El PP, un partido moderno, eterno y crápula ye-ye (y V).

(Viene de I, II, III y IV)

En los capítulos anteriores vimos cómo el Régimen sobrevivió a Franco, pero que el partido que lo conservaba en formol tuvo que esperar más de una veintena de años para regresar al poder por culpa de la desconfianza injustificada del pueblo español hacia unas derechas de origen fascista.

5.SETENTA Y CUATRO AÑOS DE GRAN VICTORIA.

Si detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer, detrás de un gran presidente hay siempre un gran grupo de comunicación. Hasta el punto de que, a menudo, no se sabe qué va primero, si los huevos del gran presidente, o la panda de gallinas apesebradas que lo titulan como tal.

Cuando Aznar llegó al poder, reinaba en régimen de cuasi monopolio un grupo forjado a golpe de filtración ministerial, préstamos a fondo perdido, leyes a medida y estafa continuada al contribuyente: PRISA.

Paladines de la prensa libre.

Paladines de la prensa libre.

Aquel conglomerado radiofónico, editorial, cinematográfico y televisivo, apesebraba a todos los intelectuales orgánicos y titiriteros de la progrez. En comandita con los medios estatales, llevaba ensalzando las glorias del Felipismo y ocultando sus vergüenzas prácticamente desde tiempos de Naranjito, como se encargaban de recalcarnos día sí y día también nuestros amigos Aznar, Federico y Pedro J., que estaban deseando que cayera Felipe para instaurar la libertad de prensa.

Ni que decir tiene que estos demócratas de tirantes rojigualdas entendían la libertad de prensa de esa manera tan española que es el quítate tú para ponerme yo.

A semejanza de todos sus predecesores, Aznar se apropió de la televisión pública y la convirtió en un aparato de propaganda al servicio de su partido. Igual que promovió avales, prestamos, publicidad institucional y licencias a los medios de comunicación de la banda derecha. Así, mientras las caras conocidas del Partido Popular actuaban públicamente desde una moderación casi socialdemócrata, sus paniaguados oficiales u oficiosos podían desempolvar tranquilamente los apuntes de la Universidad Parda.

Los Dávila, Losantos, Moa y César Vidal se vieron propulsados a los púlpitos y los

Ética y estética.

Ética y estética.

talones bancarios que la progrez dominante les negó, dispuestos a llevar a cabo una misión titánica: proporcionar al derechista española una narrativa con la que hacer frente a la que esa misma progrez llevaba imponiendo desde que estaba en el poder.

Tampoco es que se mataran, si os digo la verdad: se limitaron a copiar y pegar la obra de los antiguos falsificadores y propagandistas del Régimen —comenzando por el abuelo de Aznar y acabando en Ricardo de la Cierva—, y acoplarla al discurso electoral que les abonaba la nómina. Ese que rezaba y reza que el PSOE, junto con los separatistas, tienen la culpa de todos los males de España, tanto en la actualidad como a lo largo de toda su historia.

El viento les iba a favor: a vuestra tradicional estupidez y vuestra falta de apego a saber, se sumaba el hecho de que a los pocos demócratas que no exterminamos en la guerra y la posguerra, los que tenían conocimiento directo de los hechos, se los había llevado o estaba en trance de llevárselos la Parca. La inmensa mayoría de los españoles habían crecido educados con los materiales de la editorial El Caudillo S.A. Y las nuevas generaciones, por su parte, abrevaban en el discurso del consenso transicional y abrazaban el turbocapitalismo ignorando, por viejuno, todo lo anterior.

Era, ya os digo, la actualización de la misma excusa que nos inventamos para masacraros y apropiarnos del país. Viene a resumirse en que la República era un sistema muy loco, dominado por exaltados y radicales y teledirigido desde Moscú. Allí se violaban iglesias y se prendía fuego a las monjitas, mientras la derecha hacía acopio de toda su moderación y su resignación cristiana, confiando en que las urnas pusieran las cosas en su sitio. Pero el poco tiempo que ocuparon el poder esas derechas sirvió nomás para que los partidos de izquierda se radicalizaran. De tal manera que, cuando volvieron al gobierno en el 36, estaba más que claro que se proponían integrarse en la URSS, poner de presidente a Stalin, y asesinar a todos los españoles de buen corazón. Fue ante este peligro que Franco se vio obligado a actuar. Con todo el dolor de su corazón. Por las monjitas.

Si ya en su día hay quien se tragó aquella conspiración y no había ni un solo miembro del PSOE o el PCE en el gobierno del Frente Popular, imaginad ahora, que vuestros conocimientos sobre la época basculan entre la nada y la falsificación.

Para no entreteneros, se corría un tupido velo sobre el genocidio de las posguerra, el hambre, la miseria y la germanofilia, y se saltaba directamente a la paz social, las películas de Alfredo Landa y José Luis López Vázquez, y el recto camino hacia el turbocapitalismo que ya en los sesenta utilizábamos para justificar nuestra eternización en el mando.

De hecho, la única aportación a nuestra propaganda de estos simpáticos caraduras, consistió en un argumento tan descabellado que sólo el sentido común de un español lo admitiría como válido: el de que la guerra civil no comenzó en el 36 sino en el 34, cuando los obreros, liderados por el malvado PSOE, dieron un golpe de estado en forma de huelga, ante la entrada en el gobierno de las derechas moderadas que integraban la CEDA, y los catalanes, siempre tan traidores, declararon su independencia. Desde ese momento, quedó roto el orden constitucional hasta que Franco, el pobre, vino a restituirlo.

Fijaos que después de que el ejército africano masacrara a los participantes en aquella huelga y la Generalitat de Cataluña diera marcha atrás, todavía nos tiramos casi un par de años saliendo a pasear todas las tardes sin darnos cuenta de que estábamos en guerra. Y hasta celebrábamos elecciones cuyos resultados firmaban los mismos dirigentes de la CEDA —aunque, moderados y demócratas ellos, sondeando al mismo tiempo a las milicias para derrocar al gobierno surgido de ellas—.

En resumen, Franco no se alzó para acabar con la democracia sino para restituirla. Y aunque se le olvidó convocar elecciones durante casi cuarenta años, no se podía negar que dejó listo el país tanto para la democracia, como para convertirse en uno de los reactores principales del turbocapitalismo. Y, oíga, que peor hubiera sido que ganara la guerra Stalin.

Una vez este argumentario ha calado en una amplia mayoría de la población, la nueva generación de tiburones del PP puede reivindicar al mismo tiempo su semejanza con las modernas derechas neoliberales y esgrimir, como en papel de calco, los principios inamovibles del Movimiento: la unidad de España, el catolicismo a ultranza, y la predica de las desigualdades sociales como obra de Dios y la naturaleza.

Puede asumir, sin complejos, que el franquismo no estuvo bien, porque fue una dictadura y todas las dictaduras son malas, como esas de Allende, Chávez, Kim Jong o Fidel Castro que defienden los socialistas; pero que lo que tampoco se puede dejar de valorar es que el franquismo trajo paz y prosperidad y que, oiga, mire lo que acabó ocurriendo en aquellos países donde venció Stalin.

La pura rotación y traslación del planeta ha ido expulsando del partido a quienes tuvieron vinculación directa con el franquismo, y aunque los nuevos rostros del PP provengan de las mismas casas, las mismas escuelas y las mismas sectas, no se puede afirmar a la ligera que pertenezcan a la ultraderecha. Su ideología consiste más en medrar en el seno de este régimen, tal como la de sus padres y abuelos fue la de medrar en el anterior.

"Las consecuencias de la República llevaron a un millón de muertos". Le faltó añadir que con el golpe de estado resucitamos a dos.

Rafael Hernando: “Las consecuencias de la República llevaron a un millón de muertos”. Le faltó añadir que con el golpe de estado resucitamos a dos.

Si no se muestran excesivamente duros con aquellos que sí reivindican abiertamente las formas y el fondo del fascismo se debe a que, a ver, también hay extremistas de ultraizquierda y catalanes que queman banderas de España y no condenan el estalinismo ni los muertos de ETA.

Les falta añadir, aunque se sobreentiende, que mientras sigan existiendo todos aquellos tampoco conviene que dejen de existir los otros: no vayan a llegar algún día al poder y la España oligárquica, católica y subyugada a la monarquía hereditaria de Franco vuelva a verse en peligro, como en el 36. Entonces habría que contar con aliados, y más vale mantener en la reserva a aquellos a quienes sus padres y sus abuelos acudieron entonces.

Los guerracivilistas rojos ya sabéis como son: cualquier día intentan arrebatarte en las urnas lo que ganaste limpiamente en la guerra.

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