¡Adelante, imbéciles!

Que venga, que venga el tiempo.

Que venga, que venga el tiempo.

A estas alturas, supongo que nadie duda que el Generalísimo era un ser sobrenatural. No sólo fue capaz de subyugar a millones de españoles durante casi cuarenta años sino que, además, fue capaz de domeñar al mismísimo tiempo.

El Caudillo chasqueaba los dedos y la una pasaba a ser las dos. Como suena.

¿No me creéis? Pues lo hizo en 1942. Blandió el brazo incorrupto de Santa Teresa y ordenó al tiempo: ¡Adelántate!. Ni que decir tiene que el tiempo obedeció. Más le valía.

Los husos horarios dibujados por un español.

Los husos horarios dibujados por un español.

A España le tocaba, según esos masonazos que acordaron los meridianos, vivir a la misma hora que los ciudadanos de la Pérfida Albión, los de Portugal, o los del archipiélago africano de Canarias.

Franco, ya os podéis imaginar, no quería tener nada que ver con los homínidos sin evolucionar, los pervertidos, masones y herejes de esos lugares, y decidió sincronizarse con los máximos exponentes de la civilización humana y europea: los nazis.

Y no sólo eso: los españoles acompasamos los relojes con una de nuestras esencias características como pueblo: la de creernos más listos que nadie; las de pensarnos que vamos un paso adelantados cuando, objetivamente,somos los últimos de la fila y bajando.

Más chulos que un ocho, vivimos una hora por delante a la que toca. Pero, pura envidia, el sol no nos hace ni puto caso; insiste en salir y esconderse a las mismas horas, y descuadra nuestros turnos de comida, de sueño y nuestras jornadas laborales, llevándonos a habitar un jet lag permanente, que yo no sé lo que es pero que suena bastante chungo.

Ahora una comisión de masones, con tintes marxistas y ácratas, pretende borrar la hazaña del Caudillo y retrasarnos al nivel de los africanos de Canarias. Por suerte, podemos perder cuidado: el partido en el gobierno responderá con alguna variante del “si ellos tienen UNO nosotros tenemos DOS” y continuaremos viviendo a la hora que nos corresponde: la del III Reich.

Y es que los españoles habitamos una distopía constante: la de ser el único país del mundo donde los nazis ganaron la guerra.

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