La solución definitiva al problema de la inmigración.

Me tiene preocupado el tema este de los negritos que, en lugar de coger un barco, tratan de cruzar el Estrecho en barcas de juguete, como si el mar fuera lo mismo que en el anuncio del barco pirata de Playmobil.

Son como esos otros que, desconocedores de nuestras costumbres, tratan de trepar la valla en lugar de entrar a España por la puerta. Y eso que nuestros piadosos gobernantes las llenan de cuchillas para indicarles que no vaya por ahí. Pues no hay forma.

Prendas que cuelga en la valla el gobierno español para ayudar a los necesitados.

Prendas que cuelga en la valla el gobierno español en ayuda de los necesitados.

Porque mira que se pone empeño en informarles de que, en lugar de jugarse la vida cruzando toda África durante años para nada, les basta con solicitar un contrato de trabajo y un permiso de residencia en la oficina correspondiente. Cosa que desde aquí puede sonar a chiste pero que allí debería servirles para pensarse muy mucho lo de venir a este país de hijos de puta.

Tras años de fracasos resulta evidente que, por más voluntad que se le pone, la política de invitarles a entrar por la puerta y con papeles no cala en la cultura de estas gentes. Y aunque nosotros no tengamos responsabilidad ni culpa en su falta de entendimiento no estaría de más que, como civilización superior que somos, diéramos con alguna alternativa que les evite tener que jugarse el tipo tontamente.

Se podría probar, por ejemplo, el intercambio. Igual que se hace con los estudiantes pero en permanente.

Piénsenlo: ¿a cuántas personas decentes podríamos importar con lo que nos cuesta un solo Marhuenda? ¿Y un Eduardo Inda? ¿Cuántas buenas gentes podrían mejorar sus condiciones de vida aquí a cambio de una Esperanza Aguirre, un José María Aznar, un Jordi Pujol, un Felipe González o un Juan Carlos de Borbón?

Sólo intercambiar a este ta da para llenar todos los pisos vacíos y repoblar un tercio del medio rural.

Sólo con intercambiar a este tienes para llenar los pisos vacíos y repoblar un tercio del medio rural.

Sería beneficioso para ambas partes porque el lugar que ahora ocupa un miserable altanero pasaría a ocuparlo un montón de gente humilde dispuesta a ganarse la vida. Más a largo plazo, contribuiría a solucionar ese problema demográfico que pende como un meteoro sobre nuestro sistema de pensiones; los que se queden engendrarían nuevos seres humanos mientras que los que se van a lo sumo se duplican o triplican en nuevos parásitos .

Por no hablar de lo que mejoraría el ambiente general.

De rebote, aumentaría la afluencia de visitantes a los puntos fronterizos. Muchos no podrían resistirse a ver al zompo de Mariano trepando la valla, al lerdo de Cañete zarandeado por las olas en una barca hinchable tamaño infántil, o al pío ministro Jorge Fernández Díaz fundido a hostias primero por la guardia civil y luego por la policía marroquí mientras el público corea: Hay que venir con papeles, Jorge, con papeles.

Yo, la verdad, no le veo más que ventajas. Máxime teniendo en cuenta de que es una medida de coste cero: basta con repartir lo que nos gastamos en uno entre muchos otros.

Además, si no sale bien, siempre podemos solicitar la devolución de los que hemos intercambiado y librarnos de los que trajimos.

Aunque, francamente, no encuentro un motivo lógico para que no salga bien.

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