¡Gol de la Iglesia Romana!

A finales del siglo XVIII los franchutes montaron una revolución que sentó las bases de lo que llamamos modernidad, empezando por la separación de poder religioso y poder civil, Iglesia y Estado. O lo que es lo mismo: el desbaratamiento de la alianza entre la Cruz y la Corona que constituía la base del poder en el Antiguo Régimen.

En los siglos sucesivos, más o menos por turnos, el resto de países europeos fueron consumando esa separación. ¿El resto? ¡No! Una irreductible aldea penínsular del tamaño de una nación se convirtió en el último bastión frente a la modernidad y la herejía, tras una cruzada de exterminio contra los ateos liderada por un Caudillo Redentor.

Difundiendo la palabra de Dios.

2000 años difundiendo la palabra de Dios.

En aquel lugar, se había destilado una versión palurda del fascismo italiano y alemán llamada Nacionalcatolicismo, que venía a rezar que las leyes del Estado y las de Dios eran las mismas. Una teocracia liderada por un Caudillo enviado a la tierra por la Providencia —según recordaban en sus oraciones—, donde la Iglesia gozaba de autonomía jurídica, financiación estatal, y amplios poderes y privilegios en la educación, la propiedad, y la exención de tasas.

Aquel pedazo de reino de Dios en la Tierra se mantuvo durante casi cuarenta años, hasta 1975, año en que el Creador ya no pudo esperar más para disfrutar de la compañía de Franco y lo llamó a su presencia.

Para entonces ya no quedaba en la Europa civilizada ninguna nación en la que poder civil y religioso fueran de la mano. Y lo que es más importante: no quedaba ninguna nación civilizada dispuesta a reconocer como tal a una donde sí.

La lógica de los nuevos tiempos empujaba a abolir el Concordato de 1953, que venía regulando las relaciones entre el Estado español y el Vaticano, regresando al estatus del que gozaba la Santa Madre durante la República: el mismo del que gozan hoy los Hare Krishna, Nueva Acrópolis, los Testigos de Jehova o cualquier otra secta.

La jerarquía católica venía asimilando esta salida como mal menor, temerosa de que alcanzara el poder algún tipo de partido rojo o meramente democrático, al que le diera por exigir explicaciones sobre su comportamiento durante la dictadura, o la devolución del patrimonio arramblado durante aquellos años.

Pero a medida que se desarrolló la Transición, a medida que los franquistas fueron poniendo a dedo a los suyos —leáse el Rey, léase Suárez—, y que las temibles fuerzas izquierdistas se revelaron como corderos, la Iglesia, que nunca pierde comba, vio que podía burlar a la modernidad y al mismísimo tiempo, y seguir manteniendo sus privilegios por los siglos de los siglos.

Con los gobiernos de Arias y con el primer gobierno de Suárez negoció, a la chita callando, una renovación del Concordato que asegurara mantener intactos sus privilegios en democracia. Estas negociaciones se consumaron con el segundo gobierno de Suárez, plagadito de ultracatólicos y títeres de los obispos, y se materializaron en la firma del nuevo Concordato, también a la chita callando, unos días antes de aprobar la Constitución.

Un tratado preconstitucional mediante el que se aseguraban de que todos los futuros gobiernos, rojeras o no, estuvieran hipotecados por un acuerdo internacional, sin posibilidad de revocarlo unilateralmente, y que sólo podrían modificar, de mutuo acuerdo, mediante un nuevo concordato.

Es por eso que la Iglesia constituye un ente jurídico propio, con un régimen autónomo e inviolable (inviolabilidad que incluye tanto lugares como archivos). Que puede llevar a término ceremonias matrimoniales a las que se les reconocen efectos civiles. Y que tiene por socio al Estado, que está obligado a colaborar en sus labores de beneficencia, así como a garantizar la asistencia católica a enfermos, presos y militares.

También está exenta de pagar IVA y IRPF. De pagar contribución. De pagar impuestos por renta y patrimonio. De pagar impuestos por las donaciones y sucesiones de sus fieles. Y de tener que realizar mayor trámite que el de escriturar Esto es mío para agenciarse cuantos terrenos y bienes inmuebles no tengan un propietario demasiado claro.

De lo que no está exenta es de recibir dinero público mediante la casilla del IRPF, contando con el Estado como servicio de recaudación gratuito. El esmero en este servicio llega al punto de trasferir el dinero por anticipado, que el anticipo supere en mucho a lo finalmente recaudado, y que jamás se importune a la Santa Madre con la reclamación de unas vueltas que, céntimo arriba, céntimo abajo, alcanzan miles de millones de Euros.

El Concordato también obliga a que las enseñanzas de la secta se impartan en igualdad de condiciones que el resto de asignaturas, y a que los profesores puestos a dedo por la Iglesia cobren del Estado y tengan la misma voz y el mismo voto en el claustro que los profesores de verdad.

España, Siglo XXI.

España, Siglo XXI.

Es decir: como sucedió con tantos y tantos asuntos espinosos de la Inmaculada Transición, las relaciones entre Iglesia y Estado se resolvieron mediante la enfañifa; se retiraron los yugos y las flechas de la fachada del antiguo Concordato, se le dio una mano de pintura para despistar a los observadores extranjeros, y se siguió regentando tranquilamente el mismo negocio.

La muy ambigua aconfesionalidad del estado español, materializada en la confesionalidad radical del Concordato, es otra aberración preconstitucional y secreta más, surgida de la mano de unas Cortes Constituyentes que se habían investido como tales sin ser votadas para ello, y cuya legitimidad venía mermada de serie por la cantidad de formaciones políticas que seguían siendo ilegales en las elecciones del 77.

Otra aberración política y jurídica de lo que os presentan como una Transición modélica y exportable a otros países sin que el españolito de a pie se pispe de la absoluta excepcionalidad en la que habita; cosa normal si se tiene en cuenta que la primera instantánea de vuestro ingreso en la modernidad es la de un Cardenal coronando a un Monarca puesto a dedo por un dictador, en una última pirueta nacionalcatólica que aunaba la espada y la cruz con el yugo y las flechas, y las refundía en pilares de la democracia.

Cuesta entender cómo consiguieron contener la risa.

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