Mi primer artículo constitucional.

¿A vosotros no se os escapa la risa cuando escucháis la palabra Constitución? Yo en su día la maldije mucho, pero luego fui dándome cuenta de que —como todo en este régimen— no era más que el enésimo camelo para haceros creer que vivíais en democracia.

Pista sobre la naturaleza del Régimen democrático incluida en los primeros ejemplares de la Constitución.

Pista sobre la naturaleza del Régimen democrático incluida en los primeros ejemplares de la Constitución.

La Constitución sirve para blandirla como Biblia ante el hereje o porra contra el manifestante. Pero, como suele suceder en estos casos, tiene menos importancia el carácter del objeto que quién lo esgrime: un sacerdote supone la existencia de un poder previo del mismo modo que lo supone un guardia. Ambos blandirán lo que más convenga, libro sagrado o porra, para sostener ese poder.

Dentro de la televisión y de la radio, llevamos días escuchando y viendo politertulios rasgarse las vestiduras y desgarrarse las cuerdas vocales por el pretendido referéndum de autodeterminación de Catalunya; referéndum que no puede ser y además es imposible porque atenta contra el artículo 2º del Preámbulo de la Constitución, que asegura que la misma Constitución se fundamenta en la indisolubilidad de la Nación española.

Declarar constitucionalmente la indisolubilidad de un territorio, presupone que ese territorio tienda por sí mismo a disolverse. Necesita de una argamasa que lo mantenga unido. Y esa argamasa la encontramos en el artículo 8, donde dice que las Fuerzas Armadas son las que garantizan el ¡quieto todo el mundo! dentro de los límites del territorio. Cosa nada extraña si tenemos en cuenta que la redacción de dicho artículo se la debemos a las propias Fuerzas Armadas.

Señores como este, aseguran la existencia de vuestro régimen de libertades y derechos.

Señores como este, aseguran la existencia de vuestro régimen de libertades y derechos.

Desde una perspectiva actual, puede creerse que el ejército de un estado moderno obedece al gobierno, que es el representante de la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. Pero la verdad es que el artículo 8 es calculadamente ambiguo respecto a los límites de esa obediencia. Un gobierno que permitiera, por poner un ejemplo al azar, la celebración de un referéndum como el catalán, estaría poniendo en peligro la unidad territorial en la que se basa la propia Constitución y, por lo tanto, dando permiso al ejército a defenderla contra él.

Esto podría y puede ocurrir porque el Estado español no es un estado moderno, al menos, no en ese sentido de similar a los países de nuestro entorno que llevan toda la vida empeñándose en haceros creer. En la Europa moderna no tienen por costumbre permitir que los ejércitos redacten artículos constitucionales que les permitan, de facto, colocarse por encima de los poderes democráticos. Y esto se debe a que, mientras la Europa moderna se alzó sobre las cenizas del fascismo, aquí el fascismo se alzó sobre las vuestras.

Esta naturaleza postfranquista del estado determinó los límites que se podían alcanzar en la Constitución. Os taladran la cabeza con el sacrosanto consenso, pero se cuidan mucho de no recordaros con qué fuerzas contaba cada una de las partes en la negociación: unos tenían el control del estado, las finanzas y las fuerzas armadas. Otros contaban con las masas en la calle. Masas que, aún siendo menos despreciables que las de hoy, tenían poco y nada que hacer de haberse dado el conflicto en lugar del consenso.

Aún tuvisteis suerte porque el texto constitucional casi se lo guisan y se lo comen los franquistas ligh de UCD y los franquistas duros de Alianza Popular. Fue gracias a las intrigas de un intrigante como Alfonso Guerra, que se colaron en su redacción las izquierdas de broma, y consiguieron negociar —en reservados de restaurante y casas particulares— ese pastiche de texto cuyo obligado cumplimiento depende de quien esgrima bien la Biblia o bien la porra.

Luego votasteis, claro. Con la cultura política que sólo pueden proporcionar cuarenta años de dictadura de un Caudillo que no se metía en política, los medios del Régimen vendiendo a todas horas el último modelo de Constitución como el nuevo Jauja, y el pánico cerval a que a los concomitones del dictador les diera por volver a no meterse en política, acudisteis a las urnas como borregos.

Ya va más allá del 60% el número de españoles en edad de votar que no participó en aquella engañifa, pero tienen razón los tertupolíticos que, ante ese argumento, os responden que la Constitución de EEUU no la votó absolutamente ningún estadounidense vivo y ahí sigue. El argumento para abolir la Constitución no radica en su antigüedad, sino en la excepcionalidad del momento en que se aprobó; momento que, gracias a ella, se perpetúa y convierte a España en un estado de excepción permanente, donde el ejército puede que sí puede que no tome las armas, caso de que la voluntad política expresada en las urnas atente contra el artículo 2 de un preámbulo.

Ese encargado de Planta de El Corte Inglés que gobierna Catalunya acaba de proporcionaros, seguro que sin pretenderlo, una pequeña grieta con la que echar abajo todo el edificio: el de la sacrosanta unidad de España, la sacrosanta monarquía, y las sacrosantas ventajas eclesiásticas que las oligarquías de entonces propusieron o dejaron proponer con tal de seguir perpetuándose. Cualquier demócrata, desde los ultraliberales de verdad a los marxistas de pega, aprovecharía el golpe de los catalanes para continuar abriendo la grieta, pero mucho nos tememos que no será así. Tanto a izquierda como a derecha, os cerraréis en banda con los politertulios de la tele y esgrimiréis la Constitución a modo de Biblia o de porra; no en vano esos siguen siendo los fundamentos, a día de hoy, de vuestra cultura política.

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