando y apela a las potencias occidentales para que, finiquitado Hitler, continúen por Franco y faciliten la creación de una democracia liberal bajo su corona. El Generalísimo, que ya venía considerando a don Juan una calamidad como monarca y como persona, decide que, por sus santos cojones, don Juan no lucirá la corona mientras él esté vivo. O muerto.

Este bofetón a la monarquía supone el primer golpe de suerte para don Juan Carlos, al que entonces conocen por Juanito. Aun despreciando al monarca, Franco necesita el ingrediente monarquía para cuadrar su concepción de España, para mantener de su lado a los defensores de la corona —principalmente los capitales terratenientes y financieros—, y para demostrar a los países de nuestro entorno su intención de no eternizarse en el mando; apenas lo necesario para encauzar el país y devolverlo a su forma tradicional de gobierno: la monarquía. Esto se plasma en la aprobación de la Ley para de sucesión de 1947, que pone negro sobre blanco una forma de estado risible, la monarquía sin monarca, y declara la intención del Caudillo de abdicar en un sucesor a título de rey.

Mucho se cuida Franco de aclarar en quién recaería la corona, pero un año más tarde solicita la importación del primogénito de don Juan, Juanito, para educarlo en el espíritu del Movimiento y las artes de gobernar España. El pretendiente en el exilio, que ya se daba por desahuciado, encuentra la rendija mediante la que volver a hacerse con la corona. Al fin y al cabo, debió pensar, tampoco va a estar mandando Franco hasta que se muera.

Nuestro héroe, Juanito, tiene en ese momento diez años. Destaca por un expediente académico desastroso trasladado a través de varios internados en el extranjero. No diremos que las asignaturas que cursa consisten en lo que llamaríamos Educación Especial porque no creemos que se conozca así entre la realeza. Sabemos que aquí sigue estudiando las mismas materias, con idéntico resultado, en aulas particulares y exclusivas, siempre tutelado por diversos viejunos fieles al Caudillo. Juanito conoce así a los vástagos de las familias más pintonas del Régimen. Aquellos que, salvo hecatombe, seguirían pintando lo mismo en años venideros. Este conocimiento, como se comprenderá, resulta bastante más útil que la filosofía, las matemáticas y demás zarandajas.

Ya más talludito, Franco se preocupa de que pase por todos los ejércitos. Una instrucción que completa con la misma brillantez que sus estudios anteriores pero en la que da muestras de mayor absentismo, por aquello de la rebeldía adolescente. El Generalísimo, por más que le dicen, no parece concederle importancia a que el joven príncipe se comporte como un perfecto botarate. Y es que nadie mejor que él entiende la importancia relativa de las personas respecto a la importancia absoluta de los símbolos.

A tenor de su agenda, Franco se dedica a hacer vida familiar, cazar, pescar y ver películas desde mediados de los cincuenta. Ha llegado a un punto en su carrera de Caudillo Redentor en la que puede separar su persona de su símbolo. Se ha convertido en el punto en el que confluyen las líneas maestras del statu quo, desde el capital terrateniente y financiero anterior a la guerra a las nuevas fortunas nacidas a su socaire. Desde el funcionariado que debe la plaza a sus hazañas bélicas, al ejército que le obede ciegamente, a la iglesia que le celebra como paladín de la cristiandad. Ese es el capital material y simbólico que piensa legarle a su heredero que, por si fuera poco, tiene la ventaja de venir símbolo desde la cuna.

Lo que sí preocupa al Generalísimo, merced al buen tono que impera en su Régimen, es el carácter mujeriego de Juanito. En algún momento de sus 23 años le ordena un cásese, botarate, tal vez con otras palabras. Juanito obedece. El Caudillo conserva en la recámara a su primo Alfonso, —hijo del hermano mayor de su padre, don Jaime—, y no es cuestión de andar jugando. La elegida, doña Sofía, resulta ser una excelente profesional. Profesional, imaginamos, del oficio de témpano.

No es hasta el 69, 22 años después de la ley de sucesión, que Franco designa a Juan Carlos, ya casi don, como príncipe heredero. Se carga de un plumazo la legitimidad dinástica, aspecto que subrayan tanto el Caudillo como la prensa en pleno; la monarquía del futuro don Juan Carlos proviene del triunfo del 18 de julio y no guarda relación con el pasado. El que sí la guarda es don Juan, que se entera del nombramiento ya consumado y se apresura a denunciar, por lo bajini, a su hijo como usurpador. Bien es verdad que le tiene ojeriza de antes por matar a su otro hijo varón, Alfonso.

El hombre y la tierra.

El hombre y la tierra.

En los seis años que le restan al Caudillo, se dedica a conspirar con todos los grupos de la oposición, a abominar de la monarquía fascista que encarna su hijo, y hasta propone un referéndum sobre la forma de estado cuando el Régimen toque a su fin. Pero don Juan, a estas alturas, es un símbolo sólo para unos cuantos nostálgicos de boquilla y para una oposición que lo utiliza de tonto útil. Nada comparado con las poderosas líneas del statu quo que se encaminan a confluir en su hijo. Siempre que los falangistas, que tanto rondan el Pardo y a su señora, no logren convencer a Franco para que acabe eligiendo a su primo Alfonso, que en el año 71 matrimonia con su nieta.

Un último escollo pueden suponerlo nuestros tutores americanos, que han fiado la estabilidad de su negocio español al sucesor que tenga a bien poner Franco. Nixon y Kissinger quedan tan impresionados por la altura política del botarate que envían a su embajador, Vernon Walters, a sondear al Generalísimo sobre la posibilidad de cambiar de sucesor. Franco, ya menos persona que símbolo, le quita hierro al asunto: no existe el menor peligro, explica, porque su gran triunfo no es ese que todo el mundo celebra de exterminar a los rojos, sino el de crear una numerosa clase media que no arriesgará la hipoteca y el pago de las letras del coche en revoluciones y ciento volando. A eso añade que el ejército obedecerá a su sucesor porque se lo ordena él . La estabilidad, viene a decir, está garantizada aunque herede los mandos un mono.

Así sucede: dos días después de muerto el Generalísimo tiene lugar una coronación que viene a ser el alumbramiento político más bizarro de cuantos conoce Europa en el siglo XX: la instauración de una monarquía católica de la mano del último fósil del fascismo. Algo tan profundamente retarded y contrahistórico que la oposición democrática considera imposible que resista. Piensan, como los falangistas, que el recién coronado don Juan Carlos carece de inteligencia y de empaque para sostener el timón de la nave que le ha tocado en suerte.

Muchos protagonistas de la época afirmarán después que esta creencia tiene origen en la infinita astucia del rey, que llevaba haciéndose el tonto desde que nació para confundir a Franco y traer la democracia. Nosotros creemos, en cambio, que el gran acierto del flamante monarca es el de asumir que sus detractores tienen razón; aceptar sus limitaciones personales y volcarse en su cualidad de símbolo; es decir: dejar hacer a otros y mantenerse como centro de confluencia del poder económico, político y armado nacional e internacional que no consentirá que los rojos le arrebaten tramposamente en las urnas lo que ganó legítimamente en la guerra. Ese poder que está dispuesto a asimilar la democracia que le exigen los tiempos y los organismos internacionales pero con orden y hasta cierto punto. Concretamente hasta el de no rebasar la jefatura del estado victoriosa del 18 de julio, no quebrar la unidad de España, y mantener la impunidad absoluta respecto de quienes han ejercido cargos en la dictadura, incluyendo patrimonio y fortuna.

El año y medio que transcurre entre la muerte de Franco y las elecciones generales del 77 lo empleará el rey en convencer a los grupos de oposición y a los elementos más recalcitrantes del Régimen de la inmovilidad de esos puntos que, casualmente, personifica. Son meses de zozobra, de acuerdos bajo la mesa, y de apaños con unos y otros valiéndose de intermediarios, bajo la tutela de los americanos y de Torcuato Fernández Miranda, pero el rey acaba saliéndose con la suya. El éxito de la jugada queda reflejado en ese texto de la Constitución que coloca a su persona fuera de la ley pero mantiene a su símbolo como jefe espiritual de todos los ejércitos; jefatura espiritual que, como demostrará el 23F, puede materializarse a voluntad del símbolo rey en cuestión.

A partir de este curioso golpe de estado en el que sus organizadores obedecen en todo momento al Jefe del Estado y, sobre todo, de la victoria del PSOE en las elecciones del 82, el rey consigue separar casi del todo su persona del símbolo. Mientras manda al segundo a ejercer de padre de familia ejemplar y estadista perfecto, como predican al unísono políticos y medios de comunicación, en persona puede dedicarse a cazar, hacer deporte, amasar billetes, correr en barco, correrse juergas y seducir mujeres por cientos.

Cazador blanco, corazón negro.

Cazador blanco, corazón negro.

Modo de proceder a nuestros ojos modélico que se quiebra cuando algún malnacido filtra la foto en la que posa delante del elefante al que acaba de abatir. Imagen que pulveriza la distancia entre la persona y la farsa y les recuerda a los españoles que en la naturaleza de un rey está disparar sobre criaturas indefensas, festejar con sus amantes, y sentir una indiferencia absoluta hacia la suerte de sus súbditos anónimos. Sostener esa naturaleza, claro, requiere de una fortuna, y esa fortuna sólo puede obtenerse en función del cargo público y del cargo simbólico.

Ningún acontecimiento anterior —su evidente decrepitud, la indiferencia o colaboración con los tejemanejes de su hija, o los rumores sobre su vida sentimental y financiera— tiene un efecto tan demoledor como esta fotografía que viene a reunir símbolo y persona con la realidad. De ser uno de los personajes más valorados en las encuestas del CIS resbala hasta desparecer de las preguntas. Un accidentado descenso que da en el batacazo tras esos resultados de las europeas que presagian la debacle de los dos partidos que le vienen permitiendo hacer lo que le da la real gana como persona mientras le ensalzan como símbolo, y la emergencia de partidos antisistema que no le tienen respeto ni como símbolo ni como persona.

Fuera de su alcance la reputación simbólica, don Juan Carlos aún tiene la mayoría parlamentaria suficiente como para asegurar su impunidad personal y la pervivencia de la dinastía del 18 de Julio. No le pillarán a él en un referéndum monarquía o República o en un cambio constitucional que ponga en cuestión su derecho a permanecer fuera del ámbito de la legalidad. Mejor abdicar y que apechugue el siguiente.

Hoy los mismos medios de comunicación que se dedicaban día, tarde y noche a ensalzar al símbolo y a ocultar a la persona afean a don Juan Carlos que celebre las navidades en Beverly Hills, cual multimillonario venido a menos o estrella del cine acabada. En lo que a nosotros respecta, el ahora rey emérito puede hacer lo que quiera: mantenerse 39 años en el poder de la manera que él lo ha hecho merece respeto. Bastante más, desde luego, que quienes han consentido que se mantuviera en el poder 39 años de la manera que lo ha hecho y que, no contentos con ello, le han recompensado con la regencia emérita y la impunidad total.

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