El titiritero titiriteado.

Si, como dijo aquel, en un mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso, en lo tocante a España, lo falso es un momento de lo aún más falso.

Pedazo de periódico, oíga. Deberían hacerle un monumento a su director.

Pedazo de periódico, oíga. Deberían hacerle un monumento a su director.

Prueba de ello es la sucesión de loas mortuorias que se están produciendo con motivo de la defenestración de Pedro J. Ramírez al frente de El Mundo, y que glosan a ese charlatán con tirantes como periodista de raza, irreductible frente al poder, y desvelador de alguna de las exclusivas que han hecho temblar los cimientos de España desde los ochenta hasta hoy. Lo que vienen a ser un montón de medias verdades deducidas a partir de una falsedad.

Como cualquier otra leyenda de las que conforman este país, la del periodismo independiente parte de la Transición, mentira fundacional que acoge todas las otras.

Ya habréis leído en los periódicos que la prensa resultó determinante para la caída del Régimen franquista y la llegada de la democracia, lo cual trasmite una idea bastante nítida del carácter de esa prensa, puesto que aquí el Régimen no cayó sino que fluyó naturalmente hacia otra cosa. A ese movimiento se vieron atraídos los medios de comunicación, que fueron franquistas hasta que faltó Franco, estuvieron con Arias Navarro hasta que lo finiquitó el rey, y marcharon con paso alegre junto a Suárez hasta que sus accionistas vieron que convenía poner algunos huevos a incubar en la cesta del PSOE. Es decir: la prensa nacional siempre ha sido del Régimen. De este, del anterior, y de su interregno.

Como todos los que participaron en aquel juego comenzaron por vender sus principios y acabaron vendiendo hasta a sus madres, el método para transformar el chanchullo en mito consistió en retocar y embellecer el total de la foto: la banda de políticos chaqueteros y mediocres se alió con la de periodistas chaqueteros y mediocres para inventar ese cuento de los míticos hombres de Estado a la altura de los intrépidos e insobornables periodistas que los fiscalizaban en el quiosco cada mañana.

Llevarse a bien con las altas esferas, los soplos, los adelantos exclusivos y, por encima de todo, los millones a fondo perdido de la publicidad institucional y la compra de ejemplares a mansalva en organismos públicos, configuran un cuarto poder cuya independencia se mide en que ni un sólo medio nacional puede sobrevivir sin colaboración directa o disimulada del partido en el gobierno.

En esta fábula aterrizó el charlatán con tirantes, cuyo ego dislocado le lleva a considerarse la reencarnación íbera de esos Bernstein y Woodward que se llevaron por delante al presidente Nixon con el Watergate. El equivalente, para entendernos, a plantar un eucalipto en el medio del desierto y que este eucalipto, forzosamente escuálido, se considere a sí mismo como el árbol más hermoso de la tierra.

El periodismo de investigación de Pedro J. siempre se basó en el dossier bajo manga, el chivatazo del resentido, la invención y el plagio. Su independencia, todo lo más, consistió en atacar de forma sensacionalista y tramposa a alguna de las facciones en el poder a cambio de mantenerse servil con las otras. Sólo hay que repasar el descabellado tratamiento que hizo su periódico con respecto a los atentados del 11M con tal lavar la cara de cemento de sus aliados dentro del PP, para comprobar cuál es su noción de la verdad y la independencia periodística.

Es este el liberal que en la última reunión de los editores de prensa lloriqueaba porque el gobierno no daba ayudas al sector; igual que es el patriota y compañero periodista que se apunta a cualquier recorte de salarios y derechos de los trabajadores, mientras pacta finiquitos de 20 millones de euros en diarios cuya dirección ha llevado al Expediente de Regulación de Empleo constante y la ruína. Una farsa como periodista y como persona que sólo puede ser tomado en serio en un contexto de farsa general.

Amigos para siempre.

Amigos para siempre.

Pedro J ha caído víctima de su confusión con respecto a su propio tamaño y de su mala elección en la estrategia de juego. Considerando evidente la incapacidad de Rajoy tras su derrota en las elecciones de 2008, se enfangó en la aparentemente sencilla tarea de hacer caer a Mariano y aupar al liderazgo del PP a alguno de los dinosaurios supervivientes del periodo aznarita. No contó con que Zetaparo aprovecharía la crisis para lapidarse él solo, ni con que la mediocridad de Mariano no equivalía a su falta de afán por mantenerse con uñas y dientes en el poder, ni a su sobrada capacidad para albergar rencor.

Al grupo italiano propietario de El Mundo le interesan muy poco la independencia periodística y el resto de monsergas con las que suele darnos la chapa el charlatán con tirantes. Lo que le interesa es solucionar el agujero económico en que consiste su periódico. Y sabe —o le han hecho saber— que la solución sólo vendrá de la mano del gobierno de España, sus arcas y sus anunciantes afines. Como sabe —o le han hecho saber— que ese gobierno lo dirige alguien a quien Pedro J. no supo calibrar como enemigo. Alguien que, a estas horas, debe estar frotándose las manos mientras repite mentalmente: “Pedro J., calvorota”.

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