Los nazis y nosotros.

Hitler era un señor con bigote. Yo también. Además de esa, nos unen otras semejanzas como la de que ambos fuimos fascistas. Hitler se dio de baja por deceso. Yo me borré en el momento que, ya mayor, me detuve a pensar unas milésimas de segundo.

Aquí Serrano Suñer, paseando con Himmler sin darse cuenta de que era fascista.

Aquí Serrano Suñer, paseando con Himmler sin darse cuenta de que era fascista.

Ahora os dicen que España no formaba parte del fascismo. Como si la División Azul fuera un grupo excursionista y toda la parafernalia nazi, atrezzo de una película que nos dedicábamos a rodar constantemente.

Cierto que Franco no tenía más ideología que el “ordeno y mando”, pero no es menos cierto que esta encajaba como un guante en el fascismo. El Movimiento, que era aquel engendro en el que militaban desde los carlistas de la boina hasta los conservadores del plomo, se agrupó en el partido único fascista, Falange. Serrano Suñer, que muy original no era, calcó las leyes del estado español de las de la Italia de Mussolini. Y Franco, recién ungido Caudillo, se flipó con la idea de anexionarse Marruecos, proyecto imperial y racial de raigambre netamente fascista.

Eso que os cuentan de que nos salvó de entrar en la 2ª Guerra Mundial es otra trola. Si existieron contradicciones en el seno del Régimen, fue porque los ingleses se dedicaron a sobornar al generalato, y porque Hitler pretendía utilizar el espacio peninsular sin ofrecer nada a cambio, pero el Caudillo acabó firmando que garantizaba el apoyo de España a los alemanes, cuyas victorias celebrábamos igual que las de la selección española en el Mundial de Sudáfrica.

No fue hasta que los malditos comunistas hicieron morder el polvo al del bigote que el Caudillo, que un rato astuto sí era, comenzó a virar sus favores hacia los americanos y los ingleses, a quienes hasta la víspera maldijimos por su sistema político degenerado, por arrebatarnos Cuba y Gibraltar, y por oponerse a la necesaria desinfección a la que Hitler sometía a Europa.

hitler y franco

Montaje fotográfico que sitúa al Caudillo junto a un personaje con el que nunca tuvo la menor relación humana ni política.

Ahora los señores como Marhuenda aseguran que quien tacha al Régimen de Franco de fascista es un ignorante que no sabe de historia. La historia cambia constantemente, pero en el presente de 1945 nos negaron la entrada en la Organización de Naciones Unidas por una condición que aún exhibíamos con orgullo: la de fascistas. Igual que, en esa jerigonza que hablan los extranjeros, la dictadura de don Francisco no se adjetiva con nuestro cariñoso y castizo franquista, sino con el más universal y calificativo fascista.

Tanto éramos fascistas que guiábamos la economía por los principios autárquicos, método con el que conseguimos, en cosa de quince años, arrastrar a la nación desde la ruina a la quiebra total.

Por suerte para nosotros, el mundo había cambiado de enemigo. Derrotados los nazis, regresaron al primer puesto del mal los mismos que lo ocupaban antes: los comunistas. Y ahí, mira tú por donde, por nuestra misma naturaleza fascista, los españoles podíamos revindicarnos como los más anticomunistas de Europa. Valor espiritual que, si os digo la verdad, influyó menos que otros factores, como que la puta URSS fuera un territorio enorme al que no convenía, como había demostrado Hitler y Napoleón antes que él, tratar de invadir por tierra. En el mapamundi geoestratégico que manejaban los Estados Unidos, resultábamos ser el mejor paisucho para hacer escala y repostar bombas y combustibles cuando los rusos y los americanos entraran en guerra, cosa que entonces se daba por segura.

A Franco lo había puesto Dios, pero los americanos se conducían por el nefando sistema de la democracia, y su mandamás se debía a la aceptación de una opinión pública infantiloide, a la que convino endulzar el hecho de que su país colaborara con una dictadura de la misma naturaleza a la que habían combatido en la 2ª Guerra Mundial.

El Generalísimo se mantuvo incólume en su ideología, el ordeno y mando, pero no tuvo más remedio que maquillarla para cumplir las mínimas exigencias occidentales, y relegó los tics y las figuras fascistas a un segundo plano.

Para entonces, la violencia y la represión se habían ejercido tanto y con tanta intensidad que, prácticamente, no quedaba contra quien ejercerlas. El fascismo fue desplazado del eje de la propaganda, una vez los españoles lo habían interiorizado como única realidad.

Es la parte que los señores del tipo Marhuenda olvidan mencionar cuando hablan del régimen de Franco. Tal vez porque así, cuando insisten en que fue indeseable pero que salvó a España y trajo mucho desarrollo, no les puedan acusar de estar cometiendo un delito de apología del fascismo.

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