El PP, un partido moderno, eterno y crápula ye ye (II).

(Viene de aquí.)

Decíamos ayer que quienes movíamos los hilos en el Régimen franquista nos propusimos pasar intactos a la etapa siguiente, empleando las mismas herramientas que nos habían propulsado hasta donde estábamos: nuestros santísimos cojones.

2. TRILERISMO DE CAMISA AZUL… Y ROJA.

Hablamos del 74, el 75 y el 76, años que nos pasamos entre conciábulos de cara a definir la futura coalición que, más que seguro, se haría con el timón de la patria . Os podéis hacer una idea de cómo era aquello: que sí Franco me quiere más a mí, que si yo maté más rojos que tú, que si yo me llevo mejor con los americanos, que si a ver si me va a dar por sacar los tanques a la calle, que si ¡a mí los requetes! y, en fin: la típica competición de cojonazos con mucho sonsonete de monedas de fondo.

Jurado los Principios Fundamentales del Movimiento pero pensando, fundamentalmente, en la democracia.

Jurado los Principios Fundamentales del Movimiento pero pensando,  fundamentalmente,  en la democracia.

Por allí anduvimos todos, incluyendo a servidor y a un chavalote que por entonces presidía la Unión Del Pueblo Español, y se dedicaba a repartir octavillas alabando el fascismo y a dar loas a Franco: Adolfo Suárez.

Mi participación no llegó a cuajar porque por entonces era más partidario de reeditar la Cruzada de Salvación Nacional, volver a limpiar el país de rojos, y seguir repartiéndonos el botín sin tanto conciábulo y tanta zarandaja, pero de allí surgiría una federación de 7 partidos dirigidos por 7 ministros franquistas como 7 soles y encabezada, cosas del diámetro craneal, por Fraga.

Alianza Popular se bautizó a aquel engendro cuyo nombre es ya una declaración de principios: Alianza por criptobíblico y por fascista, y Popular porque pretendía echarse al coleto los votos de ese “franquismo sociológico” que aún a día de hoy sigue siendo la ideología predominante entre el pueblo español.

Lo explica mejor Velo de Antelo, que sí llegó a formar parte del asunto:

“Alianza Popular no surgió por la simple decisión de unos políticos franquistas, ministros de Franco, que, en su día, optaron por crear diversas asociaciones políticas dentro del Movimiento Nacional, y posteriormente federadas, un partido político, sino por algo mucho más trascendental. Se trataba de asumir la nueva situación política creada a la muerte de Franco y, por consiguiente, de la necesidad de crear varias asociaciones políticas, pronto partidos políticos, que aliados, pudieran competir contra los partidos de izquierda y de la derecha rupturita, en las elecciones generales que lógicamente tendrían que convocarse.”

Y lo remató el mismo Fraga en su discurso de apertura del primer congreso de AP:

“AP es una fuerza política que se niega a aceptar la voladura de la obra gigantesca de los últimos cuarenta años y que con razón quieren otros ahora venir a administrar sus éxitos, los mayores de nuestra historia económica-social”.

(Léase entre aplausos y gritos de ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!).

Lo cual no quiere decir que fueran hombres de palabra. Ni que las cosas acabaran saliendo exactamente como planificaron.

Formar parte del llamado “franquismo sociológico” tampoco equivale necesariamente a ser un fascista ni a considerarse uno de derechas. La inmensa mayoría del pueblo español de entonces era como la de hoy: apolítica. Es decir: no era ni de izquierdas ni de derechas, pero optaba por ese tipo de gobernante que proporciona dos comidas diarias, un ambulatorio donde caerte muerto, y un aeropuerto o tren de alta velocidad que enseñar a las visitas. Cualquier forma de gobierno que no requiera mayor implicación ni responsabilidad que, como mucho, ir a echar un sobre en la papelera electoral cada cierto tiempo. Es decir: la inmensa mayoría del pueblo español era de derechas pero tan sumamente ignorante que no se daba cuenta. Exactamente igual que ahora.

Celebrando los últimos fusilamientos de Franco pero pensando, fundamentalmente, en la democracia.

Celebrando los últimos fusilamientos de Franco pero pensando, fundamentalmente, en la democracia.

Si os fijáis, lo que hicimos tras colocar la losa sobre el cadáver de Franco fue seguir a pies juntillas con el plan original de aquel 12 de Febrero, dejando al presidente del gobierno que ÉL designó, y coronando en la Jefatura del Estado a quien ÉL ordenó. A los pocos meses, planeábamos convocar elecciones a las que se presentarían las asociaciones autorizadas por el Movimiento —que incluirían, por qué no, a formaciones socialdemócratas no marxistas—, y aquí paz y después gloria otros cuarenta años o más.

Pero vino a ocurrir que, aprovechando el interín, comenzaron a asolar de nuevo España las fuerzas de la disolución: los sindicatos, la izquierda soviética y los nacionalistas.

Ni que decir tiene que la mayoría silenciosa, siempre tan sensata, estaba totalmente a favor de nuestra manera de gestionar el chanchullo. Pero a los disolutos ya los conocéis: son ruidosos, visten sin estilo, huelen mal, y siempre dan con el judío o el masón degenerado que les hace llegar fondos a través de Moscú.

Desde el Ministerio de la Gobernación, Fraga hizo lo posible por controlar la plaga a mandobles antes de que su infección causara estragos en la bendita mayoría silenciosa. Pero a nuestros socios comerciales en el extranjero aquella forma de proceder les causaba entre desconfianza y pavor y hubo que improvisar: don Juan Carlos, con los superpoderes heredados del Caudillo, provocó la dimisión de Arias, y puso al frente del gobierno al chico ese de las octavillas y las loas a Franco: Suárez.

A él correspondió, bajo la batuta del Sucesor de Franco, al que a su vez susurraba el plan completo Torcuato Fernández Miranda —a quien se lo transmitían, vía morse telepático, los americanos—, realizar el truco que el Régimen necesitaba para sobrevivir: hacer ¡chas!, y convertirse en democracia manteniendo exactas sus estructuras y sus bienes hereditarios.

La jugada de Suárez consistió en dar cabida a algunas reivindicaciones de la oposición siempre que no cuestionaran los principios sagrados. A saber: la unidad de España, su condición católica, y la legitimidad de aquellos que habían medrado durante el Régimen para seguir medrando en democracia. Es decir: el mismo plan que teníamos desde el principio pero dejando que alguna mano más entrara en el reparto.

Servidor, hecho un chaval.

Servidor, hecho un chaval.

En honor a la verdad, debo decir que en aquel momento no comprendí del todo la jugada y hasta estaba dispuesto a volver a tomar las armas. Era joven e impulsivo. Por suerte, los servicios secretos vinieron a hacerme ver que todos íbamos en el mismo barco, y que nos convenía remar en la misma dirección. Manejaban —supongo que igual que ahora— un archivo conocido como Jano. En él almacenaban dossieres de la vida pública y privada de quienes eran o estaban llamados a ser los diez mil españoles más influyentes.

Claro: como los vencedores de la guerra concebíamos el país como nuestro cortijo, el que más y el que menos había confundido lo público y lo privado, el tráfico de influencias con la política, y la mujer del vecino con su propia señora. A mí en concreto, me amenazaron con airear y quien sabe si juzgar ciertas tropelías urbanísticas y dinerarias que ya comenté aquí. Asi se gestó eso que en los documentales llaman, con gran pompa, el Hara Kiri de las Cortés Franquistas.

Hubo procuradores, eso sí, a los que no pudieron chantajear con trapos sucios. A esos les pagaron viajes al Caribe.

Todo este proceso, a simple vista repugnante para cualquier político con algo parecido a unos principios, conllevaba un riesgo: que no tragara con él la oposición.

Si bien este riesgo era relativo: el PSOE llevaba haciendo méritos desde que promulgamos la ley de asociaciones, y tanto le daba dejar de ser marxista que aliarse con los servicios secretos de Franco y con la CIA, con tal de que se le dejara participar en el reparto.

Peligroso líder comunista.

Peligroso líder comunista.

El escollo real era el PCE, por entonces referente mayoritario de los titiriteros de la izquierda. Pero una vez el PSOE pasó por ventanilla de la legalización franquista y entró al negociado, los comunistas se vieron en la disyuntiva de aceptar su parte o seguir en la ilegalidad.

Carrillo, dirigente de una organización cuyos militantes habían sufrido tortura, cárcel y matarile en el intento de derribar la dictadura, respondió besando la bandera y diciendo pelillos a la mar sobre todos y cada uno de los Principios Fundamentales del Movimiento.

Huevos de cemento, ya os digo. Y hermosos como milagros de la Virgen.

Continuará…

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