De jueces y circos.

En El Caso Bárcenas, Ernesto Elkaizer detalla la actuación del juez Pedreira durante la instrucción de Gürtel, que heredó de Garzón. Pedreira prolongó las mismas escuchas que sentaron en el banquillo a su antecesor. Además de mantener decenas de reuniones con el abogado Trias Saigner, que actuaba de correveidile entre el juez y la cúpula del PP.

Como resultado de esta instrucción, Pedreira archivó la causa contra Bárcenas. Según dedujo, no existían pruebas de los delitos de evasión fiscal y blanqueo de capitales que se le imputaban. Y lo dedujo tras perder la competencia en el proceso y sin esperar el resultado de las pruebas que él mismo había solicitado. Entre ellas, el requerimiento al Dresdner Bank que desveló la millonada suiza del ex-tesorero del PP.

En 2013, el juez Elpidio José Silva envía a la cárcel a Miguel Blesa por la concesión de un crédito muchimillonario y fraudulento a su amiguito del alma y empresario modelo Gerardo Díaz Ferrán. El ex-presidente de Caja Madrid representa como nadie la canalla criminal que viene dirigiendo este país desde tiempos de los Reyes Católicos o antes, así que el populacho aplaudió su entrada en el trullo casi con la misma fuerza que un gol de la Roja.

Pero según parece, y según cuentan aquí, el amigo Elpidio comete unos cuantos errores, que incluyen reabrir una instrucción porque le rota, viajar hacia atrás en el tiempo, y lanzarse a dictar providencias de forma un tanto irregular. Total que la fiscalía toma cartas en el asunto, le obliga a poner a Blesa en libertad, e inicia un proceso contra él por prevaricación.

Que pase el siguiente juez.

Que pase el siguiente juez.

A partir de ahí los medios del Régimen, que llevan entre sus páginas, sus acreedores y sus consejos de administración la publicidad y la propaganda del capo Blesa y sus ciento un amiguitos, inician una campaña para convencernos de que Elpidio es poco menos que un enfermo mental, y que más nos conviene verle apartado de la carrera.

Elpidio, que puede ser un prevaricador y un enfermo mental pero que no tiene un pelo de tonto, percibe que su sentencia está escrita incluso antes de empezar la instrucción, y decide defenderse donde resulta más eficaz en una sociedad mediatizada: la televisión y las redes sociales.

Con su tono sosegado pero irreductible, va desgranando su versión del asunto frente a una patulea de periodistas cuyos argumentos no van más allá de mentir sobre su expediente y poner en entredicho una cordura que el juez demuestra de sobra.

Mientras tanto, se deslizan a la prensa los llamados Correos de Blesa, que bien podrían titularse Relación epistolar de estafas, saqueos, conchabeos y delitos de las clases dirigentes del Reino de España. En la sanchopanzesca opinión pública española va solidificando la imagen del juez quijote contra el molinillo exprimidor de los poderes fácticos que han llevado el país a la quiebra.

Entre bastidores, el juez trata de encontrar cobertura y salida política. Lo intenta con Equo, con Podemos, con el Partido X y con el PSOE. Fracasa y se inventa el fantasmagórico Movimiento Red para autoplopursarse como candidato a las europeas. (Sobre la naturaleza del Movimiento Red y su nula relación con la transparencia y el respeto a los ciudadanos que predica Elpidio pueden encontrar información, amen de echar unas risas, en este artículo.)

elpidio

A mí me la vais a dar…

Y así llegamos al juicio contra Elpidio, circo que de momento nos ha divertido toda una semana, y del que los comunicadores de los medios que dijimos antes destacan el comportamiento payasesco del acusado, obviando la actuación del resto de tropa circense.

Porque menudo tribunal, damas y caballeros: dos magistrados que rechazan la admisión de todas y cada una de las pruebas solicitadas por la defensa, hasta el punto de que consiguen recusarlos por contaminación y falta de imparcialidad, sin que esto suponga obstáculo para dar por buena su instrucción parcial y contaminada.

Un presidente que procede de la jurisdicción militar del tío Paco y que no se entera, o no se quiere enterar, de que su segunda de a bordo viene tanto del PP que colocó a Blesa en Caja Madrid como de la Asamblea de esa misma entidad (sin que esto resulte, a ojos de la interfecta, motivo de abstención). Que no pestañea cuando el fiscal conduce las respuestas que Blesa trae apuntadas de casa. Que rechaza la pretensión de Silva de repudiar a su letrado, pero que permite una situación en la que Conde Cumpido actúa a veces sí y a veces no como abogado, mientras Elpidio se defiende a sí mismo de facto.

Y cómo se defiende, damas y caballeros; baila por encima del tribunal, interviene a su antojo, saca de quicio a sus juzgadores, y va acumulando motivos para conseguir la nulidad de un proceso que, de facto, también dirige. Baste recordar la escena del presidente del tribunal multando y expulsando a una preferentista mientras trata con educación exquisita al ladrón de sus ahorros, imagen sintética y perfecta del repugnante clasismo de la justicia española, que Elpidio cerró con un Esto es lo que yo quería como podría haber cerrado con un ¡Corten!

Al mismo tiempo, centra todos sus esfuerzos en una campaña de contrapropaganda allí donde le dejan hablar, lanzando acusaciones a las que nadie parece ser capaz de dar respuesta, y flanqueado por los ancianos preferentistas que lo tienen por héroe.

Regresemos al principio. Recordemos que Pedreira hizo toda su instrucción de Gürtel en contacto directo con la cúpula del PP. Que acabó declarando nula la imputación de Bárcenas cuando no podía ni, a la vista está, debía. Recordemos que prosiguió con las escuchas que le costaron a Garzón 50 años de inhabilitación. Recordemos que a Pedreira no le sucedió absolutamente nada. Como tampoco les sucede a los cientos de jueces que, por un defecto o por otro, han visto anuladas sus actuaciones por un tribunal superior.

Recordemos que el sistema judicial español es un circo dirigido a conveniencia por la canalla como Blesa y sus ciento un amiguitos del alma, y entendamos desde ahí el inmenso mérito de Silva, cuya actuación desnuda ante las cámaras la forma de operar de una justicia donde sirve una cosa y la contraria, según a quien haya que condenar y a quien salvar.

El mérito de Elpidio no reside en el carácter de juez incorruptible al servicio del ciudadano que pretende proyectar, sino en haber sido capaz de doblarles el brazo en su terreno y con sus mismas armas: la mentira y la media verdad. El juego fullero. El retorcimiento de las normas legales a su antojo. La utilización de la sociedad para sus fines particulares. La creación de una imagen falsificada de sí mismo.

Puede que Elpidio sea un enfermo mental y un payaso, pero él solito se está bastando para demostrar que el nivel del aparato oligárquico, estatal y mediático de este país discurre entre el retraso profundo y la ausencia total de profesionalidad y de talento.

A nuestros ojos eso merece un aplauso. Tan cínico y desesperanzado como se quiera. Pero aplauso al fin y al cabo.

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