El fantasma de la Transición.

Suárez no era demasiado inteligente ni atesoraba una gran preparación, pero era astuto. Coincidía en eso con las primeras figuras de la política de la época. También Felipe González era astuto. Y Carrillo ni te cuento. Por no hablar del Rey. Al que más inteligencia y cultura se le suponía era a Fraga y fue el que peor resultado obtuvo. Era normal. Veníais del gobierno de un dictador astuto, Franco, y aquella era una época de “toma el poder y corre”.

Chutar con la izquierda, chutar con la derecha... ¡Lo importante es meter gol!

Chutar con la izquierda, chutar con la derecha… ¡Lo importante es meter gol!

Hacía falta astucia. Por toneladas. Había que homologarse con las democracias europeas circundantes y al mismo tiempo dejar intactas a las élites surgidas de una dictadura. Una operación cuya planificación requería de mucha inteligencia pero cuya ejecución de lo que necesitaba era de astucia; la misma habilidad que tiene el trilero para hacer creer al pardillo que bajo los vasos aguarda la solución a sus problemas en forma de bolita.

El proceso lo diseñaron en las oficinas de alguno de los múltiples departamentos de la cosa que existían entre Estados Unidos y Berlín Occidental. Lo adaptó al español Fernández Miranda, a quien se recuerda tan de puntillas como a los cienes de muertos que conllevó la Transición, y como a cualquier otro detalle que introduzca visos de realidad en su narrativa. Pero Fernández Miranda era feo, pagado de sí mismo, franquista y desagradable; desde el principio hacía falta un pícaro simpático que ejecutara el truco ante los viandantes. Ese papel se lo asignó a Suárez.

Había tensiones. De un lado estaban los que tenían el poder económico, militar y político y de otro estaba la oposición, que venía con fuerza suficiente como para organizar sindicatos y partidos incluso bajo las tormentas de palos periódicas e impunes de la dictadura. La continuidad total del Régimen —que se intentó con Arias— se reveló imposible. Su desguace total también. La ruptura, tan razonable de cara a un sistema democrático mínimamente sano, hubiera desembocado en un estallido de irracionalidad policial y militar en el que las fuerzas de oposición llevaban todas las de perder.

Suárez se plantó frente a unos y otros, desplegó su mesa de camping e hizo una pregunta de gran trascendencia política: ¿Dónde está la bolita?

La bolita, por supuesto, se quedaba entre sus dedos antes de empezar a mover los vasos. Tan atada y bien atada como la impunidad de la jerarquía franquista y su patrimonio. Como la jefatura del estado hereditaria de Franco en la persona de Juan Carlos, símbolo y candado de la pervivencia de su régimen.

El gran hito de Suárez —la disolución de las Cortes Franquistas fue cosa de Torcuato—, la legalización del Partido Comunista, es la muestra más clara de esa astucia que ahora hacen pasar por política de altos vuelos. El Régimen necesitaba de la legitimidad del Partido Comunista para que su cambio de piel fuera reconocido dentro y fuera de nuestras fronteras. Pero tampoco estaba dispuesto a consentir su legalidad si no se comprometía antes a acatar todos y cada uno de los nudos del atado y bien atado, y a contener la combatividad de los trabajadores y la disidencia en las calles. Mientras, en la trastienda, se tramaba una ley electoral que volvía imposible el triunfo de los comunistas. Carrillo se fue tan contento; el resto de su vida lo pasó asegurando que había dado a la primera con la bolita.

Bomberos toreros.

Luego diréis que los políticos no cumplen sus promesas electorales.

La Transición fue un enjuague de diversos pícaros negociando aquellas parcelas de poder que el poder real, la oligarquía franquista, se avino a ceder con tal de seguir siendo tranquilamente poder real. Un enjuague que, a poco que lo repase uno de forma meramente cronológica, se muestra en todo su esplendor, y que por eso hubo que traducir en la fábula donde los herederos de asesinos fascistas se convierten en reyes buenos, los trileros en políticos de talla mayor, y la derrota de la oposición democrática en victoria absoluta. Una fábula que ha llegado a instalarse en el sentido común gracias a su repetición por parte del poder y a su difusión ininterrumpida y acrítica a través de sus tentáculos mediáticos.

Era lo esperable: no iban a ser los pícaros de la dictadura y sus compinches los que os enseñaran cómo funcionaba el truco. Ese papel sólo podían representarlo los derrotados, los que vinieron reclamando una democracia construida desde cero y acabaron tragando con la continuidad de un régimen ilegítimo.

Aceptemos que no podían hacer más en aquel lugar y aquel momento, pero lo extraño, lo más increíble es cómo las fuerzas de oposición han llegado a falsificar su papel en el cuento. Como, en lugar de repetir una y otra vez que obraron de la manera que obraron porque lo contrario era dar un puntapié a la mesa del pícaro y que fuera lo que Alá quisiera, se han unido a los vencedores en la absurda pretensión de que el juego del trilero cumple con lo que promete y que, a poco que sea uno hábil, puede hacer muchos dineros apostando en él.

Quizá no desde el principio. Quizá ni siquiera a lo largo de toda la década de los ochenta. Pero en algún momento sí. En algún momento deberían haber empezado a poner en duda la veracidad de la fábula. Y con ella, la legitimidad de un sistema democrático heredado de una dictadura, y construido entre los límites impuestos por la oligarquía franquista y su ejército de un lado, y las potencias extranjeras y sus intereses de otro. Un sistema democrático desarrollado a salto de mata en condiciones de excepcionalidad que, trasmutado en mejor de los sistemas posibles, no ha hecho más que prolongar dicha excepcionalidad de los setenta hasta hoy.

Si los políticos de aquella oposición antifranquista hubieran sido inteligentes, hace tiempo que se hubieran descolgado de una versión oficial que saben que sólo comparte con lo que sucedió los nombres de los personajes. Pero dichos políticos tampoco han resultado ser, para vuestra desgracia, demasiado inteligentes. Eran y son, eso sí, bastante astutos.

 

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