Aborto y Parlamento.

El presidente del congreso, Jesús Posada, cerró el show marcándose una imitación de gobernador civil de Franco que causó furor entre los de su cuerda. Un último gag para cerrar una tarde repleta de actuaciones, como la que se resolvió por 151 votos a favor y 183 en contra este martes.

Es que no aborta quien quiere sino quien puede.

Es que no aborta quien quiere sino quien puede.

Se aparentaba votar, a instancias del PSOE, en contra de la admisión a trámite del Anteproyecto de reforma de la ley del aborto firmado por Gallardón. Y se hacía en secreto porque, como explicó Elena Valenciano, se apelaba a la conciencia individual de los parlamentarios del Partido Popular, especialmente de los que tuvieran órganos reproductivos femeninos.

Y digo se aparentaba porque el verdadero sentido del pasatiempo era otro: promocionar a la candidata del Partido Socialista, no recuerdo si para el Europarlamento o para el Euromillón.

Como la política de ambos partidos defiende la jubilación en el consejo de administración de las eléctricas, las reformas laborales rodillo contra el trabajador, la subvención y el todo gratis eclesiástico, la genufelación absoluta a las trapacerías del Cazador de Elefantes y familia, y la vía libre a la oligarquía para que haga a o deje de hacer lo que le convenga, tienen que publicitar al máximo sus puntos de diferencia.

Uno de ellos, tal vez el único, es el de que el PP quiere mandaros a abortar a Marruecos o a Portugal y el PSOE prefiere que abortéis en el ambulatorio de al lado de casa. A él se aferran los socialistas cual yonquis a la última papelina. Mayormente porque no tienen otro; incapaces de ofrecer ninguna alternativa en lo económico —que determina lo político—, ni cambios sustanciales en la administración, el sistema electoral, la forma de gobierno y la organización estatal, las únicas proposiciones en las que pueden distinguirse transcurren en el resbaladizo terreno de lo moral.

En este teatrillo, el Partido Popular no tenía más opción que votar como lo hizo. En primer lugar porque sus parlamentarios están a favor de reformar la ley, aunque no sea en el sentido de Gallardón. En segundo porque, como bien resumió Celia Villalobos, no iban a darle al PSOE el gusto de escenificar su división tan cerca de las europeas, con la excusa de la reforma de una ley que no tiene ni fecha para empezar a tramitarse.

La pantomima, eso sí, tuvo éxito: las tertulias y las redes sociales se incendiaron con opiniones a favor y en contra, como lleva sucediendo, a días alternos, durante los casi dos meses desde que Rajoy dio luz verde al proyecto que llevaba dos años dormitando en mismo cajón que Gallardón.

En aquel momento sospechamos que Mariano pretendía recuperar a los votantes de lo que intramuros del partido se conoce como Macizo de la Raza; esos que no pasan factura por el desastre político, económico, o la corrupción, pero se ponen hechos un basilisco cuando alguien pone en duda la unidad de España, su carácter sagrado, y su derecho inalienable a que los etarras terminen de cumplir condena después de muertos. Recuperarlos y, ya de paso, extender una cortina de humo sobre asuntos como el número de parados, el de pobres y el de Bárcenas.

Socialismo o Barbarie.

Socialismo o Barbarie.

Lo que no sospechábamos es que la argucia beneficiaría también a los socialistas. Tanto da que no exista fecha para comenzar a tramitar el anteproyecto. O que este termine siendo más que previsiblemente limado en sus puntos más polémicos. O que lo más probable es que ni siquiera llegue a ponerse en funcionamiento antes del fin de la legislatura. A escasos meses de las europeas, el PSOE ha dado con uno de los pocos aspectos donde el la misma mierda es no se aplica, y que puede defender con un orgullo rotundo y legítimo en contraposición a las medias verdades y las absolutas mentiras con las que defiende todo lo demás.

El bipartidismo, que parecía haber sucumbido a causa de la desaparición por asimilación de una de sus patas, vuelve a jugar en el terreno que siempre le resultó propicio: el del espectáculo vacío, la discusión de mentirijillas, la política bluff o el bluff de la política.

Y a fe que funciona: ahí os tienen a todos, discutiendo sobre el aborto, cabonizando vuestras fuerzas en la encendida defensa del derecho de la mujer o del derecho a la vida, cuando el gag no trata ni remotamente de eso.

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