La Casta contra La Casta.

Un cualquiera o un pequeño Nicolás del CNI le cuenta al vecino que los negocios chinos no pagan impuestos durante los primeros tres años. Lo repite a familiares, compañeros de curro y amigos. Llega hasta un personaje influyente, que lo multiplica a través de los medios de comunicación. Al cabo de un tiempo, todo el mundo sabe que los negocios chinos no pagan impuestos los tres primeros años.

Pero que todo el mundo lo sepa no equivale necesariamente a que sea verdad. En una sociedad numéricamente compleja, donde la información circula a escala global, resulta imposible conocer la realidad sobre la inmensa mayoría de cosas que no se experimentan directamente. Lo único que conocemos es su relato.

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Aquí un señor entrañable que aseguraba que el colapso financiero era culpa de los negros y de los pobres de EEUU.

La primera interpretación de la crisis fue el hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Se desarrollaba sobre un esquema argumental tan antiguo que casi lo traemos aprendido de serie: a partir del pecado de la gula y la avaricia se establece el necesario círculo de penitencia y redención que nos devolverá al estado de santidad del que, al parecer, partíamos. El pueblo, obtuso, no sabe conducirse por sí mismo. Se impone enderezar su rumbo, con ajustes duros pero necesarios, desde las instituciones.

El problema de ese relato es que, a medida que la crisis se prolonga más y peor en el tiempo, el ciclo de penitencia y redención se desborda; penar temporalmente redime, pero penar constantemente y sin perspectiva de mejora es martirio; y el martirio es el infierno en vida, que es casi peor que el infierno en muerte.

Además, la verosimilitud se tambalea cuando el oficiante impone penitencia pública pero corre a sacar millones de alivio para los que vivían, viven y vivirán incluso por encima del significado de la palabra posibilidades. Cuando se suceden personajes que, desde las instituciones o amparados por ellas, han cometido tropelías con cifras que el pueblo obtuso no es capaz de calcular. Su solidez se resiente mediante notas a pie de página que contradicen el argumento.

A medida que estas notas al pie se multiplican la incoherencia abre un hueco de oportunidad; falta el narrador que consiga coser las notas al pie y haga de ellas una historia coherente.

¿La estirpe?... ¿La ralea?... ¿Los Soprano?... ¿La Pandilla Basura?... Hum...

A ver qué título me invento… ¿La Estirpe Imperial?… ¿La Ralea?… ¿Los Soprano?… ¿La Pandilla Basura?…  Hummm…

El exitoso best-seller La Casta trata precisamente de eso.

Se construye sobre una variante del mito anterior: el pueblo honrado y trabajador no ha vivido por encima de sus posibilidades; ha sido estafado y saqueado por la coalición de intereses de una jauría hipócrita; una que exige abstinencia y contricción mientras mastica millones a dos carrillos, y vende bulas de inmunidad a socios, familiares y amigos.

El significado último es que las instituciones han sido parasitadas por una casta falsaria y amoral que, a menos que expulsemos del templo ciudadano, acabará por vender el país al mismísimo Satanás.

Conviene recordar que, tanto en su vertiente política como mediática, los narradores consagrados del 78 venían imponiendo un relato tan monolítico como unidireccional. Las escasas notas al pie —un poema trágico de IU, una viñeta cómica de UPyD— suponían el punto de sana discrepancia que reafirmaba al Régimen en su conjunto; el buen funcionamiento de las instituciones que, salvo alguna manzana podrida, jamás dejaban de vigilar las cuatro esquinas de nuestra cama. Fuera de ese libro gordo y lujosamente editado, cuya calidad sellaban, al unísono, todos los poderes, los tristes de siempre pregonaban su cuento en fotocopias y cintas de cassette; cosas de marginales y amargados.

De ahí que los narradores consagrados del 78 comenzaran por ignorar a la moderna generación de cuentacuentos. No eran más que otra nota a pie de página. Jipis con coleta sustituyendo las fotocopias por mensajes en las redes. Cuentos para cuatro frikis por más que dispararan las audiencias. Pensaban, los narradores consagrados, que una cosa es la telebasura y otra la literatura de verdad. El pueblo es obtuso pero no tonto: si le dan a elegir entre Camilo José Cela y un autor novel, siempre optará por Cela sin necesidad de haber leído a ninguno de los dos.

Hombre, los españoles no van a votar a un melenas disolvente antes de un señor con traje y corbata como Dios manda.

Hombre, los españoles no van a votar a un melenas disolvente antes de un señor con traje y corbata como Dios manda.

Cuando, ante sus narices, aquel relato destinado al underground se convirtió en best-seller, cundió el terror de hoja parroquial: la originalidad de los modernos cuentacuentos era un plagio de las obras completas de cierto dictador venezolano; sus giros lingüísticos los calcaban de los comunistas totalitarios y de los etarras.

Faltos de reflejos e incapaces de comprender la escena inmediatamente anterior, los narradores consagrados volvían a recurrir al personaje del demonio que tan buen resultado les dio siempre contra los marginales de cassette y fotocopia. Acostumbrados a imponer su relato monolítico, no cayeron en que estaban reaccionando tal y como se esperaba de sus personajes. En lugar de mermar la credibilidad de los modernos cuentacuentos, la aumentaron.

Tras el fracaso, lejos de releer las últimas páginas y entender qué fallaba en la trama, los narradores consagrados optaron por airear presuntas corrupciones de los aspirantes. Un giro tan inefectivo como inverosímil; había que exagerar y meter mucho relleno para que aquellas presuntas corrupciones ocuparan más del 1% de una nota a pie de página dentro de la Historia General de su propia corrupción. Además cometían un error de bulto: al asimilar el comportamiento de los modernos cuentacuentos al de La Casta admitían que ese era, efectivamente, su comportamiento. Del Que viene el lobo con el que pretendían aterrorizarnos en el capítulo anterior pasaban a decir: Vale, el lobo éramos nosotros, pero más vale lobo malo conocido que lobo bueno por conocer.

Desde el Nobel de Cela caíamos al refranero. Pero el resbalón definitivo, el necio giro que no osaría firmar el peor guionista de telenovelas, el todo es mentira salvo alguna cosa de esta historia, fue admitir que el relato de los modernos cuentacuentos, su radiografía política y social, era perfecto.

Tanto da si fue para concluir, en una pirueta suerrealista, que la perfección del análisis nos conduciría forzosamente al desastre: ante los ojos de un lector que a estas alturas siente menos indignación que vergüenza ajena, la Casta asume y confiesa que es rigurosamente cierto todo lo que los modernos cuentacuentos aseguran sobre ella. Como acto de contricción, ya del todo al servicio del relato de los modernos cuentistas, los escritores consagrados admiten llevar todos estos años contando una historia que versa sobre una realidad que desconocen; que la ficción que nos hemos comido, por tomos, desde el 78, es un folletín con personajes falsificados e idealizados; que ellos, los escritores consagrados, la Casta, cobran a precio de oro por improvisar lo primero que se les ocurre; que ni siquiera tenían en la cabeza llevar el relato que nos tiene por personajes a buen fin, dado que su éxito no dependía de la calidad de la obra sino de mantener el monopolio sobre la narración. O lo que viene a ser lo mismo: que, además de ladrones y mentirosos, son ineptos.

Pocas argucias narrativas son capaces de salvar una historia tras esta confesión de indignidad. Todo lo más que asegurar que los modernos cuentacuentos, que tan certeramente les han descrito y desenmascarado, acarrearán el desastre sin ni siquiera ser capaces de inventar un porqué convincente. Poco más que suplicarnos que sigamos creyendo en ellos a pesar de que hasta ahora han sido una casta tan voraz como estúpida porque… La verdad es que tampoco aciertan muy bien a explicar por qué. Es cuestión de fe y punto.

A menos que se enderecen, es sólo cuestión de tiempo que la masa asuma el relato del best-seller La Casta como el único real. Tal vez de forma un tanto injusta para quienes, aunque sea por volumen, se han esmerado en sostener el anterior durante cuarenta años. Pero esta historia no trata sobre la justicia ni tiene tanto que ver con la verdad como con la verosimilitud: tampoco es cierto que los negocios chinos estén libres de pagar impuestos durante los tres primeros años y todo el mundo está convencido de que sí.

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