Abstención y delito.

Las elucubraciones son libres. Las derivadas filosóficas de dichas elucubraciones también. Lo que ya es menos libre es esa realidad que, por la acción de una suma de fuerzas previsibles e imprevisibles, se impone tanto a las elucubraciones como a sus derivadas filosóficas demostrando su utilidad o su fracaso. Sólo el voluntarismo ciego o la fe del descerebrado puede seguir manteniendo las mismas elucubraciones y sus derivadas después de que sean trituradas una y otra vez por la realidad.

¿Ve estás ojeras? -dice Botín-: Hace días que no duermo preocupado por la abstención.

¿Ve estás ojeras? -dice Botín-: hace días que no duermo preocupado por la abstención.

Me refiero, como habréis adivinado, a eso que llaman abstención activa y que promulga que no votar es una forma de enfrentarse al sistema cuando, elección tras elección, se confirma lo contrario.

Los resultados de las elecciones no distinguen entre la abstención activa y la pasiva. Sus beneficiarios se pasan por el arco del triunfo ambas. Por ejemplo, que el 60% de los españoles pasara de ir a votar el proyecto de Constitución Europea, no evitó que ganara el sí por un amplísimo 73% a favor sin que nadie pusiera en duda la validez del resultado.

De la misma manera, que menos de uno de cada tres españoles en edad de votar optara por Rajoy, no impide que gobierne con el mismo absolutismo que si le hubieran votado tres de cada tres.

Hubo más abstencionistas que votantes del PP. ¿Les afectó en algo? Si acaso, les sirvió para encuadrarlos junto a los suyos en esa mayoría silenciosa que, como calla, otorga al PP. Ellos gobiernan al 100% vote un 90, un 50 o un 30%. Entre otras cosas, porque no existe un mínimo de participación a partir del cual los comicios no se consideran válidos.

Pueden ser argumentalmente válidas, elucubradamente certeras, las consideraciones de que la democracia no será tal hasta que el pueblo no decida sobre el total de circunstancias que afectan a su vida cotidiana, y que eso no se consigue a través del cheque en blanco para el engañabobos de turno en que consisten las elecciones. Igual que la certeza de que, si todo el mundo se abstuviera, o acudiera a depositar su voto en blanco como propone Anguita, el sistema devendría insostenible. Pero para que eso ocurra, tendría que existir una revolución social previa que desechara a los engañabobos que dirigen el país, su sistema y sus comicios. Es decir, que con una sociedad así de cohesionada en torno a su autogobierno, tu última preocupación sería la abstención, las elecciones y el resto de la vaina.

¡Horror! -piensa Cañete-: si muchos españoles se abstienen seguro que sale elegido el señor del espejo.

¡Horror! -piensa Cañete-: si muchos españoles se abstienen seguro que sale elegido el señor del espejo.

Pero aquí donde estamos, aquí donde 11 millones de personas legitimaron al PP en las últimas generales, la abstención consigue lo contrario: que a los gobernantes los determinen aquellos ciudadanos que no han desarrollado tales planteamientos filosófico-democráticos, y acuden a las urnas por una mezcla de fe, temor y borreguismo.

La CNT, sindicato que multiplicaba la cifra de afiliados a cualquier partido político, lo descubrió por las malas durante la República. Si el voto de los anarquistas resultó determinante para la proclamación de esa misma República, su abstención activa resultó igualmente determinante para el ascenso al poder de quienes pretendían destruirla.

En los dos años de gobierno de la derecha, los anarquistas comprendieron que en un mundo ideal, en uno donde los ciudadanos autoorganizados no requirieran de la mediación de un estado, abstenerse resultaba tan práctico como lógico. Pero en la España republicana, elegir a un partido u a otro suponía la diferencia entre tener locales y periódicos y no tenerlos, entre la celda individual y el encarcelamiento en masa, y entre que el gobierno resolviera los conflictos laborales con las balas y las bayonetas de la guardia civil, o con los cañonazos y los tanques del ejército de Áfica.  De ahí que, en las siguientes elecciones, se abandonara el principio de abstención y el voto de los anarquistas fuera determinante para la victoria del Frente Popular.

Por supuesto, las condiciones de esta ilusoria democracia postfranquista —inserta en la no menos ilusoria democracia europea— no son las mismas, pero hay algo que no cambia: la abstención, activa o no, no debilita en absoluto al sistema. La CNT lo descubrió entonces y las fuerzas de ultraderecha lo están descubriendo ahora: cuando abstenerte en los comicios no tuerce un milímetro del funcionamiento del sistema, lo más inteligente es participar de él. Aunque sea con la intención de minarlo desde dentro.

Ni los fascistas ni los nazis dejarán de acudir a las urnas en las elecciones europeas. Tampoco los socialdemócratas de pega y los conservadores de verdad que están llevando al sur de Europa a la deuda perpetua y al desastre. Y sus resultados serán válidos exista el tanto por ciento de no votantes que exista. Ante esta realidad, promover la abstención como herramienta de lucha equivale a promover el suicidio como forma de protesta ante el pelotón de fusilamiento.

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