Los que le llamábamos Luisito.

Hace unos días cayó en mis manos un libro con un título de lo más prometedor: Los que le llamábamos Adolfo. Me está decepcionando bastante. Creí que versaba sobre el führer de todas las Alemanias, y resulta que el Adolfo al que alude es al petimetre de Suárez. Y, en lo que llevo leído, casi que tampoco. Su autor, Luis Herrero, se vuelca más en evocar pasajes de su tierna infancia.

Por la Patria hacia Dios.

Por la Patria hacia Dios.

Este Luis Herrero —por idiosincrasia y edad me van a permitir que le llame Luisito— es el hijo bigotudo del también bigotudo Fernando Herrero Tejedor, aquel Ministro Secretario General del Movimiento que reunía en su persona las dos corrientes irreconciliables en el seno del Régimen: fichó a la vez por el Opus y por la Falange, que viene a ser igual que salir a jugar con el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona al mismo tiempo.

Fue el principal protector de Suárez durante esa carrera de hienas en la que consistió el final del franquismo. Carrera en la que estaba llamado a ser uno de los primeros en atravesar la meta. Pero en junio de 1975, cuando casi estaba llegando, se mató en un accidente de tráfico, y aprovechó esa excusa para poner fin también a su vida política.

En la actualidad Luisito, periodista independiente y ex europarlamentario por el Partido Popular —que tanto monta—, ejerce de contrapartida moderada al sulfuroso Jiménez Losantos en una de esas cadenas de radio de la ultraderecha más liberal.

Según nos cuenta en el libro, sus once años —imaginémoslo rechoncho y ya bigotudo— coincidieron con la etapa de Suárez como Director General de RTVE, cargo para el que fue nombrado gracias a su sobradísima preparación como lustrador de zapatos del papá de Luisito.

Los sábados por la mañana, relata, acudía a recogerle un coche de la tele que le llevaba de excursión a los estudios de Prado del Rey, donde era recibido por el Jefe de Relaciones Públicas.

Luisito pasaba el rato recorriendo los estudios como hijo de preboste por su casa, colándose en camerinos y platós, haciendo acopio de fotografías y autógrafos de las estrellas del momento, y asomándose a los intríngulis de sus programas favoritos.

Por Dios hacia la Patria.

Por Dios hacia la Patria.

Pero no todo era ji, ji, ji y ja, ja, ja:  se enfrentaba a las mismas dificultades que cualquier otro niño español.

Por ejemplo, a causa de sus tareas, le era imposible ver el último episodio de Belfegor, el fantasma del Louvre, serie que había seguido religiosamente. Suerte que Adolfo se enteró y corrió a a enviarle un coche a casa para que viera el episodio, en pase privado, antes de ser emitido en televisión.

En otra ocasión algunos de sus compañeros —ante los que presumía de fotografías, autógrafos y pases privados— se empeñaron en tomarle por embustero respecto a sus experiencias en la tele. Herido en su gallardía rechoncha y bigotuda, Luisito comprometió su honor al alfirmar que podía meterles a todos en los estudios de Prado del Rey cuando a él le diera la real gana.

Como le tomaron la palabra, no tuvo más remedio que escribirle una carta al Director General de RTVE exponiéndole su problema.

La respuesta de Suárez no se hizo esperar: dí fecha y hora, que tendrás un equipo de funcionarios a tu disposición para darles en las narices a tus amigos.

Suárez se despidió con Un abrazo muy fuerte, fardón, que, como podéis imaginar, era la fórmula habitual que utilizaban los mandamases franquistas para despedirse de los niños españoles de cualquier naturaleza y condición durante aquel no parar de reír que fue la dictadura.

Aunque no le recomendaría a los admiradores de Hitler Los que le llamábamos Adolfo, sí resulta una lectura interesante para entender por qué las personas como Luisito, defienden lo que defienden y a quienes defienden.

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