El PP, un partido moderno, eterno y crápula ye-ye (IV).

(Primera, Segunda y Tercera Parte.)

Decíamos ayer que, con la alternancia en el poder, se culminó el proceso mediante el que franquistas con cojones de cemento acordaron el reparto del botín de guerra con la parte de la oposición que demostró tener los huevos del mismo material, mientras vosotros estabais a verlas venir, que era para lo que os habíamos adiestrado.

 4. EL NUEVO HOMBRE DE ATAPUERCA.

Fraga, que era tan inteligente como para tomar por halago la burla de González de que el Estado le calzaba en la cabeza, tardó casi una decena de años en caer en la cuenta de que el principal obstáculo para el triunfo electoral de su partido era él, que requería subtítulos al hablar, y parecía estar culminando una involución entre el hombre y el reptil.

La derecha española atravesó un largo periodo de qué buen vasallo si tuviera buen señor, hasta que dio con el que acabaría siendo su líder más carismático desde Gil Robles: Don José María Aznar de Castilla y López de España.

Vosotros os reíais

Vosotros os reíais.

Provenía el muchacho, cómo no, de familia de rancio abolengo franquista. Cuando su bigote era apenas pelusilla, se apuntó al sindicato que acabaría siendo Falange Independiente. Reivindicaba el espíritu de José Antonio y la vuelta a los orígenes del falangismo, que era la tontunada entre idealista y mítica con la que los que manejábamos el cotarro pescábamos a los cerebros a medio hacer.

Luego rectificó su ideología y, allá por el 79, se afilió a Alianza Popular. Es decir: abominó de los principios sociales de Falange como de una aventura adolescente, se tragó a Juan Carlos en el trono, y se apuntó al partido que más votos obtenían de entre los que reivindicaban abiertamente al Generalísimo.

Aznar tuvo bastante tiempo para que su bigote se poblara y su rostro se fuera endureciendo pues, fruto de su inteligencia sobrenatural, el cabezón confiaba más su delfinazgo a exnazis que acabarían siendo comunistas, como Vestrynge, a empollones que repugnan a cualquier noble habitante de los campos de Albacete, como Gallardón, o a personajes que parecen venir con un filtro marrón de serie, como Hernández Mancha.

El viraje ideológico de don José María se fue completando con una variada cultura de recomendaciones de la sección de libros más vendidos del Carrefour —Federico García Lorca por aquí, Camilo José Cela por allá—, y sus horizontes ideológicos con aquella cosas del neoliberalismo y los señores Reagan y Tatcher que conectaban a las mil maravillas con la que siempre ha sido la esencia del fascismo: el estado como instrumento corporativo de los grandes capitales, promotor y conservador de la estructura de campeones y desgraciados que brota espontáneamente en la sociedad, despojado cada vez más de sus funciones redistributivas, y reforzado, también cada vez más, en sus funciones de represión y defensa.

En España, por sus particulares condiciones climáticas, hay que añadirle su ración de catolicismo a expuertas del parvulario a la tumba, que para algo somos la Reserva Espiritual de Occidente.

Aznar consiguió algo que Fraga jamás podría lograr: se reivindicó a sí mismo como heredero de un proyecto de la derecha moderna, con la mirada más vuelta a los siempre triunfadores aires de Estados Unidos e Inglaterra, que hacía un pasado que pasado, pasado está.

Se había sustituido el muy fascista y bíblico Alianza por el muy neutro y futbolístico Partido, y Aznar se presentó en sociedad reivindicando a Azaña, que en el imaginario del palurdo derechista es el monstruo que ruge en el subsuelo cuando el demonio te lleva a pensar en la República, pero que en realidad era un señorito que hablaba muy bien y que opinaba que a los catalanes convenía bombardearlos una vez cada cincuenta años. Es decir: alguien de quien el derechista sin principios puede servirse para resultar poco sospechoso a ojos del palurdo progre, a diferencia de los Largos Caballero, Prietos, Negrines, Garcia Oliveres y Pasionarias que, como todo el mundo sabe, no eran más que terroristas a sueldo de Moscú.

Aquello descolocó a la banda del crimen que era por entonces el gobierno socialista. Años y años de control absoluto de los medios y de promoción de intelectuales afines, habían servido para implantaros en la cabeza la asociación automática entre izquierda moderada con modernidad y civilización, y derecha española con toques de corneta, cinturones de castidad, golpes de regla en la yema de los dedos y estufas de carbón, todo ello viejuno y muy poco turbocapitalista.

Barrionuevo, Losantos y Aznar

Barrionuevo, Federico y un inquietante señor con bigote.

Acostumbrados a que Fraga respondiera ¡Arriba España! cada vez que se nombraba en su presencia a Franco, los socialistas se vieron sorprendidos por aquel muchacho que se atrevía a reivindicar abiertamente la amistad de su abuelo con don Manuel Azaña, exhibiendo como prueba la aparición de este en sus Diarios, y excluyendo —total, tampoco los ibais a leer— que las dos veces que le cita es para llamarle fascista.

De matute, se reivindicaban también aquellas derechas democráticas de la República, se obviaba el tropiezo de que se agruparan, todas ellas, bajo el palio protector de Franco, y se las volvía hacer aparecer en los años finales del Régimen, trabajando por democratizar el sistema desde dentro y, simultáneamente, al mando de esa modernización que asombró al mundo. Esas derechas cuyos apellidos, mira tú por donde, figuraban entre los figurones que iban figurando en las listas del Partido Popular. El mismo Suárez que les había robado la merienda podía ser tranquilamente enterrado bajo un puente de plata. El Partido Popular se apropiaba de su herencia junto con las derechas civilizadas de la República y la de Alianza Popular, sin entretenerse mucho a recordar qué había ocurrido ni antes, ni después, ni entretanto.

El bigotes, mientras con una mano reivindicaba a Azaña, con la otra fue atrayendo a los puestos de responsabilidad a los hijos y nietos de los que le habrían fusilado. Cosa natural si se tiene en cuenta que, salvo en las autonomías separatistas, no existía históricamente más derecha que la que se alistaría voluntaria a tal pelotón de fusilamiento.

Cualquiera que haya visto la evolución posterior del personaje, culminando con su adhesión a la teoría de que la guerra civil comenzó en el 34, se dará cuenta de que su azañismo no era más que la estrategia electorera y la engañifa de la que nos advertían 24/7 los intelectuales orgánicos del PRISOE. El bigotes, teorizaban estos jetas, en cuanto pille poder vuelve a reivindicar a la misma piara golpista en la que medraron su padre y su abuelo.

El escueto triunfo electoral en las elecciones del 93, el mismo que le obligó a hablar catalán en la intimidad, hizo perseverar al poco flamante presidente en la moderación ideológica y el perpetuo correr un tupido velo sobre el pasado, y le convenció que la población española aún seguía percibiendo a la derecha como lo que era: la heredera política de la minoría previlegiada que no dudó en volverse nazi en cuanto un gobierno democrático se atrevió a arañar sus privilegios.

Aznar, claro, poco podía hacer por alterar los acontecimientos históricos. Pero lo que sí tenía en su mano, con todas las estructuras estatales a su servicio, era cambiar la percepción que se tenía de esos acontecimientos históricos desde el presente, tarea a la que se lanzó sin dilación y de la que trataremos en el próximo y último capítulo de esta saga popular e infame.

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