¿Es el PSOE tu peor enemigo?

A punto de desmaterializarse a fuerza de perder votos, el astuto Rubalcaba ha logrado aferrarse a su corporeidad como líder del PSOE con una nueva argucia: dimitir sin dimitir.

Se larga, pero no sin antes celebrar un congreso cuya preparación y candidatos supervisará desde la cumbre. Congreso que se adelanta a las tan cacareadas primarias abiertas, para minimizar la posibilidad de que algún valiente se presente contra el candidato que emane de él.

Una maniobra que, dado el resultado obtenido por los partidos a su izquierda en las europeas, se complementará probablemente con la enésima vuelta a sus raíces socialistas, laicas y republicanas. Raíces que uno podría hartarse de reprocharles que olvidan en cuanto llegan al poder sino fuera por el peligro de pasar por alto algo más esencial: que esas raíces son falsas. Se las robaron, junto a las siglas, a un partido que liquidaron mediante el mismo tipo de argucias que siguen utilizando a día de hoy.

Preparados, listos...

Preparados, listos…

Hubo un PSOE histórico. Uno que fundó Pablo Iglesias y que, en los turbulentos años 30, coqueteó con el discurso revolucionario. Al menos parte de él.

Ese partido prácticamente se extinguió aquejado de exterminio y exilio durante la glaciación franquista. Para cuando comenzó el deshielo, a principios de los 70, su presencia en la oposición era anecdótica y estaba liderada, desde el exilio, por un tal Rodolfo Llopis.

En España no, pero en el resto del planeta sí había corrido el tiempo desde que el PSOE fuera el partido político hegemónico de la izquierda en los años 30.

La política de Frentes Populares, promovida por la Komintern, se quebró tras la derrota del nazismo y el adelanto de las líneas defensivas de la URSS a Europa del Este. Socialistas y comunistas volvieron a enzarzarse en antiguas rencillas que imposibilitaban cualquier acuerdo.

En paralelo, por evitar el peligro de que el resto del viejo continente cayera del lado bolchevique, se generalizaron, con financiación estadounidense, las democracias bipartidistas donde conservadores y socialdemócratas alternaban en el poder. Un sistema político que reflejaba un pacto entre el mundo del capital y el del trabajo que consistía, a grandes rasgos, en que los trabajadores no andaban todo el día tramando revoluciones y el capital accedía a repartir la riqueza suficiente como para proporcionarles unas condiciones de vida más o menos similares a las de un perro doméstico.

Como la cosa dio buen resultado en términos de coste beneficio y tranquilidad para la clase capitalista mundial, se procuró implantar el mismo modelo en todas las ubicaciones geográficas de su interés, incluido ese rincón inasequible al paso del tiempo conocido como España.

Existía un problema: a diferencia del mundo civilizado, allí la hegemonía de la clase trabajadora la copaban a medias el Partido Comunista y su sindicato Comisiones Obreras. Problema que se agravó cuando gentes del mismo jaez se hicieron con el poder en Portugal tras la Revolución de los Claveles. En el mapamundi de paranoia de la guerra fría se introdujo la variable de una Península Ibérica Bolchevique a la que podían seguir, a poco que te descuidaras, Italia, Grecia y hasta Francia.

En Portugal, donde no existía PSOE histórico, tuvieron que inventarlo. En España se limitaron a comprar la franquicia.

Quédense con este nombre.

Quédense con este nombre.

Pagaron en dólares americanos que reconvertía en marcos alemanes su aliado y presidente de la Internacional Socialista Willy Brand. Financiaron la liquidación de lo poquito que restaba del PSOE histórico, y auparon al poder a una facción de jóvenes ambiciosos a los que sonreían todas las suertes: lo mismo les proporcionaban pasaportes los servicios secretos de Franco, que se ordenaba a la policía que les dejara obrar con toda impunidad.

Cuando el Altísimo llamó a Franco a su presencia, la maquinaría se puso a rodar para convertir al discretísimo PSOE —y su correlato sindical, la UGT— en una opción de poder de cara a una sociedad que sólo reconocía, para lo bueno y para lo malo, al PCE. Durante el 76 y el 77, su joven y seductor secretario general, Felipe González, pasó de ser un don nadie al segundo hombre más votado del país.

En justa correspondencia, el PSOE no dudó en asumir las condiciones de la oligarquía franquista para pasar a la legalidad, desdiciéndose de todos los principios manifestados anteriormente, y forzando a los comunistas a asumirlas también, sino querían verse en la ilegalidad de cara a las primeras elecciones.

Su líder, Felipe González, no tardaría en abjurar también del marxismo, por aquello de tranquilizar a los poderes fácticos nacionales y extranjeros respecto al alcance de la retórica revolucionaria que aún exhibía, y remachar su firme determinación de transitar la misma senda que llevábamos transitando desde que EEUU y el Fondo Monetario Internacional nos acogieron en sus amorosas manos, allá por los 50.

El resto de la historia ya lo conocéis: desde la defensa a ultranza de la monarquía franquista hasta la entrada en la OTAN. Desde las sucesivas reformas laborales destinadas a demoler al trabajador, al rosario de exenciones impositivas e indultos positivos para una oligarquía delincuente. Desde la sumisión a la jerarquía católica, a su continuo cepillar de botas a unas clases altas herederas de una dictadura que han ejercido como propietarias de esta democracia del 75 hasta aquí, y que gobiernan desde esos consejos de administración que siempre tienen un asiento libre para las primeras espadas soístas una vez cesan en sus cargos.

Pacto Monarquía, PSOE y PP y a callar, ¡pardillos!!

Pacto Monarquía, PSOE y PP y a callar, ¡pardillos!!

Práctica política propia de un partido reformista de la derecha moderada, con leves destellos de progresismo en lo social, que sólo puede ser concebida como de izquierdas en un país donde, debido a la glaciación franquista, ni los poderes fácticos ni las derechas políticas evolucionaron desde el mismo rechazo al fascismo y al espíritu reaccionario que el resto de sus colegas europeos.

No se engañen: la duodécima refundación del socialismo no se inspirará en las raíces de aquel partido fundado por Pablo Iglesias I al que Felipe y su banda dieron el tiro de gracia en Suresnes, sino del que ellos inventaron sobre la marcha. Marcha que simboliza perfectamente la evolución del que fuera su máximo líder y todavía afiliado, Felipe González Márquez, en contraste con el significado de las palabras “Socialista” y “Obrero” que tienen la desvergüenza de mantener en sus siglas.

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