¡Tonto el último!

En España levantarse cada día es vomitar, bien por culpa de la corrupción, bien por culpa del ébola.

El escándalo de las tarjetas en B de los 83 consejeros de Caja Madrid y Bankia, que se fundían el dinero de los preferentistas eludiendo al fisco, ha dado lugar a un sonrojante juego de las sillas donde pierde el primero que no echa la culpa al siguiente.

¡Que siga la fiesta!

¡Que siga la fiesta!

Hay para todos, señoras y señores: patronal, sindicatos, PSOE, Izquierda Unida y Partido Popular. Los portavoces y voceros habituales no pueden escabullirse con el cómodo y tú más con el que esquivan el resto de asuntos.

Las organizaciones políticas, tras la consabida petición de disculpas y la eterna promesa de depurar responsabilidades, desvían el foco hacia los órganos reguladores y la cúpula directiva de la caja de ahorros. Como quien pasa por allí. Como quien no escoge a los altos cargos de los órganos reguladores ni cubre la cuota de consejeros de Caja Madrid con enchufados de su lista o de su cuerda.

Merecen mención especial Joaquín Leguina y Esperanza Aguirre, que exculpan a los felices usuarios de las tarjetas y señalan a Blesa y su equipo como únicos culpables de la trama. Como si los gobiernos de la Comunidad de Madrid que presidieron no guardaran relación con los nombramientos y el control de la caja de ahorros, y no tuvieran colocados en Bankia y Caja Madrid a más de la mitad de sus agendas.

Hasta los felices usuarios de tarjetas se apresuran a repartir la culpa entre Blesa y sus organizaciones políticas, empresariales y sindicales —que, estando al tanto, no veían el mal—, y, en última instancia, con la falta de control por parte de los reguladores.

Triste espectáculo de pollos sin cabeza que, cazados en conjunto, son tan incapaces de desautorizar al rival como de inventar una narrativa capaz de encubrir lo que salta a la vista: la fotografía en tres dimensiones y en movimiento de esa casta que no se quitan de la boca los castrochavistas de Podemos.

Fotografía que, además, se puede seguir contemplando en vivo y en directo, dado que ninguno de los ladrones va a dar tras las rejas y a ninguno de quienes les colocaron a dedo —responsabilizándose de su actuación— se le pasa por la cabeza dimitir. El único que paga los platos rotos, por e momento, es el juez que se atrevió a meter en la cárcel al destrozavajillas de Blesa.

En España empieza a tratarse menos de distinguir cuál es la manzana podrida que de adivinar a partir de qué número volcará el cesto. Qué definitivo y demoledor sinsentido llevará al común del populacho a poner pie en pared y exigir la inmediata derogación de esa casta voraz que lo mismo te saquea, que se burla de ti, que te inocula un virus mortal, que te asesina al perro.

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