El circo de Mariano.

Quien creyera que la política de Rajoy sólo arroja resultados en lo macro, básicamente en lo de macroarruinar a las clases medias y populares, andaba errado: Mariano tiene capacidad de sobra para arrasar también lo micro, empezando por su propia casa.

Nuestro presidente ha conseguido lo que nadie había conseguido desde que un puñado de ministros franquistas inauguraran el PP: que a su partido le brote una escisión por la diestra.

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Aquellos maravillosos años.

El merito de los populares consistía en agrupar bajo su manto sobreprotector al vasto imperio del centro y la derecha. Meapilas y agnósticos, conservadores y ultraliberales, monarquicos y republicanos, demócristianos y partidarios de una dictadura militar, se confundían en el mismo puré que originalmente se reunió bajo el mando del Caudillo, se desbarató tras su muerte, y se volvió a juntar durante la larga travesía en el desierto del felipismo, periodo en el que sus múltiples tendencias fueron asimilando que ninguna se bastaba por sí sola para arañar el poder, y dieron lugar a una suerte de Frente Popular inverso y sin fisuras.

El centro-derecha político, social y mediático se parapeteó tras el logotipo común de la gaviota, pajarraco cuyo rumbo no siempre satisfacía las aspiraciones de todos, pero sí era capaz de manetener el equilibrio de familias, cediendo parcelas de poder a unos y a otros, y de servir de muro ante su máximo terror: tirarse otros quince años sin tocar poder.

El inimitable liderazgo de Rajoy ha conseguido algo que parecía imposible: decepcionarlos a todos simultáneamente. A los moderados, con la ley del aborto. A los liberales y su base electoral de autónomos y pequeños empresarios, con la asfixia impositiva. A los que cifran toda su ideología política en un apasionado ¡España!, por su reacción blanda ante el separatismo catalán y la presencia de ETA en las instituciones. A las víctimas del terrorismo con su digo Diego donde dije digo y su mutis por el foro. A los que percibían a los populares como un bastión de la honradez frente a la mano larga de los socialistas, con su continúo espectáculo de corrupción salpimentada con cobardía. Y a la mayoría silenciosa, la inmensa masa apolítica de voto al contrario porque los de ahora lo hacen mal, con la degradación diaria de sus condiciones de vida.

Un partido que tiene que sujetar sus propias siglas, no es un partido de fiar.

Un partido que tiene que sujetar sus propias siglas, no es un partido de fiar.

A la fundación de Vox, ha seguido el cambio de chaqueta de Vidal Quadras, la negativa de Mayor Oreja a presentarse a las europeas, y el desprecio de Aznar al congreso de un partido que ya no reconoce como suyo. Por no hablar de la rebelión de algunos barones ante el anteproyecto de ley del aborto.

Siendo justos, tampoco se puede atribuir todo el mérito a Rajoy. Menos que un líder político, Mariano es el chico de los cafés de unos señores llamados tenedores de la deuda —en el sentido de sostén y de herramienta para el canibalismo—. Como Zapatero antes que él, Rajoy no puede ejercer al mismo tiempo como garante de una ideología y del pago de una deuda. Su programa electoral era un engaño porque el program electoral real venía escrito de antemano. Y a ese programa —que es el que realmente se está imponiendo— no lo hubiera votado absolutamente nadie.

Los desertores del voto del PP harían bien en revisar si los programas de sus nuevas opciones —Vox, pero también UPyD y Movimiento Ciudadano— contienen algún punto que aluda a las condiciones que impondrán en su relación con los tales tenedores de la deuda. Tremendas y muy necesarias políticas como la supresión de las autonomías o la erradicación del Tribunal Constitucional podrían verse eclipsadas por el seguidismo servil a las decisiones de unos señores que seguirá sin elegir nadie.

Los enemigos de España, los separatistas y la izquierda de toda laya, harían mejor en dejar de frotarse las manos ante la atomización del partido que aglutina el mayor número de afiliados de España: si el porcentaje numérico lo requiere, las alianzas estratégicas de unos y otros se antojan más que previsibles. Si algo han demostrado estos pajarracos —con mención especial a don Alejo, Mayor Oreja y el propio Aznar— es que los principios siempre pueden desplazarse un escalón más abajo cuando se trata de tocar poder o disfrutar de un cargo bien remunerado.

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