Juan Alberto Belloch, un alcalde socialista.

Hay tardes que uno se despierta medio atontolinado de la siesta y se cree que ha vuelto al 36. En la Basílica de Nuestra Señora del Pilar meten un zambombazo que es reivindicado al instante por un grupo de anarquistas que lleva por nombre “Comando Insurreccional Mateo Morral“.

Ya no se celebran bodas como las de antes...

Ya no se celebran bodas reales como las de antes…

Los vencedores de la guerra cargamos mucho las tintas contra los comunistas y los marxistas en general, porque eran una multinacional del Mal, les subvencionaba Moscú y ganábamos puntos ante los Estados Unidos. Pero lo cierto es que, aquí en las Españas, proliferaban sobre todo los anarquistas. Había más anarquistas que comunistas y socialistas juntos. Tantos anarquistas, que su acudir o no a las urnas determinaba la victoria o la derrota de los partidos de los otros en aquella tontunada de República.

Entonces, eso sí, eran más inteligentes que ahora: organizaban sus sindicatos, sus ateneos, sus escuelas, sus cooperativas y sus librerías, e iban construyendo, poco a poco, un contrapoder hostil al Estado y solidario entre sí, capaz de hacer frente a cualquier gobierno, cualquier patronal y cualquier ejército al que le diera por alzarse en África. Gente recta de cojones, hay que reconocerlo. Abrazaban el ideal de la anarquía casi con la misma pasión con la que Jesucristo cargaba con su cruz. Ya os haréis cargo de que hubo que exterminarlos a todos por el bien… —espera, que se me escapa la risa—… de España.

A juzgar por sus comunicados, los anarquistas de hoy alcanzan a manejar cuatro vagos eslóganes antimonárquicos, anticlericales y antifascistas. Tan simplones, tan de tebeo, tan poco relacionados con la realidad social, que parecen una parodia. De hecho, cualquier ultraderechista o cualquier policía con mala baba podría leerse por encima el primer resultado que arroja el google cuando escribes la A rodeada de un círculo, copiarles, colocar una bomba casera, y meter miedo a la bendita mayoría silenciosa agitando el espantajo de los anarquistas. Claro: ¿No ves que los anarquistas no respetan nada? Son capaces de cualquier cosa.

El caso es que, cuando uno ya está limpiando las armas para volver a emprenderla contra los muchachos del gorro rojinegro, aparece en pantalla el alcalde de Zaragoza, un señor que se llama Belloch y que pertenece al PSOE.

Si en lugar de reivindicar a Mateo Morral, le ataran bufandas alrededor de la barriga a Rodríguez Galindo como hace Belloch, demostrarían un nivel mental y psiquiátrico propio de nuestra democracia.

Si en lugar de reivindicar a Mateo Morral, le ataran bufandas alrededor de la barriga a Rodríguez Galindo como hace Belloch, demostrarían el nivel mental y psiquiátrico propio de nuestra democracia.

Para nuestra tranquilidad, el alcalde expresa su decidida condena a los anarquistas-terroristas. Y abunda en que este carácter les viene ya de mote porque un grupo que reivindica al señor que le lanzó un ramo de flores con relleno de bombas al abuelito del rey, demuestra “su nivel mental y yo creo incluso que siquiátrico”. A diferencia, lo digo para que tengáis con qué comparar, de un alcalde que pone calle a don José María Escrivá de Balaguer, o que ha condecorado con la Cruz del Mérito Policial al torturador general Rodríguez Galindo, condenado por secuestrar, asesinar y enterrar en cal viva a Lasa y Zabala sin utilizar una mala flor.

También dice que la Virgen del Pilar es un referente, pero eso, si os digo la verdad, no sé qué coño puede significar.

Confieso que me sorprende: estos del PSOE, en mis tiempos, a quien ponían calle era a Mateo Morral. Concretamente, la que antes se llamaba y hoy se llama Calle Mayor en Madrid, lugar donde el Mateu —que ese era su nombre, pues no sólo era anarquista sino encima catalán— perpetró su atentado. Calle que desemboca, atentos a la humorada, casi en las mismas barbas del Palacio Real.

Por aquel entonces, se había dictado orden de busca y captura contra el ciudadano Alfonso de Borbón -antes XIII-, que en sus tiempos reales fue bon vivant y putero, estafó y saqueó al país, envío miles de desharrapados a morir a Marruecos para defender sus intereses empresariales, fue pionero en utilizar armas químicas contra población civil y, para rematarlo, amparó un golpe militar que se cagaba en la Constitución cuyo juramento le hacía Jefe del Estado. Cualquier español entre el vientre y la tumba estaba obligado a  hacerle preso si se le ocurría asomar por aquí su jeta de subnormal.

Si os digo la verdad, ni los falangistas hubiéramos afeado el ajusticiamiento de rata criminal semejante, pero no deja de ser revitalizador comprobar en qué lado de la barricada se encuentra hoy un partido que se llama a sí mismo Socialista y Obrero: junto a la nobleza golpista y rapiñera, y frente a los elementos más corajudos y cargados de razón de la clase trabajadora.

No sé si atada y bien atada, pero engañada y bien engañada sí dejó el Caudillo a España. Uno puede volver a dejar las armas en su sitio y regresar a la tranquilidad de su sillón orejero: entre socialistas más de derechas que la Virgen del Pilar y anarquistas tan absurdos que parecen policías, uno vuelve a quedarse transpuesto con la absoluta seguridad de que la España que terminamos de conquistar en el 39 sigue siendo nuestra.

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