Jordi Pujol: el último patriota.

Estuvo inmenso Pujol en su comparecencia. Para nuestro gusto, le faltó bajarse pantalones y calzoncillos, ponerse en modo caganer, y dejar un zurullo en la tribuna del Parlament. Zurullo que, salido de su molt honorable trasero, no nos cabe duda que tendría forma de réplica a escala del mapa de Catalunya.

pujol

A ver si voy a recoger el país y me lo llevo, ¿eh? ¡A mi no me toquéis los cojones!

Los medios de información nacionales —que, a diferencia de los catalanes, se dedican a informar en lugar de a lavar el cerebro de la población—, han reprochado el tono y las amenazas del molt honorable caganer. No reparan en que el enfado de Pujol obedeció a una defensa enardecida de los valores patrióticos. Y no de los de la nación catalana, como les encantaría a los traidores de Convèrgencia: defendió los valores de la nación española tal y como se inventó tras aprobar la Constitución del 78.

Aquí todos los gobiernos han delinquido o amparado a delincuentes. Aquí todos los partidos con poder decisorio han recibido sobornos de los poderes empresariales y financieros. Aquí los jueces, brazos ejecutores del poder político —y, por aquello de los sobornos, brazos ejecutores del financiero y empresarial—, han ignorado, sobreseído, perdonado y santificado esa manera de funcionar. Igual que el Ministerio de Hacienda y la Agencia Tributaria han amparado los ingresos irregulares, la evasión de capitales y cualquier tipo de delito económico de la élite.

Sólo en momentos puntuales y oscuros de nuestra historia, por la acción incontrolada de algún juez antiespañol, ha sufrido condena algún prohombre de la patria. Suerte que contábamos con la amnistía y el indulto gubernamental.

Pujol defendió, en última instancia, la unidad de la patria. Cuestionarle a él es cuestionar España en su totalidad desde el 78 hasta aquí. No la España que la prensa que sostienen los sobornadores para que repita el mantra del estado de derecho y la democracia que nos hemos dado se dedica a inventar en sesión continua, claro. Sino la España real: la única España existente.

Es desde esa España desde la que Rajoy, que pertenece a una organización dedicada al mismo negocio que la de Pujol, puede impedir la separación de Catalunya; no tenemos otra.

El único que parece haberse dado cuenta del detalle es Felipe González. Cuando el ex presidente aseguró que el acto de inmolación personal de Pujol era un sacrificio para proteger a otros, no se refería a los hijos del molt honorable sino a España entera.

No en vano González es otro padre de la patria y otro que debería terminar sus comparecencias defecando. Sabemos que, metafóricamente, no hace otra cosa. Pero nosotros, que somos más llanos, echamos de menos que se atreva a hacerlo de forma literal. El respeto que le tenemos nos impide especular públicamente con la forma que tendría su zurullo. En privado apostamos que sería una réplica a escala de sí mismo.

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