El fascismo que viene.

Hay días en que uno despierta medio atontolinado de la siesta y se cree que ha vuelto al 36. En la televisión desfilan curas fascistas, manifestantes fascistas, alcaldes fascistas y un calvo fascista que llama a la lucha armada ante la secesión de Catalunya. El propósito informativo es amedrentar: poner a la mayoría silenciosa ante fantasmas que creía en el olvido.

¿A qué parece la hostia de gracioso?

¿A que parece la hostia de gracioso?

Es lo que tiene no conocer la Historia más que a través de las películas, que identificáis un movimiento político y social por sus símbolos externos de paramilitares brutos y mesías enloquecidos tipo Hitler, y perdéis la perspectiva de por qué viene a suceder lo que sucede.

Al contrario de lo que se suele creer, el fascismo es una ideología más novedosa que la socialdemocracia de pega y la conservadora de verdad que alternan en los gobiernos occidentales. Surgió en oposición a ellas y surgió, precisamente, por su fracaso a la hora de gestionar situaciones de turbulencia económica y social.

Los socialdemócratas, que llegaron al parlamento de la mano de cruentísimas luchas bajo la promesa de actuar en beneficio del pueblo trabajador, traicionaron sus principios en cuanto pillaron poltrona y coche oficial, en un ciclo que seguro que le suena a más de uno. En el colmo del cinismo, enviaron a los obreros a despedazarse entre sí en la 1ª Guerra Mundial, a beneficio de los grandes industriales y financieros, lo cual llevó a la escisión entre quienes pensaban que se podía derrotar a la burguesía en las urnas y quienes sostenían que la única vía era la revolución.

Hay que tener en cuenta que estos últimos se vieron propulsados por el triunfo de la revolución rusa, cuyos artífices, los bolcheviques, estaban convencidos de que la única manera en que los trabajadores podían aspirar a ser algo en la vida, era cercenar desde la base ese poder que siempre permanece por encima de los partidos, sean socialdemócratas o conservadores: el sistema económico que santifica la propiedad privada.

Así que la democracia parlamentaria naufraga, los trabajadores se decepcionan con los socialistas de pega y la izquierda radical se envalentona: ese fue, es y será el caldo de cultivo del que surgió, surge y surgirá el engendro fascista, que de la revolución toma la violencia, y del conservadurismo, la división natural de los humanos en señores y siervos.

Los conservadores, claro, aplaudieron a mansalva: habían dado con la réplica a las fuerzas de choque izquierdistas que amenazaban sus privilegios. Quizá resulta más llamativo que la gente del común, ese borrón al que ayer llamábamos pueblo y hoy ciudadanía, se apuntara también. O quizá no: pensad en los tenderos y pequeños propietarios de tierras, acongojados por el se acabó de la propiedad y la confiscación de recursos que entraña la revolución obrera. Sumarlo a todos aquellos de PSOE y PP la misma mierda es que, sin conocer más que de oídas la ideología de unos y de otros, no esperan nada ni a izquierda ni a derecha. Y añadir a la chavalada sin presente ni futuro siempre tan dispuesta a encauzar su frustración a través de la violencia tribal.

¡Ale, se terminó el problema del paro!

¡Ale! ¡Se terminó el problema del paro!

Por aquello de que no os va leer libros muy gordos, resulta que es más fácil convenceros de que la culpa del paro la tienen los moros que la relación entre fuerza de trabajo y su coste con respecto a la tasa de ganancia. Como encima de ignorantes sois ilusos, es más sencillo que os traguéis la papilla alucinógena de tiempos pretéritos, donde Patria y Honor eran grandes valores y no la misma engañifa que conocéis ahora, que reflexionar sobre las relaciones de poder que operan en la configuración social del país. No es que haya superespeculadores traficando con todo lo que os pertenece, no: es que hay vagos y maleantes que viven del cuento y se aprovechan de las ayudas públicas. No es que habitéis una mierda de país del que cualquier territorio querría emanciparse, ni que se ha construido a través de reinos y gobiernos ejerciendo sobre otros el derecho de conquista, qué va: es que los catalanes son unos avaros que quieren arruinar España.

¿Veis, polluelos? El fascismo siempre tiene una respuesta fácil para problemas que de otra manera requerirían leer libros muy gordos. Tampoco requiere de mucha responsabilidad personal: para eso está el Caudillo, que resuelve con mano dura cualquier desorden.

Tu detergente y cada día el de más gente.

Tu detergente y cada día el de más gente.

Todo son ventajas, especialmente para los que, como vosotros, no se meten en política, ni son maricones, rojos, extranjeros, catalanes, de otro color, o sospechosos de serlo. Vuestras vidas de mierda siguen siendo vidas de mierda, sí, pero al menos tenéis permiso para ensañaros con los que os pintan como culpables.

Ya lo dice el socialdemócrata Almunia: los inmigrantes son un peligro para Europa. Los financieros que os han arruinado jugando a una ruleta demente, esos no, esos son un bien a preservar. Los que mantienen en la miseria armada a los lugares de los que proceden los inmigrantes, esos tampoco.

Almunia es consciente de que, para que llegarais a daros cuenta de cómo se cuece el asunto, tendrías que leer libros muy gordos y hasta contar con periodistas y comisarios europeos independientes, por eso os suelta que la culpa es de los inmigrantes y sigue cobrando.

Y así, como quien no quiere la cosa, echa otro ingrediente al caldero que sube de temperatura a la misma velocidad que la farsa política que hace comisarios a señores como Almunia se hace pedazos; ese plato único que ya andan removiendo los curas, manifestantes, alcaldes y calvos fascistas; el que fue es y será el menú completo que reservan las clases dominantes cuando ven peligrar la merienda: el ultramoderno y siempre renovado fascismo, que carece de la apariencia democrática de sus primas las lentejas; este lo tragas sin chistar o lo tragas por la fuerza.

Ya llega.

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