Izquierda y secesión.

El derecho de autodeterminación era una exigencia la Internacional Socialista a finales del XIX. Igual que del programa del partido de Lenin en 1903 y también en 1917. La cuestión, para el comeniños calvo, resultaba bastante simple:

En el supuesto de una nación sin estado —como la catalana—, y de una clase dominante dispuesta a romper con el estado donde se encuadra dicha nación —como la catalana—, la clase dominada debe posicionarse a favor de esa clase dominante y en contra de la del estado que trata de retenerla.

Atrapados en 1931 desde 1931.

Atrapados en 1931 desde 1931.

Dicha posición no se fundamenta en la supremacía de la nación ni en la creencia de que esa clase dominante sea mejor ni sustancialmente distinta a la clase dominante del estado que tiene enfrente. Se fundamenta en que, en ese tira y afloja, la clase dominante requiere de la colaboración y el sostén de la dominada. De ahí que se vea obligada a prometer mejoras sustanciales y a abrir espacios de participación democrática que de otra manera no tendría necesidad de abrir. Sin comerlo ni beberlo, la clase dominada se encuentra ante una ventana de oportunidad desde la que exigir contrapartidas y ensanchar la brecha abierta en el orden establecido.

Desde las terminales izquierdistas patrias —españolas, se entiende—, se abomina de las izquierdas catalanas porque van a la suya y demuestran un servilismo absoluto para con el president Mas y la clase oligárquica y corrupta a la que representa. Puede que sea cierto. Pero tampoco lo es menos que esa corruptocorvengencia esgrime el derecho a decidir, la absoluta legitimidad de la desobediencia civil y la constitución de una república democrática. Herramientas, qué duda cabe, al servicio de las clases dominantes. Pero herramientas, qué duda cabe, que en el peor de los casos favorecen a las clases dominadas y en el mejor hasta pueden ser tomadas por ellas.

Roto el equilibrio que sostenía el pacto de élites del 78, donde pintaban la misma nada las clases dominadas de Cataluña que las del resto de España, la plebe catalana no tiene más remedio que apoyar a las suyas en contra de las españolas o a las españolas en contra de las suyas.

Y el deporte es el mismo en el otro campo. Con la diferencia de que una de las élites esgrime el orden y la ley frente al derecho a decidir, concibe la desobediencia civil como asunto propio de las Unidades de Intervención Policial, y exhibe dos reyes constitucionalmente impunes como certificado del origen absolutista del estado español y su progresión nacionalcatólica y franquista.

Ni el camarada Lenin ni los socialistas de finales del XIX hubieran tenido duda sobre cuál de las dos élites en conflicto facilitaba una posición más favorable para organizar el sempiterno asalto a los cielos que precede al batacazo. Por suerte para nosotros, los socialdemócratas y los comunistas españoles son más dados a defender el ordenamiento constitucional, ponerse de perfil y criticar el egoísmo y el afán nacional de las izquierdas independentistas. Son españoles antes que de izquierdas. Lo cual, como viene demostrándose desde el 36 en adelante, es una contradicción de términos.

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