Debate sobre el estado de la enajenación.

Cinco días después de finiquitado el debate todavía colea la pregunta en las tertulias y en las páginas de los diarios: ¿Quién ha salido vencedor? ¿Rubalcaba o Rajoy? ¿Rajoy o Rubalcaba?

Aquí un vecino de Rajoy preguntándole al presidente dónde vive.

Aquí un vecino de Rajoy preguntándole al presidente dónde vive.

Los más prestigiosos creadores de opinión se devanan los sesos en encontrar argumentos que justifiquen la victoria de quien su amo había elegido vencedor de antemano. Un espectáculo paraolímpico que trata de soslayar el resultado más evidente de tan esperada competición pugilístico-política: que el debate no le interesa absolutamente a nadie; que los españoles, entre sus muchas preocupaciones, han llegado a ignorar por completo el teatrillo del y tú más, conscientes de que todo cuanto sucede en el escenario de sus señorías es sólo una patraña.

El debate parlamentario se ha convertido en una suerte de Pressing Catch. El público sabe que los golpes son de mentira y espera, todo lo más, alguna salida de tono por parte de los grupos minoritarios o alguna pirueta divertida de los mayoritarios.

Aquí un parlamentario de la oposición estrujando una lata de una conocida marca de refrescos para ver si le sacan en televisión.

Aquí un parlamentario de la oposición estrujando una lata de una conocida marca de refrescos para ver si le sacan en televisión.

Por eso resulta aún más patético escuchar a sus retransmisores, tratando de hacernos creer que las hostias son de verdad y que el dorado del cinturón de campeón —que, por supuesto, deciden ellos— es oro auténtico. Una extraña distorsión donde la mente percibe a dos ricachones hipócritas y fofos fingiendo un combate en ring, mientras escucha a los locutores vibrar con la misma emoción que si estuvieran ante una pelea a muerte entre dos gladiadores romanos.

Se cuenta que, al contemplar las primeras algaradas de la revolución, María Antonieta quiso saber qué le pasaba al pueblo que andaba tan alborotado. Es que les falta el pan, le informó alguien. ¡Pues que coman pastelitos!, respondió la reina, tan estupefacta como finge estar Marhuenda cada vez que alguien se atreve a poner en duda sus delirios partidistas.

La anécdota, sin duda apócrifa, hizo fortuna porque simboliza a la perfección la brecha abierta entre los reyes franceses y sus súbditos. Parecido, creo yo, al show de dos hombres trajeados que peroran indefinidamente sobre el por qué el pueblo está tan revuelto, mientras aquellos que, se supone, están ahí para informar y contribuir a formar una visión nítida de la realidad, repiten: Comed pastelitos.

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