El otro fantasma de la Transición.

Ahora que ha muerto Suárez tal vez sea momento de hablar de Carrillo. Se sobredimensionan los méritos del presidente difunto pero la verdad es que el ascenso de la Transición lo empezaron en tándem. El viejo comunista y el joven falangista tenían muchas cosas en común. Tal vez por eso que se dice de que los extremos se tocan. Especialmente, añadiría yo,  cuanto más se aproximan al centro.

¿Quién será este hombre irreconocible?

Irreconocible bajo su peluca.

Carrillo era otro de esos burócratas del Régimen que se dedican a trepar a base de muchos contactos y pocos escrúpulos. Otro político con inteligencia limitada pero astucia infinita y maneras de tahúr, capaz de convencerte de una cosa y su contraria y de engañarte en ambas.

Sólo que el Régimen de Carrillo no era de este mundo: se situaba en una extraña dimensión a caballo entre ambos lados del telón de acero, con un ojo puesto en Moscú y otro en París, con una mano tendida hacia la Rumanía de Ceacescu y otra extendida hacia Corea del Norte.

Carrillo, además, no era el trepa de bulto al que Torcuato eligió para hacer el trabajo sucio de la conversión del Régimen. Era el mandamás de un partido estalinista en el exilio: un animal mitológico para la militancia interior y una bestia negra para el Régimen.

Para los setenta, claro, hacía la tira de años que las autoridades de la URSS se habían acostado besando la estampita de Stalin y se habían levantado horrorizados por sus crímenes. Y algo menos desde que Carrillo olfateó la imposibilidad de ofrecer un modelo como el ruso en un país occidental, y rompió relaciones con las directrices de la URSS.

Pero en su manera de funcionar, en su organización, el PCE continuaba siendo estalinista: obedecía disciplinadamente a su secretario general, y purgaba a los disidentes bajo acusaciones de desviacionismo, revisionismo, troskismo u otras igualmente peregrinas.

A esas alturas, también estaba más que claro que todos los análisis, diagnósticos y maniobras del PCE desde el 39 habían errado su objetivo por kilómetros. Ni las guerrillas, ni la mitica Huelga General Revolucionaria que nunca llegó consiguieron mover un dedo del Régimen. Tal vez porque sus dirigentes, desde el exilio, partían de la misma base en el 69 que en el 39: la de que las masas obreras revolucionarias terminarían por demoler, por su acción organizada, el Régimen de Franco.

No sucedió, claro. Pero sí pasó que la abnegada labor de los militantes en el interior, unida a la capitalización de las luchas obreras —organizadas por comunistas o no—, sumadas a una buena labor de propaganda, convertieron a aquel mítico Comité Central del Partido Comunista en símbolo y guía de quienes soñaban —ahora parece de risa— continuar la historia a partir del último régimen legítimo conocido por el pueblo español: la República democrática.

Ni que decir tiene que Carrillo sostenía que era eso o la nada. Le parecía inconcebible que un régimen ilegítimo sirviera de origen a uno legítimo. Iniciar ningún tipo de democracia sin la retirada total de quienes se hicieron con el poder a través de la fuerza y de la masacre. Sin la depuración de su aparato estatal, poniendo especial énfasis en los cuerpos judiciales, policiales y militares. Incluido ese rey que no tenía más legitimidad que ser designado a dedo por Franco. Inconcebible de todo punto.

Una tarde le costó abdicar de tan firmes convicciones democráticas. La que pasó charlando con el flamante presidente Suárez en casa de José María Armero, que, además de facilitar este tipo de reuniones, informaba directamente de ellas al Departamento de Estado de los USA.

Es probablemente verídico eso de que Suárez le entró con la historia de que su abuelo y su padre fueron represaliados por republicanos. De la misma manera que le podía haber contado que ambos eran gnomos de ser Carrillo un poco más bajito. El caso es que se cayeron magníficamente, cual dos burócratas trepas que están próximos a culminar sus fines políticos, cada uno a su manera.

En aquella reunión, Carrillo prometió ahogar en la bañera la república democrática y marchar con el rey bajo la enseña nacional del franquismo continuado, y calmar la disidencia de los trabajadores en las fábricas y la de los estudiantes en las calles. A cambio, consiguió la legalización de ese partido que le haría presidente del gobierno a él. No nos cabe la menor duda de que hubiera preferido llegar a presidente de una república socialista. Pero tenía ya sesenta años. Tampoco iba a enredarse en menudencias sobre legitimidades y formas de estado cuando se adivinaba tan próximo a mandar.

Los análisis ilusorios que la dirección del Partido venía realizando desde el exilio le jugaron aquí una mala pasada: su fuerza no resultó ser, ni mucho menos, la que se autoatribuían. Y experimentó un rápido declive después de que Carrillo se ciscara en todos los principios por los que sus afiliados habían sufrido persecución, cárcel, tortura y matarile.

Aquí, haciendo una Transición ejemplar.

Aquí, haciendo una Transición ejemplar.

Paradójicamente, este cálculo erróneo —unido al terror paranoico que suscitaba en los hombres del régimen la palabra comunista— fue lo que determinó la balanza hacia la legalización: Carrillo se hacía pasar por el amo y señor de unas fuerzas que obedecerían lo que él ordenara, incluyendo conceder la legitimidad a un presidente que no hubiera podido tenerla sin su concesión.

En un alarde de centralismo democrático reunido en una sola persona, Carrillo tomó esta decisión sin consultar con nadie y sin someterla a voto. Los abnegados militantes, con disciplina estalinista, confiaron en que el cráneo previlegiado de su Secretario General se reservaba algún as estratégico en la manga.

Fue un bluff. Como la Transición. Como el propio Carrillo.

La abnegada militancia tuvo que esperar a ver a su formación política pasar a engrosar el batiburrillo del Grupo Mixto con cuatro diputados en las elecciones del 82 para darse cuenta. Terminarían echándole del partido, por estalinista y por bluff, pero todavía intentó aferrarse a su escaño con sus uñas y sus dientes de burócrata.

Junto a él, tantos años después, estaba Suárez, que tampoco había conseguido los votos suficientes para formar grupo parlamentario propio. La justicia poética volvía a reunirlos en un tándem, esta vez cuesta abajo. Tan maravillosas se consideraban entonces sus políticas y sus personas que habían sido repudiados tanto por sus antiguos compañeros como por los votantes. Esas personas y esas políticas que, los mismos que llaman saber adaptarse a ser un vulgar chaquetero, pretenden hacer pasar ahora por inigualables.

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