El PP, un partido moderno, eterno y crápula ye ye (III).

(Viene de la Primera y la Segunda parte)

En el capítulo anterior vimos como donde no caben la honestidad, el sentido común o la democracia siempre caben un buen par de cojones, el uno franquista y el otro opositor, para que todo siga igual pero creáis que cambia.

3.UNPUEBLOESUNPUEBLOESUNPUEBLOES.

El que no haga la ola, se puede ir preparando...

El que no esté haciendo la ola, se puede ir preparando…

El encargo de Suárez terminaba tras disolver las últimas Cortes del Régimen y convocar elecciones, dejando en manos de Alianza Popular la representación electoral del franquismo, ahora que el sistema estaba a salvo en lo fundamental.

Pero el chisgarabís le cogió el gusto al mando, capitalizó en su persona el prestigio de una misión en la que fue poco más que títere, aprovechó una televisión y un entramado mediático completamente a su servicio, y montó una coalición de todas las ultracentroizquierdasderechascristianascontinuorupturistas, la Unión de Centro Democrático, que dividió el voto del franquismo sociológico, y privó a Alianza Popular de la herencia que le correspondía por derecho —derecho, se entiende, de conquista—.

Esta agrupación imprevista de jugadores suplentes del Régimen —en el más amplio sentido de la palabra imprevista y de la palabra suplente— pilló a contrapié a la coalición de primeras espadas del Caudillo, que tuvo que adquirir el Maletín Margaret Astor para políticos de centro, y pasó del “la calle es mía” y el combatir el marxismo de sus primeros manifiestos a presentar en sociedad al Stalin de Paracuellos, infame episodio de nuestra Historia que, ignoro por qué, siempre me viene a la cabeza con risas enlatadas de fondo.

La definición de centro, por otra parte, tampoco es inexacta: todos los candidatos de AP habían ministrado en gobiernos que basculaban entre la extrema derecha y la derecha extrema, y ahora permanecían inmóviles a mitad del aquel balanceo, congelados en ese rictus donde no se sabía si levantaban el brazo por adhesión al Caudillo o por saludar a un paisano.

El bueno de Arias anunciando la victoria del Generalísimo en el Festival de Eurovisión. O espera...

El bueno de Arias anunciando la victoria del Generalísimo en el Festival de Eurovisión. O espera…

Para que os hagáis una idea, presentaron al Senado a Arias Navarro, ex presidente del gobierno, ex alcalde de Madrid, ex Director General de Seguridad, ex Gobernador Civil de varios frentes y ex fiscal de Málaga, donde se ganó el sobrenombre de “Carnicerito” por su abnegada y eficiente labor en el exterminio de rojos. Por aquí tenéis las cifras, pero como sé que no sois de mucho indagar, basta con que imaginéis los méritos que había que hacer para ganarse tal apodo, en una época donde el que más y el que menos se empleaba a fondo en las labores de casquería.

Con tales céntricos mimbres, Fraga pudo hacer tanto para alcanzar al partido recomendado por el Heredero del Caudillo, como las momias del PCE contra la maquinaria del Felipe González S.A. financiada al alimón por la socialdemocracia alemana y la CIA —que tanto monta, monta tanto—, y se despeñó en las elecciones.

Tal como le sucedió al rufián de Eurocarrillo, el cabezón terminó naufragando entre la fidelidad a los principios que demandaba su electorado, y una práctica donde primaban todas las formas conocidas de oportunismo.

Total que el rebaño español acabó decantándose por el que más salía en la tele, que creo que llevaba en su programa poner un Corte Inglés en cada capital de provincia.

El destino lógico de aquella Alianza Popular de franquistas parecía el de hundirse una vez que el Centro Democrático de los otros franquistas les ganó la partida, pero la aventura de Suárez fue breve y accidentada: el temperamento voluble del figura, su intención de acaparar simultáneamente la derecha de AP y la izquierda del PSOE, y su absurda creencia de que podía ejercer el gobierno desde la presidencia del gobierno, le llevó a enemistarse con los militares, las fuerzas y cuerpos de seguridad, el rey y los americanos, lo que provocó su desguace personal y el desmenbramiento de la UCD, cuyos caciques derivaron, en un goteo lento pero constante, hacia el partido de ministros del Régimen que, mal que bien, mantenía a flote Fraga.

Menuda panda de subnormales.

Así se las ponían a Fernando VII.

Mientras tanto, ascendió al poder Felipe González, un espabilado muchacho que, tras comenzar su carrera política convenciendo a los servicios secretos de Franco y de la CIA de su capacidad para arruinar el voto comunista, poca dificultad iba a tener para llevarse de calle al encefalograma plano medio del ciudadano español, que le otorgó la mayoría absoluta para que culminara las labores que el Régimen llevaba imponiéndose, prácticamente, desde que las calificaciones de los bonos del tesoro del Banco Nacioanalsocialista fueron reducidas a basura por las agencias aliadas de raiting: formar parte de Occidente, la OTAN, el Mercado Común y el turbocapitalismo.

Se dice que el triunfo electoral del PSOE puso el broche final al proceso de transición y es cierto: os habían vuelto ya tan imbéciles que elegíais continuar con la dictadura vosotros solitos, colaborando sin chistar en sus planes a largo plazo, sustituyendo a los fantoches del Partido Único por los de la Única Partitocracia, y genufelaccionando al Rey que Franco designó para dirigir exactamente esa jugada.

Y por si las moscas, no fuera que aquel clan de arribistas acabara por tomarse en serio la etiqueta de socialista y obrero que sus ingenuos militantes lucían en la gorra, les dejamos a los futuros gobernantes el recadito del 23F. Ya lo dijo el poeta: hay fuerzas sobre el parlamento que el parlamento no entiende. Y lo que más suele convenir al parlamento es dejarlas hacer.

El mítico y mitológico pueblo español, que en otros momentos respondió a una provocación semejante de la militarada haciéndole frente con las armas en la mano, demostró aquella noche el éxito de la cirugía cerebral al que le había sometido el doctor Franco, y permaneció temblando en su madriguera, rezando para que un alguien abstracto, un Caudillo Redentor, le quitara de encima aquel marrón.

La Transición había terminado: todos, franquistas y oposición democrática, podíamos exhibir tranquilamente los mismos huevos de cemento para prolongar, unidad de destino en lo universal, la herencia colosal del Caudillo y repartírnosla como buenos amigos.

Continuará…

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