El funeral de Felipe VI.

El muerto iba tieso en el coche fúnebre. Embalsamado en postura de último adiós y maquillado de tal forma que, bajo según qué luz, movía a dudar si no lo habían sustituido por su reproducción en el Museo de Cera.

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El pueblo de Madrid acudió masivamente a la llamada a la asistencia que realizaron la alcaldesa, la patronal y todos los medios de comunicación, si restamos a los turistas, los policías de paisano y prácticamente el total de los millones de ciudadanos de la capital.

Doscientos francotiradores y más de siete mil policías se alineaban impecablemente en defensa de la libertad. De la libertad como abstracción filosófica y de la libertad de ejercitar el buen gusto en concreto, pues algunos indeseables pretendían utilizar el funeral del rey para vejarlo con lo que más podía dolerle vivo: esa bandera tricolor que tan malos ratos hizo pasar a sus antepasados durante el nefando periodo en el que España conoció la democracia.

Las televisiones, en cambio, fueron exquisitas a la hora de emplear su libertad de ejercer una adhesión monolítica y acrítica a la corona, de competir en piruetas lingüísticas para no utilizar las palabras muerto, cadáver, finado, corrupción o descomposición, y de perseverar en las mismas invenciones, las mismas medias verdades y la mismas mentiras en las que llevan perseverando durante los 39 años que dura la monarquía.

No se rebajaron a subrayar la vacuidad, sucesión de lugares comunes, contradicciones y puñaladas a su padre del discurso postmorten del rey y sí ensalzaron lo que procedía: su capacidad para leerlo de corrido.

Vi con más disgusto, eso sí, que en los días posteriores pusieran en duda la conveniencia de que la policía apaleara a los ciudadanos por ondear banderas legales, subiera a arrancarlas de sus balcones, o no permitiera cruzar la calle a una muchacha armada con una chapita tricolor. Aquí parece que hayamos perdido la chaveta hasta el punto de no comprender lo perniciosas que han resultado las ideas racionales en las que se basa el pensamiento republicano, en contraposición a los beneficios y avances que ha traído esa alianza entre superstición y supremacía de la sangre a través de las armas en que consiste la monarquía. Que no diferenciemos civilización de barbarie.

Cualquiera de estos días, vamos a empezar a tomar a los muertos por vivos y a los vivos por muertos.

Por suerte, el pueblo se mostró sabio y reaccionó cómo tocaba. En todos los rincones de España, podía leerse en las miradas la tristeza y la impotencia ante el hecho consumado, así como la inquietud por la zozobra en la que la muerte del segundo heredero de Franco puede sumir al país.

Quizá el dolor impida a muchos ver las cosas con claridad, pero no hay de qué preocuparse: todo está atado y bien atado. Les recomiendo que no pierdan detalle de los pasos de Adolfo Suárez. Puede que ahora no les suene, pero ese chico dará qué hablar en el futuro.

 

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