Identidad nacional y corrupción.

Ahora resulta que el hombre que el día de su boda le dijo a su señora que tenía que entender que lo primero era Catalunya, el padre de la autonomía tal y como la conocemos, administraba la Generalitat como si fuera un cortijo. Con la salvedad de que en tu cortijo no te robas comisiones por obra, ni te ocultas tu dinero, ni adiestras a tus cachorros para que continúen desempeñando la misma labor.

Catalunya e hijos.

Catalunya e hijos.

Hay quien, poniéndose histórico, considera que la corrupción es tan indisoluble al carácter español como el catolicismo y los toros. Tan racial que hasta inventamos un género literario para reflejarlo ante el mundo. Frente a la estricta moralidad pública de otros países, donde público y sagrado vienen a ser sinónimos, aquí el que no roba es porque no puede y el que puede, roba.

No deja de ser una manera hábil de equiparar al peluquero de barrio que no declara dos afeitados con el presidente de una nación histórica que llena la propia saca de los abultadísimos presupuestos generales, pero esa tradición se explica de la misma forma que otras muchas: ganaron la guerra. La última y todas las anteriores.

Uno puede distraerse con que si los dos bandos cometieron atrocidades o con que si aquello dio lugar a un régimen dictatorial, autoritario o paquirrista. Pero lo que no conviene olvidar es que ganaron los amos del cortijo y que, en consecuencia, trazaron unas reglas de juego y unas leyes acordes con sus intereses. Como si ahora mismo, para entendernos, dejaras la legislación laboral e impositiva en manos de un Juan Rossell, una Mónica de Oriol o un Luis Bárcenas.

Durante el franquismo España mantuvo el mismo régimen fiscal que se ideó a mediados del siglo XIX; un sistema conocido como Vaciamiento: las clases altas aprovechan la estructura del estado en beneficio propio y lo que ellas eluden recae sobre las clases más débiles.

Las rentas del trabajo suponían el grueso de la recaudación por encima de los beneficios empresariales o el patrimonio. Esto retroalimentaba una estructura estatal débil, incapaz de perseguir la evasión y el fraude. A su vez, el poder de las clases del ganamos la guerra mantenía un ancho de manga continuo de rebajas y amnistías mediante las que don José perdonaba las fallas de don Pepito y don Pepito las de don José.

La culpa es del Lazarillo.

La culpa es del Lazarillo.

Así se mantuvo la cosa hasta 1977, momento en el que se intentó implantar un sistema tributario progresivo. Sin exagerar, claro, que se venía de dónde se venía y tampoco es que se hubiera alterado la estructura de poder. Pero aún así suficiente para que quienes se habían beneficiado de las antiguas ventajas prefirieran evadir su capital antes de verse privados de una parte. Total, tampoco es que se creara una superagencia tributaria con capacidad suficiente para perseguir a unas clases altas para las que el fraude era tan tradicional como la misa de Domingo. Además, en la lejanísima probabilidad de que te pillaran, lo habitual era encontrarte ante un tribunal presidido por el hijo de don Pepito. Cuando no favorecido por amnistías que promulgaba desde el ministerio el hijo de don José.

Se nos explica que la corrupción es un mal endémico y simultáneamente que es cosa de cuatro manzanas podridas. Un razonamiento contradictorio que puede ser certero siempre que se valoren correctamente sus términos. Si la etiqueta “manzana podridas” se refiere a esas clases altas que han diseñado una suerte de parque temático de la impunidad y han hecho de la corrupción una forma de ser, estar y existir, se puede considerar que el mal endémico de que los mecánicos expendan facturas del Monopoly y los albañiles cobren sus chapuzas en negro sólo es una forma de autodefensa; para que el dinero que te cuesta dejarte los cuernos ganar se lo apropie Undargarín, Pujol o el Partido Popular que, además, evaden al fisco el suyo, mejor lo escondes en un bolsillo secreto del cinturón.

Y, visto así, tampoco está reñido con declaraciones solemnes como la que le brindó Pujol a su señora cuando contrajeron matrimonio. Catalunya, efectivamente, era lo primero. Catalunya entendida como un parque temático de la corrupción y la impunidad donde los señores Pujol pudieran desarrollar su labor tenaz de vaciamiento. En ese sentido, la verdad, no se diferencia en nada de la conciencia nacional de las élites de España. Casi que no se entienden unas sin las otras.

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