Flashback corrupto: el caso Matesa.

Los ancianos y los dementes suelen recordar que, en tiempos de Franco, no existía la corrupción. Esta afirmación es exacta: la legitimidad del Régimen provenía de una victoria militar y el Generalísimo, hombre de milicia, comprendía esa motivación que ha guiado al estamento guerrero desde que el mundo es mundo: la obtención de botín. España entera devino botín de guerra para el bando vencedor que, aún robando a manos llenas, no hacía más que recoger lo que le pertenecía legítimamente.

Cuando a alguno se le iba la mano, o hacía saltar las alarmas de una fracción de la jaula de grillos juanistas, juancarlistas, carlistas, alfonsinos, conservadores, opusinos, democristianos y falangistas que se disputaban la hegemonía dentro de las familias del Régimen, el asunto llegaba al Consejo de Ministros y se dirimían responsabilidades, normalmente sobre la cabeza de algún subalterno, sin que el españolito de a pie llegara a enterarse de nada. Al menos hasta el verano de 1969, cuando saltó a las páginas de los diarios el escándalo de Maquinaría Textil del Norte de España o Matesa.

Empresario modelo español pensando en el próximo negocio.

Empresario modelo pensando en el próximo negocio.

Al frente del negocio estaba un individuo, Juan Vilá Reyes, que era homenajeado en la tele como empresario modelo, y que presidía el Español RCD. Había patentado el telar IWER que, según decía el gachó, causaba furor nada menos que en la Fería de Ohio. Entre 1956, fecha de su fundación, y 1968, la empresa había ampliado capital desde 2 a 809 millones de pesetas. Un desarrollo meteórico para los parámetros del sector; más si se tiene en cuenta que Matesa saltó a la exportación a gran escala sin pasar primero por el mercado nacional, donde sus telares eran desconocidos.

Había contado, eso sí, con algún apoyo estatal. Entonces existían los créditos a la exportación, que sobre el papel eran una forma de apoyar a los emprendedores españoles con necesidades que sobrepasaban la finaciación privada, y en la práctica eran una manera de subvencionar a los amiguetes.

Don Juan, oh, causualidad, estaba muy vinculado al Opus, organización a la que también pertenecían los ministros de Hacienda y Comercio, y el gobernador del Banco de España. Al empresario modelo le habían caído en créditos unos diez mil millones de pesetas. Hasta el punto de que 90 de cada 100 pesetas de las que se prestaron en la segunda mitad de los 60 fue a parar a Matesa. Hasta el punto de obtener créditos en base al anticipo de créditos de los que aún no disponía, y de subvencionar la exportación por encima del ritmo de producción posible. Hasta el punto de recibir créditos extras una vez superado el límite legal mediante la intervención directa del Ministro de Hacienda.

Gobernador del Banco de España modelo pensando en el próximo negocio.

Gobernador del Banco de España modelo pensando en el próximo negocio.

Lo mismo no hubiera pasado nada si los créditos a la exportación se hubieran recuperado por la vía de las ventas, pero pronto empezaron a saltar las voces de alarma. Se habló de empresas instrumentales de la propia Matesa que adquirían las máquinas desde el extranjero. Se habló de números de telares que multiplicaban por varios ceros las posibilidades reales del país al que se dirigían. Se habló de cajas con piezas de máquinas que eran arrojadas al mar y de cargamentos enteros que aguardaban, sin comprador, en consignas dentro y fuera de España. Se habló de incremento en los precios, falsificación de facturas y permisos y fraude de todo tipo. No obstante, los créditos siguieron fluyendo. Aún después de que el propio Vilá Reyes reconociera ante el Ministro de Comercio perdidas superiores a 2500 millones. Aún después de que el escándalo saltara a la prensa.

El 23 de julio de 1969, el Director General de Aduanas denunció a Matesa ante el Tribunal de Delitos Monetarios y, por primera vez desde 1939, los españoles vieron como los diarios publicaban un caso de corrupción. El asunto, como todos, debía lavarse en casa, es decir: en el Consejo de Ministros. Pero Fraga, a la sazón Ministro de Información y Turismo, sufrió un arrebato de decencia patriótica y consideró que debían dirimirse responsabilidades. Casualmente, el asunto afectaba sólo a los tecnócratas del Opus, que habían ido cobrando cada vez más poder en el seno del Régimen y cuyo promocionado, don Juan Carlos, acababa de ser designado sucesor de Franco frente al de Falange, don Alfonso de Borbón. Los ministros de raigambre falangista, los azules, vieron la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro: escarmentar a un señorito que pretendía su parte del botín sin haber ganado guerra alguna, y desplazar del poder a sus enemigos mortales, los tecnócratas.

Ministro de Información y Turismo ejemplar pensando en el próximo negocio.

Ministro de Información y Turismo modelo pensando en el próximo negocio.

Así, de la mano de Fraga, la prensa del Régimen se vio autorizada para arremeter a todo meter contra aquel caso de corrupción, y los españoles asistieron estupefactos a las acusaciones cruzadas entre las distintas familias, que hasta entonces se presentaban en sociedad como un todo monolítico. Don Juan Vilá, detenido el mismo día de la denuncia y amenazado con verse privado de todo su patrimonio, envío una misiva a Carrero Blanco donde aseguraba estar en posesión de un dossier secreto sobre evasión de capitales que pringaba a las más altas instancias y personalidades del Régimen. No tardó en recibir respuesta del Generalísimo en forma de indulto. El mismo indulto que obtuvieron los ministros de Turismo y Hacienda y el gobernador del Banco de España. De hecho, en uno de esos prodigios sobrehumanos al que nos tenía acostumbrados, el Caudillo firmó el indulto antes de que se dictara sentencia.

No obstante, la vía judicial siguió su camino y don Juan volvió a ser encarcelado por nuevos delitos… Cosa que solucionó Su Majestad Don Juan Carlos concediéndole un nuevo indulto.

El asunto acarreó al contribuyente un agujero que, al cambio, ronda los 25,2 millones de euros —un buen pico si tomamos de referencia los 70 euros/mes que ganaba entonces un profesor—. Se especuló con que gran parte del dinero había ido a parar a manos del Opus, cosa que la Obra, faltaría más, sigue negando a día de hoy.

Aunque provocó una crisis de gobierno y el cese de los tecnócratas implicados, el ala falangista no acabó obteniendo la victoria que esperaba: Franco expulsó también al cabezón de Fraga y al jeta de Solís, causantes del traslado del escándalo a la opinión pública, y los opusinos salieron reforzados en el nuevo gabinete.

Líbreme diosito de establecer un paralelismo con un sistema partitocrático cuyos ministros y cargos públicos dependen del dedazo del líder del partido. O de afirmar que aquella maraña de poderes financieros y políticos que, amparándose unos a otros, saqueaban el estado en pos de su beneficio personal, si acababan en la cárcel era por oscuras maniobras de unas facciones del poder contra otras, y eran indultados en menos de lo que se tarda en decir: ¡espósele!, recuerda, en su funcionamiento exacto, a la maraña de poderes financieros y políticos que sufrimos hoy. No es que quiera hacer ver, ni mucho menos, que aquello y esto eran la misma hedionda cloaca.

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