Carta abierta al Rey de España.

Querida Su Majestad:

He sabido que recientemente una niña andaluza le entregó una carta solicitando que mediara usted ante Susana Díaz para que arreglara la situación de su mamá en paro. Tuvo usted el gesto, que le honra, de responder a esta minisúbdita. Si bien fue para admitir que lamentablemente no podía hacer nada.

Pues la verdad es que ir para nada es tontería...

Pues la verdad es que ir para nada es tontería…

No creo que necesite recordarle que la razón de ser original de la monarquía es la de que ciertos apellidos son seleccionados por Dios para preponderar en la existencia sobre el resto de apellidos de andar por casa. Como no necesito recordarle, espero, que la razón principal por la que los seres humanos de a pie llegaron a admitir e interiorizar tal despropósito es la existencia de un amplio repertorio de dagas, espadas, lanzas, arcos, ballestas, flechas, fusiles, pólvora, balas, bolas de cañón e infinitas salas de tortura con hierros candentes que aguardaban a quien, tonto de él, se atreviera a ponerlo en duda. Su padre, sin ir más lejos, llegó al trono gracias a una combinación de todos ellos.

Su respuesta a esta infante, Majestad, resulta, en su concisión y concrección, la negación de ambas cosas. Tan anodinas y, por otra parte, impersonales palabras certifican su absoluta impotencia.

¿Y de qué nos sirve a nosotros, sus amados y amables súbditos, un rey impotente? ¿Qué pinta usted aquí si ante la desesperación de su pueblo sólo es capaz de responder NADA en plural mayestático y mayúscula?

En los buenos tiempos, Majestad, su palabra era orden. A sus ¡que le corten la cabeza! respondía inmediatamente el zumbido del hacha. Lo sé, lo sé: el mundo ha dado muchas vueltas, a peor, desde entonces. Pero si todo su radio de acción va a consistir en un NADA por respuesta, tal vez sea momento de admitir que estos tiempos no son los suyos. Esa respuesta es capaz de darla, y me va a disculpar, cualquier servicio de atención al cliente con teleoperadores que no alcanzan a ganar cuatro euros la hora. Tal vez ese sea el puesto que debería ocupar, a día de hoy, Su Majestad. Nos serviría de lo mismo. Y nos costaría, bien lo sabe usted, infinitamente menos.

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